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Citas: S. Freud

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La niña que se cree objeto preferente del amor de su padre recibe un día una dura corrección por parte de este y es expulsada de su feliz paraíso. El niño que considera a su madre como propiedad exclusiva suya la ve orientar de repente su cariño y cuidados hacia un nuevo hermanito.

S. Freud, La disolución del complejo de Edipo, Obras completas, vol. VII, Biblioteca Nueva, Madrid, 1974, p. 2748.

 

Cuando el sujeto infantil de sexo masculino ha concentrado su interés sobre los genitales, lo revela con manejos manuales y no tarda en advertir que los mayores no están conformes con aquella conducta (…). Esta amenaza de castración parte casi siempre de alguna de las mujeres que rodean habitualmente al niño, las cuales intentan muchas veces robustecer su autoridad asegurando que el castigo será llevado a cabo por el médico o por el padre.

S. Freud, La disolución del complejo de Edipo, Obras completas, vol. VII, Biblioteca Nueva, Madrid, 1974, pp. 2748-49.

 

La niña no considera su falta de pene como un carácter sexual, sino que la explica suponiendo que en un principio poseía un pene igual al que ha visto en el niño, pero que lo perdió luego por castración. No parece extender esta conclusión a las demás mujeres, a las mayores, sino que las atribuye, de completo acuerdo con la fase fálica, un genital masculino completo. Resulta, pues, la diferencia importante de que la niña acepta la castración como un hecho consumado, mientras que el niño teme la posibilidad de su cumplimiento.

S. Freud, La disolución del complejo de Edipo, Obras completas, vol. VII, Biblioteca Nueva, Madrid, 1974, p. 2751.

 

El complejo de Edipo de la niña es mucho más unívoco que el del niño y (…) va muy pocas veces más allá de la sustitución de la madre y la actitud femenina con respecto al padre. La renuncia al pene no es soportada sin la tentativa de una compensación (…). Su complejo de Edipo culmina con el deseo, retenido durante mucho tiempo, de recibir del padre, como regalo, un niño tener de él un hijo (…). Pero, en general, hemos de confesar que nuestro conocimiento de estos procesos evolutivos de la niña es harto insatisfactorio e incompleto.

S. Freud, La disolución del complejo de Edipo, Obras completas, vol. VII, Biblioteca Nueva, Madrid, 1974, p. 2751.

 

Inteligimos de inmediato que en el niño que crece dentro de la familia el hecho de que la madre pertenezca al padre pasa a ser una pieza inseparable del ser de aquella, y que el tercero perjudicado no es otro que el propio padre. Con igual facilidad se inserta en esa trama infantil el rasgo sobrestimador, que convierte a la amada en única e insustituible; en efecto nadie posee más que una madre, y el vínculo con ella descansa sobre el fundamento de un suceso a salvo de cualquier duda e irrepetible.

S. Freud, Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (Contribuciones a la psicología del amor, I) (1910), Obras completas vol. XI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 163.

 

En cambio, la segunda condición de amor, la liviandad del objeto elegido, parece contrariar enérgicamente una derivación del complejo materno. Es que ante el pensar consciente del adulto la madre aparece como una personalización de pureza moral inatacable, y nada resulta tan afrentoso –cuando viene de fuera– ni se siente tan penoso –cuando aflora de adentro– como una duda sobre este carácter de la madre. Pero justamente ese nexo de la más tajante oposición entre la “madre” y la “mujer fácil” nos incitará a explorar la historia de desarrollo y el nexo inconsciente de esos dos complejos; en efecto, desde hace tiempo sabemos que en lo inconsciente a menudo coincide en una misma cosa lo que en la conciencia se presenta escindido en dos opuestos.

S. Freud, Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (Contribuciones a la psicología del amor, I) (1910), Obras completas vol. XI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 163.

 

Hartas veces, en una misma familia el hermano es un perverso sexual, en tanto que la hermana, dotada de una pulsión sexual más débil en su calidad de mujer, es una neurótica cuyos síntomas, empero, expresan inclinaciones idénticas a las perversiones del hermano sexualmente más activo; en consonancia con ello, en muchas familias los varones son sanos, pero inmorales en una medida indeseada para la sociedad, mientras que las mujeres son nobles e hiperrefinadas, pero… sufren una grave afección de los nervios.

S. Freud, La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908), Obras completas vol. IX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 172.

 

En las actuales condiciones de cultura, el matrimonio hace tiempo que ha dejado de ser la panacea para el sufrimiento neurótico de la mujer; y si nosotros, los médicos, seguimos aconsejándolo (…), una muchacha tiene que ser muy sana para «sobrellevarlo», y en cuanto a nuestros clientes varones, los disuadimos con energía de tomar por esposa a una muchacha que fue neurótica ya antes del matrimonio. El remedio para la nerviosidad nacida de este último sería más bien la infidelidad conyugal.

S. Freud, La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908), Obras completas vol. IX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 174.

 

(…) la abstinencia total durante la juventud no suele ser la mejor preparación para el matrimonio en los muchachos. Las mujeres lo vislumbran y prefieren entre sus pretendientes a quienes ya se han acreditado como hombres ante otras mujeres. Evidentes en grado sumo son los nocivos efectos que el severo requerimiento de la abstinencia hasta el matrimonio provocará en la naturaleza de la mujer. La educación se asigna la tarea de sofocar la sensualidad de la muchacha.

S. Freud, La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908), Obras completas vol. IX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 176.

 

La educación les deniega [a las mujeres] el ocuparse intelectualmente de los problemas sexuales, para los cuales, empero, traen congénito el máximo apetito de saber; (…) semejante apetito de saber sería indigno de la mujer y signo de una disposición pecaminosa. Ello las disuade del pensar en general, les desvaloriza el saber. La prohibición de pensar rebasa la esfera sexual.

S. Freud, La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908), Obras completas vol. IX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 177.

 

A raíz de la escasa potencia del varón, la mujer no es satisfecha y permanece anestésica aun cuando la predisposición a la frigidez que la educación le instiló habría podido ser superada por un potente vivenciar sexual.

S. Freud, La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908), Obras completas vol. IX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 179.

 

Si pudiéramos considerar con ojos nuevos las cosas de esta Tierra, renunciando a nuestra corporeidad, como unos seres dotados solo de pensamiento que provinieran de otros planetas, acaso nada llamaría más nuestra atención que la existencia de dos sexos entre los hombres, que, tan semejantes como son en todo lo demás, marcan sin embargo su diferencia con los más notorios indicios.

S. Freud, Sobre las teorías sexuales infantiles (1908), Obras completas vol. IX, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 189.

 

La primera de estas teorías se anuda al descuido de las diferencias entre los sexos, que al comienzo de estas consideraciones destacamos como característico del niño. Ella consiste en atribuir a todos los seres humanos, aun a las mujeres, un pene (…). Si el varoncito llega a ver los genitales de una hermanita, sus manifestaciones evidencian que su prejuicio ya ha adquirido fuerza bastante para doblegar a la percepción; no comprueba la falta del miembro, sino que regularmente dice, a modo de consuelo y conciliación: «Ella tiene... pero todavía es chiquito; claro es que cuando ella sea más grande le crecerá.

S. Freud, Sobre las teorías sexuales infantiles (1908), Obras completas vol. IX, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 192.

 

Si esta representación de la mujer con pene se ha «fijado» en el niño, (…) y vuelve incapaz al varón de renunciar al pene en su objeto sexual, entonces el individuo, aun siendo normal su vida sexual en los demás aspectos, se verá precisado a convertirse en un homosexual, a buscar sus objetos sexuales entre hombres que por otros caracteres somáticos y anímicos recuerden a la mujer. La mujer verdadera, como más tarde la ha discernido, permanece imposible para él como objeto sexual pues carece del encanto (Reiz) sexual esencial, y aun, en conexión con otra impresión de la vida infantil, acaso sienta horror hacia ella (…). Los genitales de la mujer, percibidos luego y concebidos como mutilados, recuerdan aquella amenaza y por eso despiertan en el homosexual horror en vez de placer.

S. Freud, Sobre las teorías sexuales infantiles (1908), Obras completas vol. IX, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 193.

 

La anatomía ha discernido en el clítoris, dentro de la vulva femenina, un órgano homólogo al pene, (…) se comporta de hecho en la infancia de la mujer como un pene genuino y cabal, se convierte en la sede de unas excitaciones movidas al tocarlo, su estimulabilidad presta al quehacer sexual de la niña un carácter masculino, y hace falta una oleada represiva en la pubertad para que, por remoción de esta sexualidad masculina, surja la mujer.

S. Freud, Sobre las teorías sexuales infantiles (1908), Obras completas vol. IX, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, pp. 193-94.

 

En la niña pequeña se puede observar fácilmente que comparte por entero aquella estimación de su hermano. Desarrolla un gran interés por esa parte del cuerpo en el varón, interés que pronto pasa a estar comandado por la envidia. (…) y cuando exterioriza el deseo: «Preferiría ser un muchacho», nosotros sabemos cuál es la falta que ese deseo está destinado a remediar.

S. Freud, Sobre las teorías sexuales infantiles (1908), Obras completas vol. IX, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 194.

 

La tercera de las teorías sexuales típicas se ofrece a los niños cuando (…) son testigos del comercio sexual entre sus padres (…). Pero cualquiera que sea la pieza de ese comercio que entonces observen (…), siempre llegan a lo que podríamos llamar la misma concepción sádica del coito: ven en él algo que la parte más fuerte le hace a la más débil con violencia (…). No he podido comprobar que los niños discernieran en este hecho entre sus padres, por ellos observado, la pieza que les faltaba para solucionar el problema de los hijos; a menudo pareció como si ese nexo fuera desconocido por los niños justamente por su interpretación del acto de amor como violencia.

S. Freud, Sobre las teorías sexuales infantiles (1908), Obras completas vol. IX, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 196.

 

Ahora bien, no hemos inferido que los seres humanos se descomponen tajantemente en dos grupos según que su elección de objeto responda a uno de los dos tipos, el narcisista o el del apuntalamiento; más bien, promovemos esta hipótesis: todo ser humano tiene abiertos frente a sí ambos caminos para la elección de objeto, pudiendo preferir uno o el otro. Decimos que tiene dos objetos sexuales originarios: él mismo y la mujer que lo crio, y presuponemos entonces en todo ser humano el narcisismo primario que, eventualmente, puede expresarse de manera dominante en su elección de objeto.

S. Freud, “Introducción del narcisismo (1914)”, Obras completas vol. XIV, Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Trabajos sobre metapsicología y otras obras (1914-1916), Buenos Aires, Amorrortu, 2012, p. 85.

 

Esto se aprecia mejor respecto de los vínculos entre «hijo» y «pene». Tiene que poseer algún significado el hecho de que ambos puedan ser sustituidos por un símbolo común tanto en el lenguaje simbólico del sueño como en el de la vida cotidiana. Al hijo y al pene se los llama el «pequeño» suele prescindir de la diferencia entre los sexos. El «pequeño», que originariamente mentaba al miembro masculino, puede pasar a designar secundariamente el genital femenino.

S. Freud, La transmutación de la pulsión, el erotismo anal, Obras completas vol. XVII, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1992, p. 118-119.

 

Mientras que el complejo de Edipo del varón se va al fundamento debido al complejo de castración, el de la niña es posibilitado e introducido por este último. Esta contradicción se esclarece si se reflexiona en que el complejo de castración produce en cada caso efectos en el sentido de su contenido: inhibidores y limitadores de la masculinidad, y promotores de la feminidad.

S. Freud, Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos (1925)”, Obras completas vol. XIX: El yo y el ello y otras obras (1923-1925), Buenos Aires, Amorrortu, 2014, p. 275.

 

Uno titubea en decirlo, pero no es posible defenderse de la idea de que el nivel de lo éticamente normal es otro en el caso de la mujer. El superyó nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como lo exigimos en el caso del varón. (…) En tales juicios no nos dejaremos extraviar por las objeciones de las feministas, que quieren imponernos una total igualación e idéntica apreciación de ambos sexos; pero sí concederemos de buen grado que también la mayoría de los varones se quedan muy a la zaga del ideal masculino, y que todos los individuos humanos, a consecuencia de su disposición (constitucional) bisexual, y de la herencia cruzada, reúnen en sí caracteres masculinos y femeninos, de suerte que la masculinidad y feminidad puras siguen siendo construcciones teóricas de contenido incierto.

S. Freud, Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos (1925)”, Obras completas vol. XIX: El yo y el ello y otras obras (1923-1925), Buenos Aires, Amorrortu, 2014, p. 276.

 

El carácter principal de esta «organización genital infantil» es, al mismo tiempo, su diferencia respecto de la organización genital definitiva del adulto. Reside en que, para ambos sexos, solo desempeña un papel un genital, el masculino. Por tanto, no hay un primado genital, sino un primado del falo.

S. Freud, La organización genital infantil, Obras completas vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1992, p. 146.

 

En el estadio de la organización pregenital sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la oposición entre activo y pasivo es la dominante.

S. Freud, La organización genital infantil, Obras completas vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1992, p. 149.

 

(…) he puntualizado cómo el desarrollo de la niña pequeña es guiado a través del complejo de castración hasta la investidura tierna de objeto. Y precisamente, en el caso de la mujer parece que la situación de peligro de la pérdida de objeto siguiera siendo la más eficaz. Respecto de la condición de angustia válida para ella, tenemos derecho a introducir esta pequeña modificación: más que de la ausencia o de la pérdida real del objeto, se trata de la pérdida de amor de parte del objeto. Puesto que sabemos con certeza que la histeria tiene mayor afinidad con la feminidad, así como la neurosis obsesiva con la masculinidad, ello nos sugiere la conjetura de que la pérdida de amor como condición de angustia desempeña en la histeria un papel semejante a la amenaza de castración en las fobias, y a la angustia frente al superyó en la neurosis obsesiva.

S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia (1926), Obras completas, vol. XX, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p.135.

 

Así, este factor biológico produce las primeras situaciones de peligro y crea la necesidad de ser amado, de que el hombre no se librará más.

S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia (1926), Obras completas, vol. XX, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 145.

 

Me estoy refiriendo, desde luego, a aquella orientación de la vida que sitúa al amor en el punto central, que espera toda satisfacción del hecho de amar y ser amado. Una actitud psíquica de esta índole está al alcance de todos nosotros; una de las formas de manifestación del amor, el amor sexual, nos ha procurado la experiencia más intensa de sensación placentera avasalladora, dándonos así el arquetipo para nuestra aspiración a la dicha (…). El lado débil de esta técnica de vida es manifiesto; si no fuera por él, a ningún ser humano se le habría ocurrido cambiar por otro este camino hacia la dicha. Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos; nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor.

S. Freud, El malestar en la cultura (1930), Obras completas, vol. XXI, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, pp. 81-82.

 

Nos parece que un amor que no elige pierde una parte de su propio valor, pues comete una injusticia con el objeto. Y además: no todos los seres humanos son merecedores de amor.

(…) Pero en el curso del desarrollo el nexo del amor con la cultura pierde su univocidad. Por una parte, el amor se contrapone a los intereses de la cultura; por la otra, la cultura amenaza al amor con sensibles limitaciones.

S. Freud, El malestar en la cultura (1930), Obras completas, vol. XXI, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 100.

 

En el ápice de una relación amorosa no subsiste interés alguno por el mundo circundante; la pareja se basta a sí misma, y ni siquiera precisa del hijo común para ser dichosa. En ningún otro caso el Eros deja traslucir tan nítidamente el núcleo de su esencia: el propósito de convertir lo múltiple en uno; pero tan pronto lo ha logrado en el enamoramiento de dos seres humanos, como lo consigna una frase hecha, no quiere avanzar más allá.

S. Freud, El malestar en la cultura (1930), Obras completas, vol. XXI, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 105.

 

No es correcto que tras su observación de la mujer el niño haya salvado para sí, incólume, su creencia en el falo de aquella. La ha conservado, pero también la ha resignado; en el conflicto entre el peso de la percepción indeseada y la intensidad del deseo contrario se ha llegado a un compromiso como solo es posible bajo el imperio de las leyes del pensamiento inconsciente —de los procesos primarios—. Sí; en lo psíquico la mujer sigue teniendo un pene, pero este pene ya no es el mismo que antes era. Algo otro lo ha remplazado; fue designado su sustituto, por así decir, que entonces hereda el interés que se había dirigido al primero.

S. Freud, Fetichismo (1927), Obras completas, vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1992, p. 149.

 

Pues bien, según cuál sea la colocación predominante de la libido en las provincias del aparato anímico han de distinguirse tres tipos libidinosos principales (…) me gustaría llamarlos el tipo erótico, el narcisista y el compulsivo.

S., Tipos libidinales (1931), Obras completas vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1992, pp. 219-220.

 

El tipo erótico es de caracterización sencilla. Los eróticos son personas cuyo principal interés –el monto máximo, en términos relativos, de su libido– se vuelve hacia la vida amorosa. Amar, pero en particular ser-amado, es lo más importante para ellos. Los gobierna la angustia frente a la pérdida del amor y por eso son particularmente dependientes de los otros, que pueden denegárselo. Este tipo, además, es muy frecuente en su forma pura. Variaciones de él se producen en proporción a la contaminación con otro tipo y a la simultánea escala de agresión. En lo social y cultural, este tipo subroga las exigencias pulsionales elementales del ello, al que las otras instancias psíquicas han pasado a obedecer.

S., Tipos libidinales (1931), Obras completas vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1992, p. 220.

 

El segundo tipo, al cual he dado el nombre a primera vista extraño de tipo compulsivo, se singulariza por el predominio del superyó, que se segrega del yo en medio de una elevada tensión. No es gobernado por la angustia frente a la pérdida del amor, sino por la angustia de la conciencia moral; muestra por así decir una dependencia interna en lugar de la externa, despliega un alto grado de autonomía, y en lo social pasa a ser el genuino portador de la cultura, preferentemente conservador.

S., Tipos libidinales (1931), Obras completas vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1992, p. 220.

 

El tercer tipo, con buen derecho llamado narcisista, ha de caracterizarse en lo esencial por vía negativa. No hay en él ninguna tensión entre el yo y el superyó —partiendo de este tipo difícilmente se habría llegado a postular un superyó—, ningún hiperpoder de las necesidades eróticas; el interés principal se dirige a la autoconservación, muestra independencia y escaso amedrentamiento. El yo dispone de una elevada medida de agresión, que se da a conocer también en su prontitud para la actividad; en la vida amorosa se prefiere el amar al ser-amado. Los hombres de este tipo se imponen a los otros como “personalidades”, son en particular aptos para servir de apoyo a los demás, para asumir el papel de conductores.

S., Tipos libidinales (1931), Obras completas vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1992, p. 220.

 

Con ello, la fase preedípica de la mujer alcanzaba una significación que no le habíamos adscrito hasta entonces. Puesto que esa fase deja espacio para todas las fijaciones y represiones a que reconducimos la génesis de las neurosis, parece necesario privar de su carácter universal al enunciado según el cual el complejo de Edipo es el núcleo de la neurosis. (...). De hecho, en el curso de esa fase el padre no es para la niña mucho más que un rival fastidioso, aunque la hostilidad hacia él nunca alcanza la altura característica para el varoncito. Hace mucho que hemos resignado toda expectativa de hallar un paralelismo uniforme entre el desarrollo sexual masculino y el femenino.

S. Freud, Sobre la sexualidad femenina (1931), Obras completas vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 228.

 

En cuanto a mí, no he logrado penetrar un caso de manera perfecta, y por eso me limito a comunicar los resultados más generales y aduzco sólo unas pocas muestras de mis nuevas intelecciones. Una de estas es que la mencionada fase de la ligazón-madre deja conjeturar un nexo particularmente íntimo con la etiología de la histeria, lo que no puede sorprender si se repara en que ambas, la fase y la neurosis, se cuentan entre los caracteres particulares de la feminidad; además, la intelección de que en esa dependencia de la madre se halla el germen de la posterior paranoia de la mujer.

S. Freud, Sobre la sexualidad femenina (1931), Obras completas vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 229.

 

En primer lugar, es innegable que la bisexualidad, que según nuestra tesis es parte de la disposición [constitucional] de los seres humanos, resalta con mucha mayor nitidez en la mujer que en el varón.

S. Freud, Sobre la sexualidad femenina (1931), Obras completas vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, pp. 229-30.

 

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