Citas: Eric Laurent

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Si el estudio del falo como significante distribuye para uno y otro sexo las modalidades de la castración, la parcialidad del sexo femenino con respecto a la letra (…) llevará a Lacan a la tesis de que, más allá del Edipo (…) es a partir de una identificación con la instancia de la letra que se juega la posibilidad misma de la existencia de dos sexos, más allá de la anatomía, introduciendo de esa forma el enigma de la relación de la mujer con su signo: p. 25 de los Escritos. Lacan resalta en el silencio de la reina, personaje de La Carta robada, y en su vínculo con el sobre que circula, lo siguiente: "Pues este signo es sin duda el de la mujer, por el hecho de que en él hace ella valer su ser". Y también es una relación particular con la categoría del semblante aquella que se juega en la intimidad de las posiciones femeninas del ser y del signo.

E. Laurent, “El debate sobre la sexualidad femenina”, Posiciones femeninas del ser, Buenos Aires, Tres Haches, 1999, p. 8.

 

Si hay, pues, una escritura femenina, es aquella que figura en el texto de Lacan llamado L'Étourdit. Sus fórmulas definen una relación del sujeto femenino con lo real distinta a la posición masculina.

E. Laurent, “El debate sobre la sexualidad femenina”, Posiciones femeninas del ser, Buenos Aires, Tres Haches, 1999, p. 11.

 

El lugar de la Reina, y por tanto el de la mujer, no es del orden del ejercicio de un poder, que es lo que da cuenta de un hombre de acción.

E. Laurent, “El debate sobre la sexualidad femenina”, Posiciones femeninas del ser, Buenos Aires, Tres Haches, 1999, p. 17.

 

Los nombres de las posiciones subjetivas femeninas giran en torno a tomar en cuenta una relación especial con un goce que ya no tiene la medida fálica. Si el masoquismo puede ser considerado femenino, allí es esencialmente donde se rompe la medida fálica, mientras que en la perversión, al contrario, la perversión masculina, el imperio del goce fálico se pone especialmente en primer plano.

E. Laurent, “Posición femenina: una solución por la vía del suplemento”, Posiciones femeninas del ser, Buenos Aires, Tres Haches, 1999, p. 75.

 

Las identificaciones parentales son determinadas por la estructura de la lengua, por el lugar que los padres ocupan para el niño. De la misma manera, la madre es, al mismo tiempo, el lugar de la satisfacción y el tesoro de la lengua. Es ella la que detenta la palabra, es decir, la palabra de amor, la palabra de exigencia e incluso, la palabra del capricho materno. La madre es real en ese sentido, pero es preciso todavía que se interese por esa criatura bizarra que es el padre. Porque él solo se sustenta por la creencia que la madre pueda tener en él. Si la madre no cree en el padre, si ella no sustenta su lugar en el imaginario, tampoco tendrá por él ningún interés libidinal, no habrá ninguna razón para que el niño pueda interesarse por el padre.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 38.

 

En la clínica de la neurosis obsesiva el sujeto establece su cuerpo como un Yo ideal construido sobre su propio sexo y está siempre estorbado por un alter-ego. Del lado de la histeria, del lado femenino, vemos aparecer el papel eminente de la Otra mujer que da su cuerpo al sujeto que no lo tiene.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, pp. 51-51.

 

[En referencia a El arrebato de Lol V. Stein]. Vemos funcionar un dispositivo que es lo contrario de una sublimación: una pasión que es una encarnación en un cuerpo, el cuerpo de otra mujer y que provoca un goce completamente separado de la operación fálica. Un hombre se acuesta con otra mujer y esto hace gozar al sujeto femenino. Tiene el aire del dispositivo que funciona en la perversión masculina pero también se distingue de ella por no estar relacionado a la función fálica sino estrictamente al objeto mirada, una mirada apartada, separada de la puesta en juego de cualquier lazo con el objeto fálico.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, pp. 54-55.

 

Lacan subraya en Aún que Freud inventó una pasión, el odio amor, la odioamoración, como pasión original nunca vista antes. Es una pasión que designa los estragos de la relación madre-hija en Freud y Lacan la aísla como invención del psicoanálisis. Viene a oponerse a sus reflexiones sobre el hecho de que el psicoanálisis no ha inventado una nueva perversión, es decir una nueva forma de gozar, pero ha inventado una nueva pasión. Incluida en el tratado de las pasiones analíticas.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 107.

 

En principio Freud subrayó que lo disimétrico es la anatomía, el órgano. (…) La teoría de la castración es formulada a partir de un tipo de evidencia imaginaria que es del orden de la representación: no se ve lo que las chicas tienen. El razonamiento del muchacho se formula así: “si hay seres humanos que no tienen el pequeño apéndice que yo tengo, entonces puedo perderlo”. Es el régimen del terror del niño, la amenaza de castración.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 121.

 

¿Y para las niñas entonces? (…) La diferencia es que las niñas no viven bajo la amenaza de la castración (…). En lugar de la amenaza ellas tienen una certeza, no lo tienen e irán a buscarlo. (…) Esta certeza se acompaña de una amenaza muy particular: a la muchacha le hace falta el amor del otro, de aquel en el cual encontrará lo que le falta. La amenaza de la pérdida de amor marca la vida femenina, esa amenaza instala el amor en la muchacha en una posición especial, disimétrica de la posición masculina, próxima a un objeto y a la presencia de la angustia.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 122.

 

Lacan ha subvertido la evidencia anatómica planteando que no se trata de un órgano ni para el uno ni para el otro. Para ninguno de los dos sexos hay un órgano adecuado. El muchacho tiene el órgano, pero de todas maneras, tiene también la angustia de castración. La muchacha está aliviada de la angustia de castración, pero no tiene el órgano. (…) El psicoanálisis continúa manteniendo que es posible relajarse tanto como se quiera, de todos modos siempre se encontrará un obstáculo.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 124.

 

Siempre encontraremos detrás, para el muchacho, el anclaje fantasmático que es su verdadera pareja.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 125.

 

No hay órgano y por lo tanto hay una resonancia particular del cuerpo. Es esta resonancia que viene a marcar, del lado femenino, lo que está localizado en el fantasma del hombre.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 127.

 

Cuando Lacan habla del estilo erotomaníaco del amor femenino es para poner en primer plano la certeza del amor. (…) El estilo erotomaníaco, es que no solamente “es él quien me ama”, sino también “es él quien me habla”. (…) Es a partir de allí que se interroga la disparidad. Del lado hombre, eso goza en silencio. El fantasma opera en silencio. (…) Del lado dama, es preciso que el ser amado hable.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 128.

 

La disparidad del amor está situada aquí, alrededor de esta relación donde se enredan el silencio y el aparato parásito del lenguaje. Lacan hace aparecer esta conjunción de la pulsión y del silencio, tanto del lado muchacho como del lado de la chica. La cuestión que Freud plantea: “¿Qué quieren ellas?” encuentra otra respuesta: ellas también quieren gozar en silencio.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 129.

 

La histeria introduce en el fondo una problemática del rechazo, de esta especie de huelga fundamental, de agujero, en la cultura. (…) es ella que en nuestra civilización llega a sostener el discurso sobre el goce que sería necesario, para el hombre y la mujer. Ella mantiene abierta la pregunta sobre la sexuación. (…) Por su propia huelga, deslizándose en los intersticios de la cultura, la histérica llega a tener un discurso y a hacer existir las epidemias histéricas.

E. Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2004, p. 145.

 

Se radicaliza la inquietud de que las mujeres gozan más, que atraviesa las civilizaciones. La paridad no es simplemente el aspecto, la buena compensación legal, estas ficciones benthamianas en la carrera de la maximalización de la felicidad. Sin duda hay detrás algo como un sexo codicia al otro.

E. Laurent. “La desigualdad entre los sexos”, El Otro que no existe y sus comités de ética. Buenos aires, Paidós, 2005, p. 185.

 

Lacan, que transformó radicalmente el estatuto del padre freudiano abandonando la referencia edípica para situarlo, no en relación con la madre y al incesto materno, sino en relación con ‘una’ mujer como tal.

E. Laurent, “Los niños de hoy y la parentalidad contemporánea”, Blog de la AMP.

 

Notemos el quiasma normal según la estructura del deseo masculino. El hombre se ata a los objetos a que causan su deseo, el fetichismo, el estilo fetichismo del amor masculino. Al revés, Lacan define el nuevo padre a través de un fetichismo particular. No se trata de un objeto como el falo materno que existe sino del objeto que una mujer produjo. El niño como objeto a de la madre en tanto que objeto real. De este objeto a, el padre debe tomar un cuidado particular que se dice “paterno”. Este cuidado deja este hombre –que se ocupa de los objetos a de una mujer–, lo deja en lugar de síntoma. Es el único punto en el cual el hombre puede volverse síntoma de una mujer si ya es madre. Mientras que, en el caso general, es más bien una mujer que es síntoma de un hombre. 

E. Laurent, “Los niños de hoy y la parentalidad contemporánea”, Blog de la AMP.

 

Lacan lo indica con antelación un poco, que del lado de las mujeres se sitúa la denuncia de las antiguas formas de machismo y el llamado a nuevas formas de masculinidad deseantes de la buena manera. Cito a Lacan: “Si el hombre es todo lo que ustedes quieran del estilo virtuoso, listo para tirar, tirar cuando quieras –son declinaciones burlonas de lo viril–, lo viril, si es de un lado, es del lado de la mujer, es la única que cree en esto. Ella es incluso lo que la caracteriza”. Fue una de las orientaciones fundamentales de definir en los últimos años de su enseñanza, dice “Es del lado de la mujer”, antes decía “Es del lado de la histeria”. Pero es esta misma indicación, que es del mismo punto de vista de la identificación viril de la histeria que se sostiene un ideal renovado de masculinidad. Esto también puede aproximarse a lo que Lacan declaró en su Seminario XIX: “El Uno hacia el ser como la histérica hacia el hombre. Esto es lo que alimenta cierta infatuación creativista”.

E. Laurent, “Los niños de hoy y la parentalidad contemporánea”, Blog de la AMP.

 

[El psicoanálisis] anuncia simplemente: el hombre y la mujer están del mismo lado, separados del Otro goce. Solo tienen en común una única especie de goce: el goce fálico. En cuanto al Otro, ellos tienen respecto de él, un acceso diferente, que los distribuye sin apelación en dos especies. Este es el obstáculo que impide que la dimensión cultural del género recubra totalmente la sexuación.

E. Laurent, “Los dos sexos y el Otro goce” (2007), Revista Enlaces, 7.

 

El carácter destacado del pene, lo imaginario de su separación, no lo introduce, sin embargo, en la misma serie que el seno y las heces, también ellos separables. Intenta indicar la identidad sexual pero fracasa y solamente indica las dificultades de la sexuación y la imposibilidad de la identificación del goce bajo un símbolo o un significante único.

E. Laurent, “Los dos sexos y el Otro goce” (2007), Revista Enlaces, 7.

 

El problema no es saber si la igualdad de los sexos frente a la ley natural supone que las niñas tengan un conocimiento precoz de la cavidad vaginal que se supone menos accesible a la masturbación que el “hace-pipí” masculino. Se trata de afirmar que la experiencia psicoanalítica testimonia que hay dos tipos de goce que puede experimentar el sujeto y solamente dos que pueden calificar al sexo. Primero, el del órgano masculino, marcado por el Uno (…). Luego, más familiar a las mujeres, un goce que aparece siempre más difusamente, menos localizable en un órgano, y por esto mismo, menos sumiso a la decadencia, susceptible de ser múltiple, envolvente para el sujeto. Si las mujeres tienen un acceso a él más decidido es porque ellas no tienen “la angustia del propietario” (…). Es lo que las autoriza a no ceder sobre la exigencia amorosa. Ellas están listas a dar todo de ellas mismas pero a cambio no dejan de exigir Encore, mientras que el hombre se contentaría con un “Una vez más”.

E. Laurent, “Los dos sexos y el Otro goce” (2007), Revista Enlaces, 7.

 

En la edad de la ciencia, que la disimetría de los sexos permanece irreductible al universal. Lo que es terrible no es la mala madre, sino que la “verdadera mujer” pueda manifestarse en toda mujer. Las figuras míticas o trágicas, aquellas de las grandes novelas nos incitan a no olvidar jamás a las mujeres que pueden sacrificar todo en nombre de la verdad de la exigencia de amor. A todos los llamados al amor razonable, menos apasionado, reconciliado, responde del lado femenino más allá de la ostentación machista, un nicht versöhnt (nada de reconciliación), nunca reconciliarse con el Uno.

E. Laurent, “Los dos sexos y el Otro goce” (2007), Revista Enlaces, 7.

 

La posición de las mujeres frente al Otro goce no es fácil. Que jamás se unirá con el Uno. Que el torneo amoroso tiene frente a esto bellos tiempos. Que el llamado de este elemento no es ni el mantenimiento de un eterno femenino, ni un golpe bajo que disuadiría de querer conquistar la igualdad de derechos. Es bueno saber lo que el psicoanálisis enseña sobre el límite de la justicia distributiva del goce.

E. Laurent, “Los dos sexos y el Otro goce” (2007), Revista Enlaces, 7.

 

Freud tuvo que rendirse a la idea que el hecho de tener una satisfacción sexual no libraba a la especie humana del fracaso, de una falta de satisfacción inscripta del lado hombre y del lado mujer de forma diferente. Lacan, en el après-coup de Freud, partió de la radicalización de lo que falla en la experiencia sexual, sobre todo por el hecho que gozar del cuerpo del otro es imposible. No hay goce del cuerpo del otro. No hay goce sino del cuerpo propio, del cuerpo propio en tanto que él también está aferrado a lo incorporal de sus fantasmas. De hecho, siempre hay un lazo entre ese corporal y lo que viene a marcarlo por la estructura del lenguaje que se injerta, se adjunta a su cuerpo como tal. Al punto que el sexo es experimentar que no gozamos del cuerpo del otro.

E. Laurent, “El cuerpo hablante: El inconsciente y las marcas de nuestras experiencias de goce: entrevista de E. Laurent, por Marcus André Vieira” (2016), Lacan cotidiano, 576.

 

Amar pasa por un decir, la palabra de amor toma el relevo, se coloca en el lugar de lo que no puede inscribirse de la relación sexuada como tal. La palabra de amor, el decir amoroso viene a suplir lo que no se puede experimentar ni escribir lógicamente de la relación al otro. A partir de ese decir de amor, todo el lenguaje encuentra su lugar, de la poesía a la literatura; a partir de ese decir esencial, todo puede ser dicho.

E. Laurent, “El cuerpo hablante: El inconsciente y las marcas de nuestras experiencias de goce: entrevista de E. Laurent, por Marcus André Vieira” (2016), Lacan cotidiano, 576.

 

El individuo del neoliberalismo contemporáneo considera que su cuerpo le pertenece, pero es un cuerpo que desconoce que, de entrada, está articulado y marcado por una dimensión de lazo social o, más exactamente, una dimensión colectiva. Presente desde antes del individuo. El goce del cuerpo propio no es simplemente individual, ya que esta aferrado a fantasmas y esos fantasmas, como los que la industria pornográfica estandariza, llegan a colectivizar consumidores en un número impresionante en el planeta entero. Vemos así, mediante esta sistematización del fantasma, una toma colectiva del goce. Esto destaca que el cuerpo, como lugar de los afectos, es político por estar atravesado por la angustia, el odio, la ignorancia, el entusiasmo que son pasiones colectivas.

E.Laurent, “El cuerpo hablante: El inconsciente y las marcas de nuestras experiencias de goce: entrevista de E. Laurent, por Marcus André Vieira”, (2016) Lacan cotidiano, 576.

 

 

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