En el Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges se proyectó Swallow (Carlo Mirabella-Davis, 2019), film que se ha entendido como un thriller feminista que reclama el control del cuerpo. Sin embargo, en mi opinión, apuesta por el triunfo del síntoma en su (in)utilidad. Por fin un relato contemporáneo que aborda al goce femenino sin pasar enteramente por la lógica fálica de los significantes e intenta extraer a la mujer del binomio víctima/empoderada de una forma valiente, bruta y, a la vez, sutil.

El film acompaña a una joven ama de casa que parece tenerlo todo: un apuesto marido, una casa que le regalaron sus suegros, un bebé en camino... Colmada de posibles y oprimida por la amplitud de las arquitecturas de su hogar, un libro de autoayuda la empuja a probar cosas nuevas. El acto es inmediato y literal. De un cofre transparente, escoge una canica y se la traga. Ese encuentro de goce será imparable: ingerirá chinchetas, clips, pins, tierra... La sangre de sus heridas internas irá manchando su vida de postal, descompletándola, aliviándola, despertando el temblor de su deseo.

Esa canica –objeto infantil colorista y de vidrio, indiscutiblemente redondo, difícil de agrupar y siempre al filo del movimiento– funciona aquí como una suerte de condensador de goce. La canica es el delicioso y dañino objeto extraño lacaniano, el objeto a.

A Hunter no le interesan las flores. Se come la tierra.

 

Podemos pensar Swallow como un sueño de Douglas Sirk o, directamente, el film que hoy filmaría. El cineasta alemán, que llegó a Hollywood en los años 40 huyendo de la Segunda Guerra Mundial, dotó de voluptuosidad al lenguaje fílmico, que se esforzaba por ser contenido. Allí donde el cine clásico trabajaba para el sentido y disimulaba el embrollo del significante a través de la univocidad de las imágenes, Sirk hizo elogio de la escritura. La luz se convierte en color, en los escenarios se subrayan lindes, marcos y espejos que separan, encierran y abisman los cuerpos denunciando el sistema de representación transparente. Abriendo la vía del exceso, Sirk introdujo en el melodrama –que entonces era un estereotipado retrato sobre la insatisfacción y la discordia entre los sexos– el misterio del goce femenino. La belleza estaba preñada de algo indecible pero que no era silencioso.

El motivo visual fundamental del melodrama sirkiano es una mujer mirando a través de una ventana ensimismada y sola, como las figuras pintadas de Edward Hopper. Mujeres detenidas en el linde sabiendo que desconocen los límites entre el dentro y el afuera, mujeres acariciando la extimidad con las vistas puestas en el trayecto borroso hacia lo ilimitado.

Swallow (Carlo Mirabella-Davis, 2019), Western Motel (Edward Hopper, 1957), Big Little Lies (David E. Kelley, 2017-), Sólo el cielo lo sabe (Douglas Sirk, 1955) y Carol (Todd Haynes, 2015).

Swallow también despliega ese motivo visual pero propone una importante variación en la última escena del film. Seguimos a la protagonista en su migración –‘swallow’ es ‘tragar’ pero también ‘golondrina’– hasta que perdemos su pista en un baño femenino porque la cámara se queda embelesada en ese espacio infranqueable al que la mirada masculina solo accede de forma furtiva o de refilón. Las mujeres entran y salen, se miran en los espejos, se escrutan, se recomponen y siguen sus caminos, una por una. Aparece el roll final de títulos de crédito sobre este rutinario pero enigmático escenario, en lugar de hacerlo sobre el negro habitual que suele confirmar el fin de las imágenes. Y es que la cámara insiste en permanecer mirando lo que se escapa. La lógica del goce femenino no deja de no escribirse pero en ambos sexos deja su rastro.

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