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El amor es "odioamoramiento"

Laura Canedo

Laura Canedo

En la discordia entre los sexos, Lacan destacó con este neologismo, odioamoramiento1, la inmanencia del odio en el amor. Se trata de una verdad primera y crucial: “no se conoce amor sin odio”, pero también de un misterio con el que nos encontramos cada día en la clínica. Celos, recriminaciones, arrepentimiento, dolor… forman parte de esta extraña pasión que Lacan quiso destacar al abordar el goce femenino.

Fue Freud quien la postuló en tanto ambivalencia amor-odio, y de ella extrajo múltiples consecuencias, hasta decir incluso que todos somos asesinos a nivel del inconsciente. E hizo de ella un desarrollo detallado en relación a la sexualidad femenina, al ver que esta ambivalencia comportaba para la mujer consecuencias mayores en el carácter y en la vida amorosa. Lo leemos en dos textos2-3, en los que parte de esta ambivalencia como propia y general en las primeras etapas de la infancia para ambos sexos4. Es el amor, en tanto insaciable, lo que genera el odio en la etapa preedípica; la hostilidad es fruto de la imposibilidad de satisfacción de las irrestrictas y exigentes demandas de amor. El odio, tal y como dirá Lacan destacando su gestación común, es el gemelo habitual del amor5.

Pero lo interesante es el particular destino que comporta en la mujer. En los entresijos por los que la niña deviene mujer, vemos que a diferencia del niño, en ella es la decepción al constatar la falta de pene en la madre, y el imputarle la propia falta, lo que en el encuentro con la castración la lleva a realizar el cambio de zona erógena (del clítoris a la vagina), y el cambio de objeto (de la madre hacia el padre). Tratándose de decepción e imputación, es ya la hostilidad la que origina esta mudanza. Será este odio una marca en el vínculo con la madre. Pero ahí se engendrará también una extraña pasión, el superyó femenino, al confluir con este odio a la madre, el amor al padre6.

Vemos así aquello que para Freud se va al fundamento y deja huellas imborrables que influirán en la formación del carácter, imprimiendo un odio que puede durar toda la vida. En la relación con el Otro primordial, por la vía del don y de la falta, la envidia del pene será el sello de la herencia materna, y este, tarde o temprano, recaerá sobre el partenaire; a él dirigirá reproches, reivindicaciones y hostilidades gestados antaño7.

Pero además, el análisis no le será de ayuda, ya que frente a la roca base, marca de la biología en lo psíquico, el analista no logrará que dé por irrealizable su deseo de pene. Así, la transferencia se verá también teñida de reproches por la decepción de una cura que no aporta beneficios. Y allí desfallece el analista que no hace más que predicar en el vacío8.

Estamos de pleno en el goce femenino, sobre el que Lacan desarrolló una vía de articulación por fuera de la lógica fálica. Si bien había esbozado la vía significante para salir del atolladero de Freud9, fue en los tiempos del “make love, not war”, que Lacan se adentró en los vericuetos del goce femenino, resaltando con este neologismo la coalescencia del odio y el amor10.

Si bien para Lacan la mujer participa del goce fálico e incluso está allí de pleno11, hay algo más, incluso de más, que resulta determinante. Y es que el ser sexuado de la mujer no pasa por el cuerpo. Hay un no todo fálico, que estando fuera del cuerpo, lo agita. Es este Otro lo que se encarna en ella como ser sexuado, lo que imposibilita la existencia de “La” mujer12.

Yendo más allá de la pregunta formulada por Freud “¿qué quiere una mujer?”, y entrando en la lógica del lenguaje, la pregunta para Lacan es lo que ella puede saber y decir de este goce suplementario, más allá del fálico, y que por supuesto, no es el clitoridiano. Siendo su soporte el Otro, siendo que el Otro nunca deja de ser Otro, que es radicalmente Otro, S(A/ )… ese goce se siente, pero es en sí inconfesable. Es incluso lo que hace de cada mujer un síntoma, incluso para sí misma; lo que exige el desciframiento, que será, además, en una lengua particular. E incluso si la pregunta por su ser de mujer fuera dirigida al Otro primordial, en ese lugar lo que encontraría como respuesta en la madre sería también un síntoma a descifrar13.

En este sentido, Lacan mantuvo hasta el final de su obra la constatación de la diferencia entre el varón, que siente atracción por la madre, y la niña, que establece con ella una relación estragante, llena de reproches y desarmonía14. Y es que, estando en el terreno de la lalengua, que fue adquirida en el marco de las relaciones edípicas15, es ésta la que nos afecta por sus efectos, que son los afectos16.

Entonces ¿a qué atribuye Lacan el odio? Nos dirá que es el ser el que lo convoca. El ser, que no es más que un hecho de dicho, que no es más que lo que le suponemos a otros17. Así vemos que, en el terreno de los afectos enigmáticos, estamos enteramente en el registro del lenguaje en tanto efectos de la lalengua18.

En esta orientación podemos leer el horror básico que el hombre siente por la mujer en tanto incomprensible, misteriosa, ajena y por eso hostil19. Es por este goce que él la difama, e incluso comete agresiones mayores.

Pero también vemos por esta vía cómo el hombre puede ser estrago para una mujer20.

Al fin, lejos de la lógica fálica, estamos en el terreno de la relación con lo imposible, con lo real, en la que se tratará para ambos sexos, de su vinculación con el lenguaje y el goce femenino.

Nuestras jornadas serán una buena ocasión para ver y debatir sobre los recorridos por los que ese afecto deja de engendrar síntoma; la forma en la que los analizantes se separan de las demandas de edípicas de amor; las declinaciones de las imputaciones a la madre y/o al partenaire… así como también la forma en que todo esto aparece en la clínica infantil.

Notas:

  1. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 20, Aun. Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 110.
  2. Freud, Sigmund. “Sobre la sexualidad femenina” (1931), Obras Completas, vol. 21, Amorrortu, Buenos Aires, 1989, pp. 223-243.
  3. Freud, Sigmund. “33ª conferencia. La feminidad” (1933 (1932), Obras Completas, vol. 22, Amorrortu, Buenos Aires, 1989, pp. 104-126.
  4. Cfr. Freud, Sigmund. “Sobre la sexualidad femenina” (1931), op. cit., p. 115.
  5. Cfr. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 20, Aun. op. cit., p. 80.
  6. Cfr. Laurent, Éric. El Otro que no existe y sus comités de ética. Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 104.
  7. Cfr. Freud, Sigmund. “33ª conferencia. La feminidad”, op. cit., p. 123.
  8. Cfr. Freud, Sigmund. “Análisis terminable e interminable” (1937), Obras Completas, vol. 23, 1980, Amorrortu, Buenos Aires, pp. 251-4.
  9. Cfr. Lacan, Jacques. “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos 2, Siglo XXI, Madrid, p. 607.
  10. Cfr. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 20, Aun, op. cit.
  11. Cfr. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 20, Aun, op. cit., p. 90.
  12. Cfr. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 20, Aun, op. cit., p.17.
  13. Cfr. Laurent, Éric. “Las mujeres. Entre semblantes y síntomas”, El psicoanálisis Nº 29, Madrid, 2016, p. 56.
  14. Cfr. Lacan, Jacques. “Universidad de Yale, Seminario Kanzer”, 24 de noviembre de 1975, en Revista Lacaniana de psicoanálisis, nº 19, Publicación de la EOL, 2015, Buenos Aires, p. 14.
  15. Cfr. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 24, L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre. Lección del 19 de abril de 1977. Inédito.
  16. Cfr. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 20, Aun, op. cit., p. 167.
  17. Cfr. Ibid., p. 143.
  18. Cfr. Ibid., p. 167.
  19. Cfr. Freud, Sigmund. “El tabú de la virginidad” (1918 (1917)), Obras Completas, vol. 11, Amorrortu, Buenos Aires, 1989, pp. 194.
  20. Cfr. Lacan, Jacques. El seminario, libro 23, El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 99.
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