Freud habló de ambivalencia muy pronto al encontrarse con los afectos en la experiencia clínica de la neurosis.

Lacan, más tarde en su enseñanza, destacado en el Seminario 20, Aún, trajo a ese lugar el neologismo de odioamoramiento , escrito en una sola palabra .

Jacques A. Miller precisa aún más ese neologismo cuando pone al amor y al odio del lado del Eros y lo opone a la violencia, que queda del lado de Tanatos1.

Si bien de entrada el efecto de ésta manera de reunir y oponer, es de un sobresalto imprevisto, Lacan y toda nuestra experiencia de seres de palabra, afectados de inconsciente, nos la muestra cada vez como verificable.

En la experiencia analítica, si se habla de algo es de amor. Y es justo ahí donde también encontramos, como en una banda de Moebius, aparecer de golpe el odio. Así como el amor aborda el ser , el odio también apunta al ser pero en lo que éste ser tiene de más real.

De allí, de esa certidumbre subjetiva que hace presente el odio como afecto ligado a lo pulsional, quizás provenga ese esfuerzo de distinguir el amor del odio, como si respondieran a fuentes distintas.

Y de hecho, el amor tiene su función y ésta es bien diferente de aquella del odio.

Función, que si la consideramos en su dimensión imaginaria, cumple el hacer creer en la fusión del dos en el Uno, base narcisista que alimenta todo lo que yace de espejismo y de engaño en el amor y su relación con ese otro al que se dirige.

Y la esencial función de envolver, velar lo real bajo la forma de la imagen que unifica, mientras con ese hábito hace de sostén a la causa del deseo.

Dicho otro modo, cumple en tramitar los componentes pulsionales del ser que habla y con ello, dar el sostén a lo real del goce que el deseo vehiculiza en la metonimia del decir. Es mediación entre el goce y el deseo para que la causa encuentra su lugar en el fantasma.

Tanto el odio como el amor, son pasiones del ser, afectos que tocan el cuerpo, que se padecen. En su puesta en acto, apuntan al ser y si bien ambos se acercan , ambos no dejan de fallarlo. Ambos son modos de establecer un lazo con el otro.

El amor y el odio, no tienen sexo, ahí no interviene el sexo. Aunque el objeto que atrapan en su recorrido, tome su color.

Cómo se satisface la pulsión en el amor y en el odio? Tanto el odio como el amor caen bajo la lógica de sustitución significante, tienen un porqué, hay otro al que se dirige incluido en un discurso que por ser tal , obliga a una repetición, repetición siempre de lo mismo y referido a un objeto previo y fundamental.

Ahí debe distinguirse de Tanatos, al que Miller2 situa como el éxito de la satisfacción de la pulsión, sin sustitución, sin represión.

Estas precisiones importan si tenemos en cuenta lo que interviene en la relación entre los sexos, en esa discordia que parece no hallar sosiego y resulta dibujar un rasgo estructural, decisivo,, que baña el encuentro .

A qué fines sirve la disputa, parece tener algo que ver con lo que Lacan desgrana como consecuencias distintas de la posición sexuada que asume el parlêtre a causa de la castración .

Y de eso nos hablan en el análisis, de la relación que cada uno mantiene con la falta y el modo en que las significaciones fálicas vienen a dar un sentido que recubre la falta y a la vez la indica.

Notas:

  1.  J. A. Miller: “Niños violentos” Conferencia de clausura de las IV Jornadas del Instituto del Niño. París 2017 en Carretel nº 14. Revista de la DHH-NRC. Bilbao.
  2.  Ibid.
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