La invitación a abordar el concepto de odioamoramiento de Lacan, me llevó a recuperar una novela leída hace un tiempo: “La llave” de Junichiro Tanizaki.

Tanizaki nos suele dejar al borde del precipicio, asomados a los modos de goce de los protagonistas de sus novelas y cuentos breves, y esta novela no es una excepción.

En “La llave”, un respetable profesor universitario queda totalmente preso de la fascinación que siente por su esposa Ikuko o, mejor dicho, por un plus que capta en el modo de amar de su esposa. Él toma un “rasgo único en ella”, a saber, “una disposición para el amor que es muy rara entre las otras mujeres”. Queda pues atrapado en ese rasgo e inicia un nuevo apartado en su diario personal, que dedica de lleno a intentar responder a ese enigma femenino ante el cual él siente no estar a la altura, sabiendo además que ella lee su diario desde hace tiempo.

A su vez, ella escribe en su diario personal, ocupándose de dejar la llave en lugares predecibles.

Pero tras esta primera motivación bienintencionada de saber cómo satisfacer a su esposa, se destapa poco a poco un juego entre los dos en el que querer saber sobre el goce del otro deviene tan potente que los enferma hasta el extremo. Lo que iniciaba como un intento de esclarecer y responder al deseo del otro, deviene un modo de goce en sí mismo que los arrastra.

Desde el inicio podemos percibir cuan inseparables son el amor “apasionado” que dicen sentir el uno por el otro, del odio que se profesan. Uno, por lo incomprensible y ajeno que le resulta el goce de su mujer, la otra, por quedar atrapada en un goce sádico que justifica por ser aquello que cree que su esposo quiere de ella, siendo su enganche casi del orden del estrago. Ambos leyendo sus diarios íntimos, accediendo a la llave del diario del otro, caen en un abismo por acercarse demasiado. Podríamos tomar como metáfora de este exceso de acercamiento, una frase de Ikuko que recorre toda la historia en la que apunta al “escalofrío” que le produce “el brillo metálico de su piel vista de cerca”.

La novela introduce una operación imposible lógicamente, a saber, intentar ser incluido en el goce del otro. Precisamente, sabemos que el odio aparece cuando se presenta en escena el goce del partenaire, siempre solitario, que a uno le resulta extraño y que le excluye. Como dice Lacan en el Seminario 20, la verdad sólo se puede decir no toda, no hay verdad que alcance a decir todo sobre el goce1.

En esta novela, Tanizaki lleva a los dos protagonistas a intentar hacerse un lugar en el goce del otro, transgrediendo los límites que deberían dejar oculta parte de la verdad mediante la lectura de sus diarios íntimos.

La pareja introduce a varios personajes que ocupan un lugar en su juego: Kimura que es empujado a ser el amante de ella, la hija de los protagonistas, y el alcohol. Los tres serán fundamentales para sostener esta trama pulsional.

Cuando la salud empieza a fallarle al respetable profesor, Ikuko dirá “hemos llegado a esta situación porque los dos nos hemos ido incitando”. Ni el miedo a la muerte le permite a Ikuko ceder a sus impulsos sexuales en ese juego sin límite con su marido.

Así pues, todo lo que caía del lado del deseo vivificante para él, la lectura o los paseos, quedan poco a poco fuera de escena por la debilidad corporal a la que llega, arrastrado por su propio imperativo de goce imparable.

“Como nos quisimos, como nos dejamos llevar por la pasión, como nos engañamos, como nos hicimos caer en las trampas que nos poníamos, hasta que uno de los dos no pudo más” dirá Ikuko.

En la última entrada en su diario, Ikuko nos desvela la trama secreta de la historia, en la que podemos ver cómo quedan todos los goces expuestos: los de cada uno de ellos dos, el de Kimura y el de la hija también. Todos implicados en una trama en la que quedan enganchados sin remedio, según su modalidad de goce, hasta llegar a un acuerdo cómplice que asegure poder mantener los goces de los supervivientes de esta historia de amor y odio.

Me parece un buen ejemplo, excesivo por supuesto, al estilo Tanizaki, pero un buen ejemplo de la banda de moebius que constituye para Lacan la relación entre amor y odio. Cómo se pasa del amor al odio por vía del saber demasiado sobre el modo de gozar del partenaire, que nos lo hace extraño e insoportable.

¿Cómo hacer con ese movimiento casi inevitable en toda relación? Por una parte, el recorrido de un psicoanálisis nos advierte de ese límite del saber, que queda siempre a las puertas de algo imposible a lo que acceder; no se puede saber todo sobre el goce. Por otro lado, se me imponía una relación entre esta cuestión y la cuestión en el arte, en el efecto estético, de la función del velo respecto a lo siniestro. Se sabe que lo siniestro es condición para el efecto estético, pero también es su límite, es decir, si no hay el velo de lo bello que lo cubra y lo deje entrever a la vez, no se producirá el efecto sublime2.

Quizás en el tema que nos ocupa, se trate de respetar el velo del amor, soportar el no saber todo, el ser excluido del goce del partenaire sabiéndolo inevitable, para preservarse de caer en exceso en un odio que termine provocando el rechazo radical del otro.

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario libro 20, Aun, Paidós, BBAA, 1992, p.110-112.
  2. Trías, E., Lo bello y lo siniestro, Ed. Debolsillo. Barcelona, 2016.
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