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Pareja: ¿Síntoma o estrago?

Margarita Álvarez

Margarita Álvarez

Sigmund Freud descubrió el sentido sexual de los síntomas pero al descifrarlos comprobó que no todo lo sexual tenía representación en el inconsciente. La diferencia sexual se inscribía en términos fálicos y no había una representación específica de la mujer.

También descubrió que la llamada sexualidad se rige por la pulsión, que es autoerótica y parcial, lo que objeta toda idea de una satisfacción plena.

Ambas cuestiones, la falta de representación de la mujer y el autoerotismo y parcialidad de la pulsión, anticiparán lo ilusorio de una complementariedad o de una relación armónica entre los sexos tal como subrayará la última enseñanza de Jacques Lacan. En el seno de la pareja encontramos el autoerotismo, la disimetría, lo no-complementario. El malestar, cuando no la discordia entre los sexos, se revelarán estructurales.

Los sintagmas “La mujer no existe” y “No hay relación sexual” ordenan esta última enseñanza. Si la sexualidad está en el centro del inconsciente es en tanto es una falta, y ahí surgen los impasses del goce sexual1, cuyo abordaje obligará a Lacan a poner en juego instrumentos nuevos: la lógica del todo fálico y del no-todo fálico2. Ellos nos enseñan que cada sexo juega su partida con un partenaire privilegiado en su inconsciente, lo que condicionará las relaciones con la pareja de la realidad. Es pues por esta vía que me propongo abordar el tema de esta línea de trabajo.

La ausencia del Otro

A principios de los 70, Lacan plantea que es imposible definir lo que es el hombre y la mujer3: en tanto lo que se escribe es el falo hay un real del goce femenino, suplementario al fálico, que queda indeterminado. Si para las mujeres no cuenta la amenaza de castración del padre edípico, el acceso a dicha castración se sitúa a partir de un real que es la inexistencia de una excepción que diga no a la función fálica, tal como Lacan sitúa en las fórmulas de la sexuación4, es decir, del imposible como causa.

Ese padre irrealizado, ese Otro ausente, constituye el real propio de las mujeres, cuyo goce se sitúa así “entre centro y ausencia”5, es decir, entre el goce fálico y el goce propiamente femenino. Pero Lacan precisa que este goce-ausencia6, esa desaparición no es privilegio del sexo femenino y sitúa un agujero real: “El Otro está ausente desde el momento en que está en juego la relación sexual”7, no existe el goce del cuerpo del Otro, solo se goza mentalmente de él.

Las dos posiciones sexuadas constituyen dos maneras de situarse ante este real del sexo que lalengua no puede articular8 así como dos tratamientos, dos maneras de gozar. Cada una da un acceso prevalente al Otro mediante un partenaire privilegiado: del lado hombre, el acceso es a través del goce mediante el objeto a que encuentra en una mujer y que le remite al goce de órgano, del cuerpo propio; del lado mujer, el acceso al Otro se produce especialmente por medio del amor; es una relación más directa con S(A/), que elude el cuerpo, el objeto, que se aferra a la palabra9.

Según el partenaire con el que el sujeto del inconsciente juega su partida, a o S(A/), con el que trata, tapona el agujero real del sexo, la relación de pareja para él se podrá situar en la vertiente del síntoma o en la vertiente del estrago10.

Del lado hombre, un sinthome

En 1975, Lacan se pregunta qué es una mujer para aquel que está estorbado por el falo, es decir para aquel que se sitúa en el lado derecho de las fórmulas. Y responde que una mujer es un síntoma11. No dice que toda mujer lo sea en tanto que en el lado izquierdo al no existir una excepción no se puede decir “toda mujer”.

Si el hombre solo tiene acceso al Otro mediante el objeto a, que encuentra en una mujer, Lacan afirma que esto no hace que ella “sea más un objeto a de lo que pueda serlo un hombre”. Por otro lado, ella también “tiene sus objetos, los hijos de los que se ocupa”.

Se trata de hacer de ella un síntoma, lo cual conlleva situarla en relación al goce fálico, del que a menudo se dice que no la concierne.

El síntoma en este seminario pasa a ser considerado en su doble lazo con el goce y con el inconsciente: “El síntoma es la manera en que cada uno goza del inconsciente en tanto que el inconsciente lo determina”12. En este sentido ex-siste al saber inconsciente y está en el mismo lugar topológico que una mujer.

La mujer, como el síntoma, es algo en lo que se cree, se cree que es capaz de decirnos algo y que solo hay que descifrarlo. Sin embargo, puede ocurrir que para creer en ella, se la crea, se crea en lo que dice, lo que funciona como tapón de la inexistencia de la mujer y de la relación sexual. “Es lo que se llama amor”13.

Creer lo que dice da al amor ese aire de locura que constituye su lado cómico, aunque Lacan subraya su valor en tanto permite fracturar el muro de la no-relación sexual y no sentirse solo, si bien dura poco tiempo.

Se trata de que el hombre pueda creer en una mujer sin hacer de ella La mujer, es decir, sin situarla en un lugar de excepción. En la medida en que puede hacerlo puede abrirse a la contingencia del encuentro con una y anudar así su goce sintomáticamente al Otro.

En el Seminario 23, Lacan sitúa la función de anudamiento del sinthome en relación al agujero del Otro sexo, que una mujer también presentifica. En este sentido son equiparables.

El sinthome repara el lapsus del nudo, “ese lapsus sobre el que se establece la noción misma de inconsciente. Cuando lo repara en el mismo sitio donde se ha producido el lapsus14, eso no da una equivalencia pero hace que haya relación. Si lo llevamos a la relación entre los sexos, el sinthome hace que haya relación allí donde no la hay. Eso le lleva a afirmar que “el sinthome es el sexo al que no pertenezco, una mujer”15.

La mujer pasa a ser sinthome para el hombre pero al no haber equivalencia esto no es recíproco: “Puede decirse que el hombre es para la mujer todo lo que les guste, a saber, una aflicción, peor que un sinthome. (…) Incluso un estrago”.

Del lado mujer, lo singular de un confín

Freud había planteado el Penisneid como un tope en el análisis de una mujer, quien quedaba condenada a reclamar/esperar un pene o un sustituto suyo. Luego, con el primer Lacan, se tratará de obtener un significante que dijera su ser y la proveyera de una consistencia que no tenía. La demanda de amor, y su retorno, marcarán con el sesgo del exceso y de lo ilimitado la relación de la mujer con la madre y luego el padre y el hombre, quienes siempre vendrán a ocupar ese lugar en segundo término16. Se trata de la relación de la mujer con S(A/).

La clínica del estrago no deja, ayer y hoy, de darnos numerosos ejemplos. Pero el conflicto permanece abierto si consideramos la cuestión desde la lógica edípica o desde la relación de la niña con la madre o con el padre, podemos decir desde lo fantasmático, desde la vertiente significante.

De lo que se trata es de la relación de la mujer con aquella parte de su goce que se sitúa fuera de la medida fálica, es decir, del goce femenino como real fuera de sentido. El estrago no es otra cosa que el reverso del amor y uno de las manifestaciones posibles del goce femenino. Lacan lo leerá también con la lógica del no-todo, no solo para entender su fenomenología y su estructura sino también para pensar su “tratamiento”, que requiere la introducción de un límite.

En “El atolondradicho”, Lacan se pregunta qué ocurre del lado mujer donde no existe una excepción que diga no a la función fálica, es decir, donde la función fálica, significante, no regula todo el goce17. Y sitúa un confín en el cuantor de la inexistencia: el “no hay”, lo imposible como causa, es el último límite, un límite real.

Se trata de que “lo singular de un confín” venga a acotar lo real del goce femenino de una manera distinta a como lo hace el límite fálico. Esto queda a cuenta del cuantor de la inexistencia, es decir, de lo imposible como causa.

Poner en causa lo imposible del lado femenino posibilita acotar el exceso de goce alrededor del agujero real del sexo y poner un límite singular al sin-límite estructural. Ello puede permitirle ser síntoma de otro cuerpo18, y a través suyo, salir de la mortificación del estrago para desembrollarse mejor con la división de su goce.

Notas:

  1. Lacan, Jacques, Hablo a las paredes, BsAs, Paidós, 2012, p. 40.
  2. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 20: Aún, Paidós, BsAs, 1989.
  3. Lacan, Jacques, Hablo a las paredes, op. cit., p. 40.
  4. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 20: Aún, op. cit., cap. 7.
  5. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 19: … o peor, Paidós, BsAs, 2012, p. 119.
  6. Ibid., p. 202.
  7. Ibid., p. 102.
  8. Lacan, Jacques, Hablo a las paredes, op. cit., p. 68.
  9. Miller, Jacques-Alain, El partenaire-sintoma, Paidós, BsAs, 208, p. 275.
  10. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 23: El sinthome, Paidós, BsAs, 2006, p. 99.
  11. Lacan, Jacques, Le Séminaire de Jacques Lacan: RSI, cours 21 janvier 1975, Ornicar?, Bulletín periódique du Champ freudien, nº 3, Lyse, París, mayo de 1975.
  12. Lacan, Jacques, Le Séminaire de Jacques Lacan: RSI, cours 18 février 1975, Ornicar?, Bulletín periódique du Champ freudien, nº 4, Lyse, París, 1975.
  13. Lacan, Jacques, Le Séminaire de Jacques Lacan: RSI, clase del 21 de enero de 1975, op. cit.
  14. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 23: El sinthome, op. cit., pp. 95-6.
  15. Ibid., p. 99.
  16. Lacan, Jacques, “El atolondradicho”, Otros escritos, Paidós, BsAs, p. 489.
  17. Ibid., pág. 490.
  18. Lacan, Jacques, “Joyce el sintoma”, Otros escritos, op. cit., p. 595.
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