Descifrando de qué se trata el titulo me surgían varios términos: ¿variación?, ¿variantes? A la par que se me planteaban las condiciones del amor en la vida de los sujetos. En ello no podía dejar de considerar que están organizadas des de los dos modos de amar indicadas por Freud: la relación narcisística y la anaclítica, modos que son una ley desde la cual surge lo singular en cada sujeto.

El término variación hace referencia a “algo o alguien que es diferente de lo que era antes”, y el término variante es algo que se presenta de diversas maneras. Se podría considerar que la relación narcisística podría ser una variante del amor en tanto el sujeto ama en el Otro una imagen ideal de sí mismo tanto cómo fue amado. Y la relación anaclítica, una variación del amor que supone amar al Otro desde su diferencia.

Este era mi dilema, cuando me llegó la reciente novela del escritor estadounidense André Aciman, titulado Variaciones Enigma. Debo decir que esta contingencia no fue tal para mí, sino más bien, una afortunada alineación de los astros.

Variaciones en esta novela hace referencia a las 33 Variaciones Diabelli de Beethoven que el protagonista disfrutaba, en exclusividad con su padre en la infancia, en una bella ciudad italiana, como así también, a las variaciones de la vida amorosa y sexual del protagonista.

André Aciman es también el autor de la novela Call me by your name (llámame por tu nombre) que fue llevada al cine bajo la dirección de Luca Guadagnino.

En Variaciones Enigma relata los avatares de un sujeto cuya elección es hommosexuelle. Avatar del padre, también, puesto que se enamora sin saber del hombre que era amante del padre.

Se inicia la novela retornando a los 22 años al lugar de veraneo, para recordar al niño de 12 años que fue y a su primer amor. La causa del viaje era ocuparse de la casa que ya no existía porque había sido intencionadamente incendiada.

Sin embargo, como toda ruina, deja traslucir las huellas de lo ocurrido o construido en ese momento tan crucial de su vida.

Fascinado por su padre, que era considerado un uomo molto colto, al que llamaban dottore, aunque se sabía que no lo era, recuerda los paseos nocturnos con el padre siempre hacia un castillo en ruinas, con el helado que previamente le había comprado y quedándose largas horas contemplando las estrellas. Su padre le decía que este escenario servía para “crear recuerdos para el día en que sepas”.

En contrapartida a este padre, la mirada de la madre hacia él era feroz, cuestionándolo enrabietada a la par que le raspaba de su ropa la mancha seca de helado.

El interpretaba que los gritos que le vociferaba era la manera de apalear al padre, es decir, a su marido. En definitiva, el daño de amor con la madre fue compensado con la relación idílica con el padre.

La aparición del ebanista del pueblo, un bello joven , llamado a reparar un objeto preciado del abuelo paterno, su escritorio, será quien descubra bajo su mirada, una cajita secreta con tres objetos .Esta escena desencadenó en el joven su primer y apasionado amor.

En la novela, el protagonista repite en cada encuentro amoroso la misma condición de amor sellada como huella indeleble del amor al padre y su condición de goce. “Llámame por tu nombre”, “mírame a los ojos como quiero ser mirado”. La atracción sexual y la condición de amor es indiferente respecto de si es un hombre o una mujer. Vive enamorado o infeliz. Los personajes siempre tienen que ser o estar vinculados al pasado. O los transforma en pasado, puesto que para consumar las relaciones importantes que relata, siempre han pasado años, siempre es un reencuentro que ya no es, pero que quiere revivir tal como lo ha imaginado.

En la página final de la novela, teniendo el protagonista unos 50 años deja al lector con el enigma de qué le ha permitido nombrar “mi mujer” a la última relación con una amiga que desde el inicio era enigmática para él. Toda una invitación a volver sobre el texto para atar los cabos. O, como dice Guy Briole, encontrar el Da Capo que hace que la melodía vuelva al principio.

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