Da capo, sin fin

Guy Briole

Guy Briole

Da capo es la anotación que, en la escritura musical, indica que hay que recomenzar desde el principio. No es que haya habido errores en la interpretación o la escucha; tal vez solamente malentendidos. Entonces se repite el arreglo armónico o la construcción voluntariamente disonante.

Los parlêtres inscriben también sus vidas en desarmonías por el mero hecho de que son seres de lenguaje. Entonces es ese da capo lo que los anima a la repetición –a veces de un goce que no conviene y que les hace sufrir por haber suplantado y perdido de vista lo que concierne a su deseo. Es allí donde La discordia entre los sexos llega a alojarse.

La discordia empuja a retomar allí donde parece que uno ha topado con un obstáculo en encontrar la armonía. Está en el corazón de la repetición, pues la primera discordia que experimenta el parlêtre, la inaugura y la mantiene consigo mismo. Una de las etimologías del verbo discordar es dividir. El parlêtre encuentra en su propia división la causa de su discordia y, para encontrar un poco de paz consigo mismo, debe incluir en ella a un tercero, un Otro que puede declinarse bajo la forma encarnada de uno o varios pequeños otros. Dicho de otro modo, sitúa partenaires para desplazar la causa fuera de él. Entre ésos, los hay privilegiados: como el otro de la pareja, partenaire-síntoma de predilección.

Una discordia no es el equivalente de un desacuerdo donde la idea de una oposición se vuelve más presente. La discordia da inicio a mucha más sutileza, a una dialéctica que, a pesar de ser a veces tormentosa y dolorosa, apuesta aún por un lazo posible. El amor se invita a la discordia e incluso puede que sea su toque de picante.

El amor es la respuesta más segura para taponar la castración, la relación sexual que no hay. El hombre no tiene entonces más elección que creer en el amor y, para ello, cree en una mujer, ya que ella también cree en ello: ella cree en el amor. Entonces ¿por qué creer en ella? Pero, dice Lacan, “porque nunca se tiene la prueba de que no sea ella absolutamente auténtica”1. Más aun, en general, las mujeres están tan interesadas en hablar de amor que eso acaba intrigando a los hombres, los cuales están, por su lado, muy ocupados en intentar despejar las dudas que los atormentan y entregarse a la repetición.

La discordia y el primer malentendido

Retomando una observación de Sartre según la cual, en el amor que esperamos del que queremos ser amados, el compromiso no es totalmente libre, Lacan avanza una fórmula a la cual llama el pacto inicial: “tú eres mi mujer o tú eres mi esposo”2. Un pacto que sitúa en el registro simbólico, pero, para el cual, sin embargo, subraya también que se extravía en una especie de “viscosidad corporal de la libertad”3. De hecho existe una exigencia que excede el libre compromiso. Es uno de los numerosos malentendidos de lo que puede hacer un anudamiento entre un hombre y una mujer. Mal-entendido, el despiece de la palabra con un guion puede escucharse como una de esas cantinelas lacanianas. Planteémonos, pues, la cuestión: ¿un hombre y una mujer pueden entenderse [s’entendre]? Lacan responde: “No digo que no. Pueden, en tanto tales, escucharse [s’entendre] gritar”4. Agrega que también llegan a entenderse de otra manera. Por ejemplo, sobre un “asunto”; entre otros, “el entenderse en la cama”; lo cual no quiere decir que sea el éxito total, porque, desde este punto de vista, el fracaso es una modalidad del cumplimiento.

La tentación consistiría, a pesar de todo, en reunirse en el espacio del abrazo cuya compacidad recubriría todo, salvo que, si la mujer está en él, es en tanto que no-toda. “Nada más compacto que una falla”5; es el fracaso asegurado. El superyó empuja al imperativo ¡goza!; al mismo tiempo, en esta carrera, se verifica la imposibilidad de reunirse con la superyomitad6.

La discordia del goce y del amor

En el siglo XXI ¿cómo un hombre debe situarse en relación a una mujer? ¿Privilegiando la búsqueda de una complicidad, a partir de lo femenino? Por el contrario ¿debe, puede, sostener una posición más segura del lado “viril”? Hoy, tanto la una como la otra de estas dos posturas pueden ser contestadas, por las mujeres ellas mismas.

El encuentro entre el no-todo y la norma macho es siempre fallido o, por lo menos, no tienen la misma temporalidad. J.-A. Miller opone la atemporalidad del amor a la temporalidad del goce. Del lado hombre, dice, el goce fálico tiene un ciclo, es un goce “escandido”: cuando es gozado, está gozado; cae; ¡hecho!7. Del lado femenino, cuando se goza, eso no puede acabar así no más; el amor toma el relevo. Entonces todas las temporalidades se encuentran –juntas, la una tras la otra, la una antes de la otra–; todas las discordias también.

El hombre está “torcido por su sexo”8, tan falocentrado que no puede pensar lo femenino más que a partir de esta referencia. Ir al encuentro de una mujer, de lo femenino, pasa siempre por el decir y los malentendidos del amor. El hombre es, al respecto, patoso, y se impacienta por no conseguir comprender a este otro que le atrae y le da invariablemente la misma explicación del fracaso: “¡porque soy una mujer!” ¡Ella lo coge siempre a contrapié!

¿Cómo sacar algo en claro? Tal vez volviéndose hacia los modos de goce de hoy en día que, como hemos visto, implican menos la puesta en juego de los cuerpos. Se demanda amor, más amor. Y para el goce es posible actuar de otro modo. Lo pulsional empuja bajo el velo del amor, pero no perfora; se ha rendido al sacrificio en el altar del no-toda.

Pero el despertar puede ser doloroso para el que, zambullido en el baño de los placeres para todos, encontrara en su camino otra contingencia; por ejemplo, para un hombre, otra mujer –más– [encore], en-cuerpo [en-corps]9.

La discordia madre/padre//mujer/hombre

“Tú serás la madre de mis hijos” podría ser el enunciado de substitución que vendría, después de las sorpresas del encuentro, a apaciguar la angustia de las delicias de la duda. Un hombre siempre tiene algo que perder en el cara a cara con una mujer decidida a permanecer siéndolo. Se enreda en lo insoportable que resulta pensar la pérdida, y el hijo también puede hacer de tapón para él. Un tapón zarandeado por las aguas agitadas de la imposible reconciliación hombre/mujer y que puede provocar una caída brutal, por haber creído poder hacer existir la relación sexual. Entonces pudo, inmerso en estos asuntos de pareja y para conservar el amor de su mujer, precipitarse a convertirla en madre. Así, inconscientemente, escapaba a la castración por no tener que ponerla en juego mostrándose deseante. La opción tomada estaba en la otra vertiente: hacer de padre con la madre, atarearse solícitamente junto con ella en torno al niño. Podría decirse que era un padre de hoy en día, salvo que eso existió desde siempre.

Lacan no dudaba en situar la función del padre real en la vertiente castradora por su presencia efectiva, “afanándose […] sobre la madre”10. Dicho de otro modo, como aquel que se gira hacia la mujer que la madre es.

Pero he ahí que se perfilan otros embrollos. Los celos es uno de ellos. ¿Cómo esta mujer a la que él “ha convertido en madre” podría llegar hoy a ocuparse menos de los niños y decir su insatisfacción de mujer? Si bien “adora” a la mujer en ella, ha fracasado en emparedarla en la figura de una “madre admirable”. Entonces se despliega el diálogo de sordos de la pareja: allí donde él la quiere “admirable”, vertiente madre, ella busca ser “admirada”, por lo menos “mirada” como mujer por un hombre. Cuando intenta convencerse de que la desea, falta un detalle: este deseo surge en él cuando toma conciencia de que ¡es ella quien no lo desea más! La mujer ha hecho explotar a la madre; podría, por tanto, desear en otro lado. Allí queda él desamparado, frente al reto de esa rebelde, ¡doblemente bella!11

La discordia sobre el género

En Tiresias, el boletín on-line de la ELP del 15 de noviembre de 2014, traje a colación una discordia viva que mantenía el narrador de un libro con su órgano peniano12. Este apéndice es, a la vez, lo que le impide realizarse, ser ambicioso, y lo que le es imprescindible para desear. ¡Debe usarlo con cuidado para que no desfallezca cuando necesita de él! El narrador le reprocha su tendencia a manifestar intempestivamente su presencia, para arrastrarlo a una nueva aventura con cualquiera, “con tal de que sea una mujer”.

“Con tal de que…” reenvía a una elección. Pero entonces ¿qué garantía hay respecto del Otro, qué seguridad respecto a uno mismo? Eso evoca una confidencia de Lacan –así es como la formula– en su Seminario Los no incautos yerran: “Puede pasar que yo ame a una mujer, como cualquiera de ustedes. Es el tipo de aventura en la que uno puede meterse. Eso no da ninguna seguridad respecto a la identificación sexual de la persona a la que amo, ni tampoco de la mía”13. He aquí a lo que se es confrontado en el encuentro con el Otro sexo: nada os garantiza nada.

Asegurarse respecto al sexo, esquivar la castración, apuntar a una adecuación perfecta del cuerpo y del goce, he aquí las preocupaciones modernas. La garantía de un goce del cuerpo es el credo del parlêtre, que piensa así haberse desembarazado de las contingencias del encuentro, haber separado por fin el cuerpo del amor.

Sin embargo, este cuerpo en su dimensión imaginaria insiste en estar presente en los embrollos de la relación entre los sexos. Escondido, mostrado, misterioso, desvelado, maquillado, vestido, no le faltan trampantojos para que nadie pueda evitarlo.

¿Se puede ir más allá de esta discordia del género? Si se enfoca la cuestión de esta manera, las invenciones de la ciencia en su modernidad no dan la clave, sino que facilitan la evitación, ofreciendo una amplia gama de modalidades de goce donde el partenaire ni siquiera es necesario; objetos pueden reemplazarlo, a veces completarlo, acondicionarlo según la elección del goce de cada uno. La modernidad ofrece también con la cirugía todo un abanico, donde la sutileza del modelado se mezcla con métodos más radicales, adoptando a menudo el modelo de una suplencia de la impotencia, incluso un cambio radical de sexo. En esos casos, el sujeto piensa que ocupará mejor el cuerpo transformado. Un cuerpo cuyo sexo, esta vez sí, podría garantizarse, cuando justamente tampoco lo estará. Eso parece dar vueltas en círculo. Digamos, pues, que el transexual no puede asegurarse de que el cuerpo “trans” sea del sexo de su elección.

El acuerdo sobre un desacuerdo

Un hombre puede amar a una mujer, aun sabiendo que ella no lo ama. En este caso, no hay amor recíproco y, por paradójico y asombroso que sea, cada uno de ellos puede necesitar del otro para su realización amorosa. La discordia recae sobre el no amor de uno, pero puede darse el acuerdo, aunque sea al precio de algunos arreglos, en caso de que una se deje utilizar como objeto de amor.

Es lo que ocurrió a Jean-Jacques Rousseau, que amó apasionadamente a Sophie d’Houdetot, la cual no le correspondió. Aunque era consciente de esta situación –hasta el punto de que podía escribir muy sutilmente que estaban “ambos ebrios de amor, ella por su amante y yo por ella”–, no podía renunciar imaginariamente a vivir este amor. La pasión empuja a lo imaginario, a ponerlo en el primer plano. Entonces, hay casos donde puede producir la presentificación de un objeto de amor en su ausencia; sin que se tenga idea de su existencia real. Es lo que Rousseau describe en el Libro IX de sus Confesiones, hablando de su pasión por Sophie d’H.: “estaba ebrio de amor sin objeto…”14. La mera imagen representada del objeto tenía la fuerza de centrarlo sobre un beso que podía recibir. El pestañeo de la Beatriz de Dante. Pero allí el pensamiento de lo real de ese beso lo convierte en un “beso funesto”; helo ahí precipitado a un estado de desfallecimiento que esa presentificación engendra: “mi cabeza se nublaba; un deslumbramiento me cegaba; mis rodillas temblorosas no podían sostenerme; me veía forzado a parar, sentarme; toda mi máquina estaba en un desorden inconcebible: estaba a punto de desmayarme”15. A menudo con delectación habla Rousseau de esos estados donde lo que está en juego es encontrar el límite del desmayo. Un goce está atado al forzamiento imaginario de esta presentificación, un arrebato por medio de la angustia, un arrebato que no engañaría. Se podría decir que, para Rousseau, la discordia es de su uso privado. Mantiene siempre la posibilidad de la transgresión, de la utilización no realizada del objeto de su pasión: ¡el beso permanece posible!

Alegato por la discordia

La discordia está ahí, lo hemos visto, en cuanto dos personas se hablan. Es la marca del parlêtre. Lacan lo dice así: “El hombre nace malentendido”16. Es su traumatismo. El hombre está enfermo del verbo: es lo que ha heredado, por el hecho de que ello parlêtrait [serhablaría] en sus ascendientes. Así pues, apenas inicia el intercambio, ello introduce una desarmonía, un malentendido inevitable.

Esto es verdadero también para el diálogo entre un hombre y una mujer; y lo es aún más cuando se lo aborda, como lo hace Jacques-Alain Miller, bajo el ángulo del “diálogo del todo y el no-todo”17. En esta coyuntura, es la mujer la que se dice dispuesta a todo y es el hombre el que le objeta un hasta allí, pero no más lejos. Dicho de otro modo, ¡la que piensa en el todo se encuentra reenviada a un no-todo!

El psicoanálisis no promete un “nuevo amor”, como toma Lacan18 del poema de Arthur Rimbaud, “A una razón”, y en el sentido de que el amor sería aquella “abundancia de parloteo”19 que pretende de dos hacer siempre Uno. Aquí el psicoanálisis confirma lo imposible de la relación entre los sexos. Entonces, lo nuevo podría estar al final del análisis, en una relación diferente con el propio inconsciente que haría “más digno”20. Un año más tarde, Lacan evoca un “amor civilizado”21. Configuración en la cual un hombre menos “estorbado por el falo”22 podría hacer de una mujer, no un síntoma sino su partenaire. En este nuevo lazo, podría él también estar como no-todo. Por ejemplo, ofreciendo a una mujer, no lo que no se tiene, sino un interés singular por ella, que no la aliene; que no le obligue a situarse en la relación a una demanda ni en una exigencia de reciprocidad en espejo23.

Entonces un hombre y una mujer podrían, por escucharse, entenderse de otra forma. No obstante, si pretenden hablarse, no será sin discordia.

 

Traducción: Alín Salom.

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario 22, R.S.I., Clase del 21 de enero de 1975. Inédito.
  2. Lacan, J., El Seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 315.
  3. Ibid., p. 316.
  4. Lacan, J., El Seminario, Libro 18, De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 135.
  5. Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Aun, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 16.
  6. Lacan, J., « El atolondradicho », Otros escritos, Buenos aires, Paidós, 2012, p. 492.
  7. Miller, J.-A., La erótica del tiempo y otros textos, Buenos Aires, Tres haches, 2001, p. 24.
  8. Lacan, J., El Seminario 21, Los no incautos yerran, Clase del 11 de junio de 1974. Inédito.
  9. En francés hay equívoco por homofonía: “encore une femme en corps”.
  10. Lacan, J., El Seminario, 7, La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1988, p. 366. [N. de T. Traducción modificada]
  11. “Cette rebelle [re-belle]; doublement belle!”, calambur en francés [N. de T.]
  12. Moravia, A., Yo y él, Barcelona, Seix Barral, 1988.
  13. Lacan, J., El Seminario, Libro 21, Los no incautos yerran. Clase del 19 de febrero de 1974. Inédito.
  14. Rousseau J.-J., Les confessions, IX, in: Œuvres complètes, Tome I, Les confessions et autres textes autobiographiques. Paris, Gallimard, NRF, Bibliothèque de la Pléiade, 1959, p. 440.
  15. Idem, p. 445.
  16. Lacan, J., “Le malentendu”, Ornicar?, Paris, Seuil, n° 22-23, 1980, p. 12.
  17. Miller, J.-A., “Una repartición sexual”, El partenaire-síntoma, Buenos Aires, Paidós, 2008.
  18. Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Aun, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 25.
  19. Lacan, J., “Nota italiana”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 331.
  20. Ídem.
  21. Lacan, J., El Seminario, Libro 21, Les non dupes errent. Clase del 12 de marzo de 1974. Inédito.
  22. Lacan, J., El Seminario, Libro 22, R.S.I., op. cit., Clase del 21 de enero de 1975.
  23. Briole, G., “Un amor civilizado”, Freudiana, n° 66 (2012), p. 97.
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