¡Cuánta discordia genera un niño en la pareja… de padres!

Ciertamente, y es en el mejor de los casos cuando un niño “se hace síntoma de la pareja parental”: ¡la discordia está servida!

Cito textualmente la nota de J. Lacan a Jenny Aubry:

“En la concepción elaborada al respecto por Jacques Lacan, el síntoma del niño se encuentra en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar. (…) El síntoma, tal es el hecho fundamental de la experiencia analítica, se define en este contexto como representante de la verdad. (…) Es este es el caso más complejo, pero también el más abierto a nuestras intervenciones.”1

Pero me gustaría detenerme un poco en este punto de discordia. ¿Discordia, respecto de qué? ¿Entre quienes?

Por un lado, de lo que cada uno de la pareja espera del otro cómo padre o madre de su hijo, incluida la idealización que de ello hacemos. O la angustia que genera el deseo del otro al respecto.

¿Y los abuelos? También cuentan en este “baile”.

Y, claro, está el niño, con sus encuentros y desencuentros en su aún corta vida, su demanda de cuidados y cómo recibe la respuesta que viene de sus padres.

En fin, ¡la fiesta está servida!: nunca sin discordia, la relación al deseo del Otro, a la demanda,… podríamos cartografiarlo con el despliegue del grafo de la subversión del sujeto.

Por otra parte, cómo ha sido deseado. Cito a Lacan en La Conferencia de Ginebra:

“Sabemos muy bien en el análisis la importancia que tuvo para un sujeto, (…) la manera en que fue deseado. Hay gente que vive bajo el efecto, que durará largo tiempo en sus vidas, bajo el efecto del hecho de que uno de los dos padres -no preciso cuál de ellos- no lo deseó. (…)

Los padres modelan a este sujeto en esa función que titulé como simbolismo. (…) la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar, no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo aceptaron sus padres. (…) Incluso un niño no deseado, (…) puede ser mejor acogido más tarde. Esto no impide que algo conserve la marca del hecho de que el deseo no existía antes de cierta fecha”2.

Y es que, no es por casualidad que ante el “baile” de deseos, y reproches que se juegan en los síntomas de la crianza de un niño nos volvamos, a veces, sordos. Y cuanto más sordos, podríamos decir, más se fija el síntoma del niño.

Y… Muy diferente es cuando: “(…) El síntoma que llega a predominar depende de la subjetividad de la madre. En este caso el niño está involucrado directamente como correlativo de un fantasma.

La distancia entre la identificación con el ideal del yo y la parte tomada del deseo de la madre, si ella no tiene mediación (normalmente asegurada por la función del padre), el niño queda expuesto a todas las capturas fantasmáticas. Deviene el “objeto” de la madre y ya no tiene otra función que la de revelar la verdad de este objeto”3.

Hace ya un tiempo escuchamos comentarios inquietantes respecto de cómo los cambios en nuestra sociedad repercutirán en el niño.

Hay muchos cambios, es cierto, pero creo que es un prejuicio pensar que la “Familia tradicional” asegura la trasmisión de la función paterna o del deseo materno “con la mediación de la función paterna”.

Propongo estar atentos a las “nuevas formas de familia”… sin prejuicios.

Notas:

  1. Lacan, J., “Nota sobre el niño”, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires 2012. p. 393.
  2. Lacan, J., “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y Textos 2, Ed. Manantial, Buenos Aires 1993, p. 124.
  3. Lacan, J., “Nota sobre el niño”, Otros escritos, Paidós, 2012, p. 393-394.
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