El arte de Kim Nguyen se manifiesta aquí, en conseguir tratar en una composición caótica organizada, el tema grave de niños soldados, secuestrados en guerras reales del siglo XXI. Se trata de apuntar sus contradicciones y paradojas; de extraer los recursos más íntimos de cada niño frente al horror de la existencia, cuando ésta se le impone, a cada uno de ellos, amputada de la discordia entre los sexos, como síntoma civilizatorio del parlêtre.

Entramos en la película, a través de una voz en Off, articulada a una fotografía excepcional, recortada por la mirada de Komana, 14 años, desertora de una guerra que no es la suya. Intentando rescatar su voz en la tentativa de esbozar una historia a contar-se, sobre las cenizas del horror innombrable que puebla sus pesadillas, desde que fue secuestrada en su pueblo natal a los 12 años, y enrolada como niña soldado en el ejercito del “Gran Tigre”.

Saber e ignorancia del Amo feroz

Los “Dueños” de la guerra, saben en efecto, que configurar ejércitos feroces y fiables de niños, pasa por intentar forcluir en ellos, de una forma u otra, lo sexual; el sexo en tanto discordia mayor, no solo con el otro, sino con el cuerpo propio en cualquiera de sus dimensiones, real, simbólico o imaginario, y ello para todos y cada uno, sea cual sea su género.

De ahí la urgencia de aparejar sus “soldados” a dos objetos de adicción, en casi continuidad con el propio cuerpo. Aquí no se trata de teléfono móvil, sino de un arma con municiones mortales de verdad, combinada a la absorción de alucinógenos, en tanto fieles partenaires pulsionales, únicos y constantes.

Lo que los dueños de la guerra ignoran, es que la fuerza enigmática y suicida en el combate de Komona, designada por ello como “bruja” del Gran Tigre, traduce, de hecho, un furor terrorífico frente a los fantasmas de sus propios muertos que pueblan sus atroces pesadillas. Como ignoran asimismo que, en aquel otro, que consideran un “mago”, habita un niño africano albino que sin saber leer, toma apoyo en imágenes recortadas de viejos libros para hacer creer a los otros niños soldados que lee las historias fantásticas que inventa, a la Gloria del Gran Tigre, para calmarlos; al mismo tiempo que con sus supuestos poderes mágicos, limita el poder de los Señores de la guerra sobre él.

El artista precede al psicoanalista:

Sin planos generales

Con el telón de fondo del ejercito armado, el realizador enfoca sin embargo el combate singular de cada uno; si el combate de la protagonista, Komona, se juega en un resistir a la violencia del Otro, no se juega en ese único plano; la cámara nos lo despliega asimismo en planos entrecortados y contradictorios, tanto de denegación como de hacer frente a la violencia propia.

Uno a uno

Frente al poder terrible del “Grand Tigre”, no todos los niños están en planos de igualdad. La cámara de Kim Nuyen no lo pasara por alto en una escena osada y valiente donde consigue escenificar al niño delator, no como un monstruo salvaje e irrecuperable, sino como un débil ético, enteramente atrapado en las redes del verdugo, incapaz de tomar una decisión sin ampararse en el discurso del Amo feroz.

Si el infierno no tiene salida señalada…

Aquí, para Komona, el infierno toma asimismo la forma del “Otro de paz” que la acoge cuando cree haber dejado el infierno atrás. Otro, que apelando al olvido, niega sus contradicciones, sus guerras, “por su bien”. El lugar de víctima, con la denegación de la violencia propia, la aboca aquí a un impasse.

Kim Nguyen construye un personaje que sabe que no habrá para ella apertura, futuro, sin cierta inscripción simbólica de su propia atrocidad. Es su propia violencia al servicio, esta vez, de una batalla sin garantía alguna, la que le queda por librar: va a intentar rearticularse al mundo a través una decisión simbólica de reparación, sabiendo que ha franqueado un límite del que no hay tal vez retorno. Ella sabe que lleva en su cuerpo embarazado el vestigio vivo del Poder sin límite de un Otro abusador con el que no había lugar para discordia sexual alguna.

El camino por recorrer, lleva la marca del soldado herido que vuelve a casa. Volver al mundo requiere cierta operación particular: debe montar un nuevo discurso a partir de un punto irreparable; para reconocerse-ser reconocida, no solo como víctima sino así mismo como responsable de su propia violencia. Siguiendo las huellas de sus pulsiones más terribles, Komona se apoya ahora en su voz para orientarse en la búsqueda, sin garantías, de la salida que le queda por encontrar.

La voz en Off del principio era solo una voz, asexuada, sin dirección. Resuena ahora como la voz singular de un cuerpo hablante, dirigida al feto que lleva sin haberlo deseado, y sin saber aún si alcanzará a quererlo.

https://www.youtube.com/watch?v=aXSFKueL6Ic

Notas:

  1. Lacan, Jacques. El seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Barcelona, 1992, p. 77.
  2. Lacan, Jacques. “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina”. Escritos. RBA. Barcelona. 2006. p. 715.
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