El niño y la pareja

Jorge Sosa

Jorge Sosa

El hijo, un subrogado del goce que falta

La diferencia entre el cuerpo del hombre y el de la mujer a nivel imaginario aporta el material para inscribir como una falta lo que en realidad es un agujero inherente a la estructura del significante. Lo que Freud llamó “complejo de castración” imagina la posibilidad de un goce completo al que se renuncia por una prohibición del padre y que toma la forma de “miedo a la castración” en el niño y “envidia del pene” en la niña1. Esto es así cuando el campo está organizado por la significación fálica puesto que en las psicosis encontramos otro tipo de soluciones menos estándar para habitar la estructura.

En el primer caso podemos decir que para ambos sexos se trata del deseo del falo. El hombre lo buscará en la mujer, tomada como objeto de su fantasma. La mujer lo hará mediante la mascarada femenina, que le permite causar el deseo del hombre y de esta forma poseer el falo, o bien mediante la obtención de un hijo como sustituto. Me refiero al deseo de la mujer ordenado por la lógica fálica y por tanto distinto del goce propiamente femenino que es “Otro” respecto al significante. Un hijo/a entonces es el producto de una cadena significante –en gran parte inconsciente– y un subrogado del goce que falta. Podrá ser “síntoma de la pareja” en el caso de la neurosis infantil o “realizar el objeto del fantasma de la madre” en el caso de la psicosis2. Pero en ambos casos va a presentificar –aunque de forma diferente– la relación sexual que no existe.

Cambios históricos e invariantes estructurales

El deseo de hijos recorre las diferentes épocas y culturas por lo que debemos suponer que más allá de las contingencias históricas responde a algo estructural. En nuestra civilización occidental las relaciones hombre/mujer han cambiado mucho en las últimas décadas. La aparición de los anticonceptivos cambió el estatus de la mujer puesto que el dominio de la fecundidad permitió separar el deseo de tener hijos del deseo sexual. Posteriormente, la procreación asistida hizo posible realizar el deseo de tener hijos por parte de la mujer sin tener que hacer el rodeo por el deseo del hombre. Esto ha dado lugar nuevos tipos de emparejamiento, por ejemplo el de la mujer con la ciencia, que le permite realizar su deseo de niño/a únicamente a partir de su fantasma o de su exigencia de goce y sin un encuentro con el otro sexo.

Pero estos cambios también han desordenado el fantasma de dominación de los hombres ya que lo que parecía responder a un “orden natural” de las cosas hoy se revela como puro semblante y lo real está en otra parte. Los avances de la ciencia, que van parejos con la declinación del régimen del Padre, han permitido concebir a la familia al margen de los mandatos religiosos –que la reducían a la pareja heterosexual y al matrimonio indisoluble– dando lugar a nuevas formas de parentesco cada vez mas complejas.

Deseo de hijo

Más allá de todos estos cambios sociales, el deseo de tener hijos ha permanecido invariable en su núcleo, al menos hasta ahora. Ya veremos cuando sea posible aspirar realmente a la inmortalidad. Por otra parte, desde el comienzo de los tiempos, la humanidad ha hecho los niños de la misma manera, es decir, con el cuerpo de la mujer. Eso implica que en la relación madre/hijo tenga tanta importancia el vínculo corporal, ese fantasma de pertenencia entre el cuerpo del niño y el de la madre. La manera en que la madre acoge al hijo/a puede ser muy variada –amor, rechazo, angustia, extrañeza– pero en cualquier caso el hijo es ese objeto “a” que aparece en el campo de lo real como una parte del cuerpo de la madre que se separa. Un ser muy cercano y muy extraño a la vez, puesto que su existencia desborda desde el principio los límites del fantasma materno.

En la mayor parte de los casos el hijo/a es un objeto narcisista en el que la madre deposita sus deseos y satisface sus pulsiones. Eso explica –según Lacan– la capacidad de sacrificio de la que es capaz por su hijo, sin tener que recurrir a la idea de un “instinto” maternal3. Para el niño, el sentimiento de pertenencia al Otro primordial que lo ha hecho vivir, será el núcleo de su identidad, más allá de la identificación especular.

Por su parte el padre, o mejor dicho, lo que haga función de Nombre del Padre, será lo que permita inscribir esa separación o desarreglo que existe desde el principio en ese vínculo primordial madre/hijo. Es una función estrechamente ligada a los simbólico – aunque no se reduce a eso - y de hecho hasta hace poco tiempo el padre era aquel que la madre nombraba como padre de su hijo.

Pero la pregunta es ¿por qué se quiere tener hijos? Sabemos que el ser humano nace prematuro y su supervivencia depende durante mucho tiempo del deseo del Otro. Tener un hijo es entonces una forma de pagar esa deuda transmitiendo lo que heredamos y lo que somos: lengua, cultura, ideales, deseos. Pero también es una forma de soportar nuestra condición de mortales creando un ser que nos sobrevivirá y con él algo de nosotros mismos. Ese deseo de trascendencia, que continúa actuando durante toda la educación del hijo, está fuertemente determinado por el inconsciente. Por ejemplo, el hijo puede estar destinado a ser el que realice el sueño de felicidad que los padres no lograron, el que haga aquello que el padre o la madre no hizo, el que llene el vacío de un ser querido muerto, el que cargue con una deuda o lave una afrenta... Muchos padres hacen grandes sacrificios para que sus hijos realicen estos deseos inconscientes y se sienten traicionados cuando los hijos se apartan de ese camino y no les dan esa satisfacción. Y muchos hijos se sorprenden cuando en su análisis pueden empezar a ver el lugar que ocuparon en el discurso de sus padres y hasta qué punto estaban alienados a él.

La importancia de los padres

En la “Conferencia de Ginebra...” Lacan retoma la fobia de Juanito desde la perspectiva de su última enseñanza y dice: “Ese caballo que va y viene […] es totalmente lo más ejemplar para él de aquello que tiene que enfrentar y sobre lo cual no entiende nada, sin duda gracias al hecho de que tiene cierto tipo de madre y cierto tipo de padre”4. Se entiende que una cosa es el encuentro con la falta del Otro y con el traumatismo del goce y otra cómo el sujeto puede hacerse con ello a partir de las cartas que le han tocado. A Juanito su madre lo sitúa como aquel que debe aportarle el goce que le falta, el falo. Mientras que el padre por su parte no está en el lugar de aquel que goza de su mujer en tanto objeto sexual. Por eso a Juanito no le queda otro camino que la fobia como forma de encontrar un nombre y un punto de orientación para su goce.

Esto es así porque el niño/a entra en el deseo de la madre como un subrogado del falo pero luego debe simbolizar que la madre es una mujer, con sus dos goces: el goce sexual con aquel que detenta el falo y que por tanto la castra a ella y también al niño/a. Y el Otro goce, propiamente femenino, que escapa a la dialéctica fálica y permanece como un enigma para el niño.

Respecto al padre, se puede decir que cumple con su función si permite al hijo/a separarse de su servidumbre con respecto al deseo de la madre y al mismo tiempo le ofrece una versión del goce que le sirve como ejemplo en el que apoyarse para inventar su propia solución. Este es el punto que Lacan abordará también en su seminario del 21 de enero de 1975, cuando afirma que “Un padre no tiene derecho al respeto, si no al amor, más que si dicho amor y dicho respeto está perversamente (père-versement) orientado, es decir que hace de una mujer el objeto “a” minúscula que causa su deseo “5.

“Hay lo uno”

Con la fórmula “no hay relación sexual” Lacan se refiere a una ausencia inevitable, inherente a la estructura y que por lo tanto vale para todos los casos. Pero inmediatamente agrega “hay lo uno”, es decir el modo en que para cada uno se inscribe su encuentro –siempre contingente– con el goce6. Es con eso que el niño tiene que arreglárselas para inventar su solución. Y si los padres ayudan... mejor.

Notas:

  1. Este punto ha sido desarrollado por Jacques-Alain el 9 de febrero de 2011 en la clase nº 4 de su curso “El Uno solo”, Inédito.
  2. Lacan, Jacques. “Nota sobre el niño”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012.
  3. Lacan, Jacques. “La familia”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012.
  4. Lacan, Jacques. “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y textos, Buenos Aires, Manantial, 1988, p. 128.
  5. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 21, RSI, lección del 21 de enero de 1975. Inédito).
  6. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 19, ...o peor, Paidós, Buenos Aires, 2012.
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