"Sin el dolor se había quedado sin nada. Fue entonces cuando Ulises apareció casualmente en su vida. Él, que se había interesado por Lori únicamente por el deseo, parecía ahora ver lo inalcanzable que era ella. Y más, no sólo inalcanzable para él, sino inalcanzable para ella misma y para el mundo (…). La propia Lori tenía una especie de miedo a ir, como si pudiese ir demasiado lejos -¿en qué dirección?-. Esto dificultaba la ida. Siempre se contenía un poco como si retuviera las riendas de un caballo que podría galopar y llevarla Dios sabe dónde…”. p. 38 - 39

Clarice Lispector en “Aprendizaje o El libro de los placeres”, Siruela, Madrid 2005.

Clarice Lispector, hace aparecer en su escritura la diferencia entre el feminismo y lo femenino, se zambulle en la ex-sistencia y sale de ahí para testimoniar de un más allá de la identidad de género o lo sexual como genitalidad. Leyéndola podemos afirmar que escribe a partir de una experiencia de cuerpo, de “eso que se siente” como desbordamiento, un goce más allá del falo que en psicoanálisis ubicamos como lo femenino.

En la cita escogida, la voz narrativa testimonia, a través del personaje de Lori, de este goce Otro que Lacan formaliza en el Seminario 20: “Hay un goce de ella, de esa ella que no existe y nada significa. Un goce suyo del cual quizá nada sabe ella misma, a no ser que lo siente: eso sí lo sabe…”1.

Ella nos muestra una zona del ser hablante que sale de la continuidad de lo cotidiano. Bordea el litoral en el que lo común se pierde, y nos conduce ahí donde el cuerpo se sorprende habitado por esa extrañeza que llamamos goce.

Su obra testimonia de eso que aparece una vez rasgado el manto del sentido y que asegura nuestra ilusión de identidad. Como si nos llevara por el camino al envés, del paisaje a las bastillas que constituyen la tela del cuadro.

En la clínica, este encuentro que sorprende al cuerpo se presenta frecuentemente como un “desbordamiento”, o como una pérdida de los referentes, una experiencia de borramiento de los bordes.

A diferencia del estar desbordado por las demandas del otro, modalidad típica del obsesivo, este desbordamiento se inscribe en otra lógica, en otra topología, en otro espacio. Se trata de la experiencia de un desbordamiento que sobrepasa los propios límites, que viene desde el interior.

Es la experiencia de “eso que se siente” comprometiendo al cuerpo: desdibuja la frontera entre el interior y el exterior, y se impone bajo la modalidad de una continuidad. El borde así perfilado se diferencia de lo que sería un límite, una frontera claramente establecida entre un espacio y otro, entre dos espacios que serían cerrados el uno para el otro (como se plantea en la dialéctica de la demanda).

Se trata de una experiencia que encontramos mayoritariamente en testimonios de mujeres. “Desbordarse a sí misma” como forma de captarse atravesada por una “alteridad–contigua”, una alteridad que se desplaza más allá de todo límite. Aquí no hay el Otro, sino que el cuerpo propio aparece como alteridad.

Como dice Miquel Bassols en su libro sobre Lo femenino, “Aquí ya no se trata del límite como una barrera, un obstáculo, un impedimento, sino más bien del limite como un empuje al infinito”2.

Con respecto al hombre, Lispector no es menos lacaniana: “El hombre es quien aborda a la mujer, o cree abordarla… sin embargo sólo aborda la causa de su deseo, que designé con el objeto a. El acto de amor es eso. Hacer el amor, tal como lo indica el nombre, es poesía”3. Ella nos habla de un Ulises advertido, que lejos de responder al canto de sirena del superyo femenino4, abriendo las puertas del estrago, se deja sorprender por el no toda.

Lispector sabe que no hay nadie que tenga la última palabra.

Notas:

  1. Lacan, Jacques, El seminario, libro 20, Aun, Paidós, Bs. As. 1991, p.90.
  2. Bassols, Miquel, Lo femenino, entre centro y ausencia, Grama, Bs. As. 2017, p.19.
  3. Lacan, Jacques, El seminario, libro 20, Aun, Paidós, Bs. As. 1991, p.88.
  4. Laurent, Eric, El psicoanálisis y la elección de las mujeres, Tres Haches, Bs. As. 2016, p.91.
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