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Rechazo a lo femenino, rechazo de lo real

Paloma Larena

Paloma Larena

Con Freud

Freud reunió bajo el título “Contribuciones a la psicología de la vida amorosa” tres escritos fundamentales para la construcción de la teoría acerca de la sexualidad que no han dejado de ser admirados y denostados: Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (1910), Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912) y El tabú de la virginidad (1917). De este último y partiendo de los estudios realizados sobre culturas primitivas extrae la aplicación del término “tabú” en su doble significación de “sagrado y temido” y nos dice que la mujer es en todo un tabú. No sólo en las situaciones particulares que se derivan de su vida sexual (menstruación, embarazo, parto, puerperio) sino que la relación con la mujer está sujeta a múltiples prohibiciones y limitaciones. Ello a causa de una idea básica: el varón puede quedar debilitado, su fuerza paralizada en su trato con la mujer, teme contagiarse de su feminidad y mostrarse luego incompetente. Nada de esto ha caducado, dice Freud, sino que perdura entre nosotros. Todos estos tabúes testimonian de un poder contrario al amor, que desautoriza a la mujer como ajena y hostil. Para Freud esta desautorización narcisista, que linda con el desprecio, se relaciona con el complejo de castración.

S. Freud, que pudo inventar la clínica psicoanalítica escuchando a las mujeres histéricas y trabajando para ellas, escribe en 1926 “Acerca de la vida sexual de la niña pequeña sabemos menos que sobre la del varoncito. Que no nos avergüence esa diferencia; en efecto, incluso la vida sexual de la mujer adulta sigue siendo un dark continent (continente negro) para la psicología”1.

Una docta ignorancia que parecería poder salvarse con más estudio, más esfuerzo de investigación. Sin embargo, al final de su vida, en Análisis terminable e interminable Freud destaca dos temas que en relación a la diferencia de los sexos y a la castración, obstaculizan la conclusión en todo tipo de análisis: para la mujer, la envidia del pene y para el hombre, la revuelta contra su actitud pasiva o femenina hacia otro hombre. “Eso común ha sido destacado muy temprano en la nomenclatura psicoanalítica como conducta frente al complejo de castración, y más tarde Alfred Adler ha impuesto el uso de la designación, enteramente acertada para el caso del hombre, de «protesta masculina»; yo creo que «desautorización de la feminidad» habría sido desde el comienzo la descripción correcta de este fragmento tan asombroso de la vida anímica de los seres humanos”2.

Y más adelante señala Freud “A menudo uno tiene la impresión de haber atravesado todos los estratos psicológicos y llegado, con el deseo del pene y la protesta masculina, a la "roca de base" y, de este modo, al término de su actividad. Y así tiene que ser, pues para lo psíquico lo biológico desempeña realmente el papel del basamento rocoso subyacente. En efecto, la desautorización de la feminidad no puede ser más que un hecho biológico, una pieza de aquel gran enigma de la sexualidad. Difícil es decir si en una cura analítica hemos logrado dominar este factor, y cuándo lo hemos logrado. Nos consolamos con la seguridad de haber ofrecido al analizado toda la incitación posible para reexaminar y variar su actitud frente a él”3.

Desde la ruptura con Adler en 1911, Freud había retomado en numerosos escritos la polémica sobre la función de la “protesta masculina”, el afán del hombre por sentirse más fuerte y capaz que la mujer, una motivación hacia la superación como impulso agresivo. La argumentación de Freud fue que el término adleriano implicaba una “sexualización” de los motivos de la represión, y por tanto se desviaba de los principios del psicoanálisis, siendo la protesta masculina no otra cosa que una angustia de castración.

Es muy interesante que sea en el texto Pegan a un niño donde Freud asemeja esta desautorización, o rechazo de lo femenino a las fantasías de paliza, en las que la frase fundamental “yo soy pegado (amado) por mi padre” permanece inconsciente y es común a hombres y mujeres. Es una característica del fantasma como nos enseñará J. Lacan. Les remito a la extensa documentación de la XVI Conversación Clínica del ICF-E La protesta viril es unisex, celebrada en 2016 (4), así como al nº 38 de Cuadernos de Psicoanálisis5.

Con Lacan

J.A. Miller, en el Seminario El Ser y el Uno, propone que ese hecho biológico del que hablaba Freud, lo podemos denominar ahora, lo Real. La “aspiración a la virilidad” común a todos los géneros sería un fantasma, la elevación fantasmática del falo6. Y para Lacan, eso puede resolverse en el análisis destituyendo al sujeto de su fantasma fálico, “hacerle decir sí a la feminidad”. Un ejemplo sería el analista nombrado por el dispositivo del pase. Sin embargo, haber atravesado la pantalla sobre la que se dibuja el semblante fálico no concluye la cuestión del goce. Podemos ver en nuestro entorno, cómo se ha generalizado la aspiración a la feminidad, y la revuelta, el odio, que provoca en los partidarios del orden androcéntrico.

El último obstáculo no es entonces el fantasma, sino el resto de goce para cada uno, lo que va a constituir su sinthome. Llevar un análisis hasta el final, supone saber hacer con su sinthome. El rechazo de lo femenino, con Lacan, es el rechazo a un goce no fálico que J. Lacan había situado en el cuadro del Seminario Aún, del lado femenino de los seres hablantes.

Que toda significación sea significación fálica, implica que cuando hablamos, incluso al llevar las formaciones del inconsciente al análisis, estemos en el registro del “para todos”, la neurosis es paratodista.

Lacan propuso las fórmulas proposicionales en las que se inscribe todo ser que habla7: Del lado hombre “Existe un x para quien no Fi de x” función del padre como excepción que funda el conjunto “Para todo x Fi de x”; de la parte mujer “no existe un x para quien no Fi de x”, y “No para todo x Fi de x”.

“Lacan, al contrario de Aristóteles, retiene el sentido máximo de la particular negativa para dotar con él a su no-todo. Lo asigna al lado femenino de la sexuación: no hay "todas las mujeres'', no hay universal femenino, no hay la mujer. La cuantificación aristotélica se inscribe en un universo discursivo que está terminado. (…) El no-todo de Lacan se despliega, por el contrario, en un universo infinito, y está construido según el modelo intuicionista de una secuencia de elecciones: se acentúa la imposibilidad de decir la universalidad del predicado. (…) La secuencia es como tal lawless, sin ley”8.

"Sólo hay mujer excluida de la naturaleza de las cosas que es la de las palabras.”9

De ese Otro goce, suplementario, el sujeto colocado en posición femenina no sabe, más que lo siente. El lugar de la mujer en el inconsciente es un lugar vacío.

Han testimoniado de ello algunos místicos; de una “vida dedicada a la búsqueda del éxtasis, de ese ex-stare en el que encuentra un goce que va más allá del deseo y que se excluye de la razón fálica”10. En el camino del abandono absoluto, el místico en todas las creencias religiosas, puede llegar hasta el abandono de Dios, la pérdida definitiva del Todo, al contrario de la Teología que se ocupa de la presencia del Absoluto. Por ello, el místico ha tenido frecuentemente graves problemas con el orden instituido. El Dossier El cuerpo y las religiones, de la Revista El Psicoanálisis nº 38, recoge interesantes textos sobre estos testimonios.

Otra vía de investigación son los testimonios de los AE de nuestra Escuela, son numerosos. En todos ellos hay una enseñanza sobre este rechazo y su transformación en el análisis: por ejemplo lo que Marta Serra denomina “Reconciliarse con el goce singular (el vaivén) más allá del falo” o también Oscar Ventura cuando dice que “El ruido mismo de la vida, encarnado en el acontecimiento del cuerpo (acúfenos) (…) una voz sin identidad ninguna, contradice y objeta el silencio de la pulsión de muerte. Y por paradójico que parezca, me permite la posibilidad de que el acto de escuchar, para mí, pueda convertirse en una satisfacción”.

Lo universal está separado de la existencia, nos recordaba M.H. Brousse en las pasadas II Conferencias J. Lacan. A más “para todo x Fi de x” menos “Existe uno que”. Cada vez que hablamos con universales, deliramos, es decir nos alejamos de lo real, son semblantes, ideales, imaginario...

No hay programa de goce, sólo hay diferencia absoluta. Lo femenino descompleta un ideal de totalidad. Puesto que no hay relación-proporción sexual, hay la mediación del discurso y los discursos cambian. Hombre-mujer no es un binomio de oposiciones, son dos S1, y hay un enjambre de S1. Todo se mueve, el porvenir será un melting pot total11.

Cada uno puede reconocerse en ese rechazo de lo femenino, que es rechazo de lo real sin ley, que no pasa por el significante.

Notas:

  1. Freud, S, ¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926), O.C. Amorrortu, vol. XX, p. 199.
  2. Freud, S, Análisis terminable e interminable (1937), O.C. Amorrortu, vol. XXIII, p. 251-2.
  3. Idem., p. 254.
  4. La protesta viril es unisex.
  5. Cuadernos de Psicoanálisis nº 38, Revista del ICF en España.
  6. Miller, J.A, “El estatuto de lo real” en Seminario El ser y el Uno, publicado en Rev. Freudiana 63.
  7. Lacan, Jacques, El Seminario 20 Aún, BsAs., Paidós, 1981, págs. 95-97.
  8. Miller, J.A. “Nota paso a paso” en El Seminario 23 El sinthome, BsAs, Paidós, 2006, p. 203.
  9. Lacan, Jacques, op. cit., El Seminario 20, pág. 89.
  10. Vicens, A, “Mística y psicoanálisis” en El Psicoanálisis nº 28, Barcelona, 2016, p. 128.
  11. Brousse, M.H, II Conferencias Internacionales J. Lacan, Mujeres y Discursos, Barcelona 10-11 de mayo 2019.
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