Para abordar el tema de la discordia entre los sexos me parece particularmente importante situar su punto de arranque en la enseñanza de Lacan. Considero, junto con algunos otros, que es en el Seminario 23, El Sinthome, donde Lacan al situar “la relación sexual”, en sus discordancias, como una construcción a partir del goce autístico sintomático y no al revés, reconceptualiza y reordena la clínica psicoanalítica. No es lo mismo conceptualizar lo real en tanto resto a partir de la operación significante, que considerar la creación sinthomática como necesaria, para cada uno, a partir del impacto doloroso del goce real de lalangue en el cuerpo propio. Desde el parlêtre, ningún registro tiene ya prioridad sobre otro, tratándose entonces, de anudamientos siempre singulares: “El sinthome como respuesta, no a las elucubraciones del Inconsciente, sino a su realidad.”1

Si tanto Lacan, como Freud (“Construcciones en psicoanálisis”) situaron siempre al psicoanálisis a partir de las invenciones artísticas, es en el Seminario 23, donde Lacan se interesa por la operación Joyceana de hacerse un nombre sin el sostén del nombre del padre, en tanto operación esencialmente clínica, que interroga la clínica psicoanalítica, ordenada y categorizada hasta aquí bajo la hegemonía de lo simbólico, diferenciándola mucho más radicalmente de la clínica psiquiátrica. Allí el síntoma-letra de goce para cada animal hablante es asociado a la insistencia de un goce autístico recalcitrante, resistente a la interpretación, que destrona al inconsciente simbólico, del que el síntoma, el lapsus, el chiste, el sueño, eran tradicionalmente considerados meras manifestaciones. Más allá de la diferencia que introducen las estructuras, se abre una clínica psicoanalítica, la de los nudos, que no ahondará ya en la vía resbaladiza del estrago neurótico con su aspiración “terapéutica” de exonerar los cuerpos de sus efectos de goce doloroso singular para cada uno.

La clínica siempre a pie de cama2

“Lo que se juega en la cama de los amantes, esa dicha relación de pareja, se establece en estrecha dependencia del artificio sinthomático, que es, al fin y al cabo, de lo que se trata en la relación sexual misma esa que para Freud era considerada natural, lo que no quiere decir nada.”

A partir de esa ficcionalidad de “lo que hace pareja”, los lapsus de la discordia se leen ahora como marcadores de un fallo de estructura equivalente para hombres y mujeres que Lacan nombra “No hay relación sexual”. No porque haya “neuróticos de un lado y psicóticos de otro”; o porque “los hombres se sostengan del Todo y la excepción, y las mujeres, tanto de la inexistencia para ellas de una condición de excepción de ser-hablante, como de la existencia de un goce Otro, singular, más bien autístico.”

“Si la no relación se sitúa en la equivalencia, es en la medida en que no hay equivalencia, que se estructura la relación. Hay así pues, relación sexual y no hay relación.”3

Hay relación sexual y no hay relación según dónde cada uno se sitúe; eso en la medida en que la relación, dicha sexual, es una suplencia, que se manifiesta en el lugar mismo donde el inconsciente real se manifiesta sintomáticamente y de manera equivalente para cada uno. La “relación sexual”, participa entonces del artificio sinthomático, pero no se limita a él aunque en tanto ficción le sirva para no perderse en la deriva pulsional. Según Lacan, dos posiciones no equivalentes, sexuadas pues, se delimitan, estableciendo cada una un tratamiento no equivalente del lapsus en tanto que manifestación del ICS. Para una de esas posiciones, el otro sexo es sostenido por el sinthome. Hay pues relación sexual ficcional, sinthomática, y no hay relación en la equivalencia del goce autístico, sintomático, de cada uno.

La autoría ficcional como protección frente al estrago

Considero que un partenaire puede ser un estrago para una mujer cuando ella no consigue despegarse, aunque sea un poco, del valor de ser de ficción que ocupa en el fantasma masculino del hombre con el que entra en “a-faire”; cuando no le prefiere su autoría artística a la Divina. El estrago puede arrastrarla a su pérdida si aspira a materializar en su persona, la “Heroína” de verdad de su partenaire, en tanto “sustancia material” que lo enganche en una adicción eterna.

Si bien en la época del neoliberalismo se comercian sexualidades virtuales vendidas sin discordancias declaradas, vislumbradas sobre semblantes vaporosos sin asideros reales, si las adicciones pornográficas autísticas se consumen en las redes desde el Otro de la inconsistencia, no habría que olvidar que la sexualidad manifiesta en su discordancia introduce asideros corporales reales (en tanto cargados de goce autístico) en lo imaginario corporal del goce fantasmático. Estos asideros funcionan como límite, tanto a lo infinito de la deriva pulsional como a lo ilimitado del Otro de la inconsistencia. Cuando ese límite sintomático no opera o no se sabe tratar con él, el contragolpe de lo real vuelve desencadenado, tanto para unos como para otras.

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, Libro 23, el Sinthome, Paidós, Bs. As., 2006, p. 139.
  2. Ibíd., p. 101.
  3. Ibíd., p. 101.
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