Cold War me conmovió desde la primera imagen por su impactante y sencilla belleza. Cuenta la historia de amor entre un hombre y una mujer, inspirada en la relación de los padres de Pawell Pawlikowski, para lo cual el cineasta tuvo que reescribir el guión cerca de doscientas veces, dejar pasar algunos años desde su primera idea, obtener un reconocimiento internacional - por su largometraje “Ida” (2013) – y así pudo finalmente realizar esta película. En las entrevistas concedidas en el festival de San Sebastián 2018 explica que tenía la necesidad de contar esta historia, para poder hacerlo tenía que alejarse de los detalles más personales, vaciar la trama e introducir la música como tercer personaje. Se trata, en palabras del director, de un amor impuro, dividido y relativo, en el que la verdadera tragedia es que se espera mucho del amor.

La tyché del encuentro entre un músico y una joven cantante es el inicio de esta inevitable historia. Encuentros y separaciones cruzando el Telón de Acero en la Europa de los años 50, dan las coordenadas de estos dos personajes siempre en el límite, sus vidas pueden cambiar en cualquier momento, cerca de las fronteras y cerca de la desesperación. La narración avanza con huecos, no está explicito por qué se van o porque vuelven, solo el espectador puede interpretarlo desde su subjetividad, lo que la hace una película porosa.

En cada encuentro, en otro país y en otro tiempo, también el amor es distinto, pues va pasando por diversos estados y experiencias, distinto incluso para cada uno de los amantes, que se dan cuenta que no es lo que esperaban. La incompatibilidad y la discordia están presentes desde el inicio, en una idílica escena, tumbados en el campo, ella le dice: “Iría contigo al fin del mundo pero debo decirte que te estoy delatando”, lo que marca ya una trayectoria convulsa que pone de relieve las contradicciones internas de cada uno; pero a la vez transmiten la certeza de que la vida para ellos no vale nada si no están juntos; él le dice: “Sé que el amor es lo que es”, ella en un monólogo interior, se dice: “Lo que tenga que ser será. Le quiero y ya está.” Tautologías que dejan intacto el misterio sobre el amor pero que ofrecen una lectura de cómo una contingencia se vuelve necesaria: no pueden no quererse.

Un estribillo recorre la película cantado desde las versiones más populares hasta su versión en jazz, que adjunto para que podáis disfrutarla.

Dos corazones, sus ojos

Lloran todo el día

Y toda la noche

Ojos negros que lloráis

Porque no podéis estar juntos.

Valga toda la ambigüedad a la que nos invita.

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