Sin Amor es el título de una excelente película del ruso Andrey Zvyagintsev, que condensa en pocas escenas las coordenadas de la situación que nos interesa comentar: el tema nunca acabado del síntoma y el estrago.

Su cine es contundente y cortante, al mismo tiempo que amable y cuidadoso de las imágenes y los personajes. Con elegancia, finura y agudeza el director presenta distintos niveles del desamor en nuestra época.

Como telón de fondo muestra un bosque helado y un mundo donde la gente, concretamente una pareja que se está separando, especialmente ella, no puede hacerse cargo de su pasado ni de sus consecuencias. Como dijimos, la película pone en primer plano una tierra yerma, donde pareciera que nada puede crecer. Es un mundo de personas solas, con una soledad moderna donde no se trata tanto de una falta de recursos económicos como de una falta de sentimientos y de un lugar para la subjetividad.

El comienzo de la película enseña un bosque helado y desierto, luego unos chicos que salen del colegio y a continuación un niño que vuelve a su casa atravesando el bosque. En un momento encuentra una cinta de plástico con la que juega un rato y luego la arroja al aire. La cinta queda enganchada en un árbol.

Esta situación inicial del niño en el bosque, una escena desoladora, anuncia dos rasgos que serán esenciales: el desamparo y la soledad.

El niño va a su casa donde está su madre, una mujer joven y guapa que le habla con un tono muy desagradable y hostil.

En relación a la pareja podemos imaginar que en algún momento se quisieron pero ese amor ya no existe, ahora se odian y quieren destruirse. En medio de sus discusiones feroces, ella dice que nunca ha querido a nadie. Cada uno tiene otra relación, quieren separarse y vender su casa para comenzar una vida nueva. Discuten sin parar y no encuentran ningún punto de entendimiento. Tienen un hijo de 12 años que no está contemplado en sus discusiones, ni en sus proyectos, ni en sus sentimientos, que es como si no existiera.

La madre no quiso tenerlo y no lo quiere, nunca se ha mostrado amable o cariñosa con él. Es una madre autoritaria y estragante, que no conoce el amor, ni siquiera con su nuevo partenaire, que le gusta, pero al que no parece querer. Luego veremos cómo ella misma ha sido una niña estragada.

El padre es un hombre muy sometido. En relación a las mujeres, lo vemos tanto con la madre de su hijo Alyosha, que siempre lo ha esclavizado, como frente a su nueva mujer que le demanda incesantemente. Él la ha dejado embarazada y sólo piensa en las complicaciones que se desprenden de esa situación y en su trabajo, si bien, por otro lado, parece una persona más sensata que su anterior mujer.

Tienen una última discusión terrible, donde se dicen cosas muy crueles y no tienen ningún cuidado en relación al niño, que podría estar escuchando. Él está en la habitación de al lado, acurrucado y llorando. Nadie lo ve.

A los pocos días aparece la directora del colegio preguntando por Alyosha que lleva 2 o 3 días sin ir a clase y sin avisar. ¡El niño! Fue por intermedio de una tercera persona, no de la familia, que tuvieron en cuenta a su hijo, que repararon en él. ¿Dónde está? ¿Qué fue de él? La búsqueda de Alyosha la realiza la policía, si bien el padre también participa un poco. Esta búsqueda los lleva a casa de la madre de la mujer, la abuela del niño, que se muestra odiosa y cruel. A ella tampoco le importa su nieto. Vemos que la relación estragante se ha trasmitido entre las dos mujeres en lugar del amor y el deseo. Cuando la madre vuelve a ver a su propia madre, que la insulta y le reprocha haber tenido ese hijo, abandona su pequeñísima participación en la búsqueda del niño y se desentiende de todo.

Aquí podemos ver con claridad el estrago como el reverso del amor y como una posible manifestación del goce femenino, más vinculado a la pulsión, a un goce destructivo. Este es un caso extremo, pero el estrago es algo estructural y lo encontramos con frecuencia en la clínica de las mujeres, con sus madres, pero también a la hora de elegir un partenaire.

En un sentido, la historia se organiza en torno a Alyosha, aunque él es, también, como un pretexto. Porque la película nos muestra a dos personas, ex pareja, que queriendo separarse se replantean una vida que, en parte, va a ser como la que están abandonando, sin que ellos se den cuenta de esta repetición.

La madre en una posición exitosa, sobre todo en lo material, más allá de los sentimientos, y el padre abocado a una repetición donde no se puede adueñar de su deseo ni de su vida.

Como hemos dicho, su hijo no tiene lugar en sus peleas, en sus cavilaciones, en sus proyectos. No tiene lugar en su deseo. Él pierde existencia y la película muestra esto de una forma increíble y contundente: ya no está.

Me parece muy interesante cómo el director enseña estas supuestas historias de amor: son repeticiones de las historias anteriores de cada uno de ellos, sobre todo en el caso de él, y muestra cómo, por la grieta que se abre entre estas historias, se pierde un niño. No está muy claro si los padres sienten su pérdida, no se sabe si alguna vez lo han amado. Tal vez esta pérdida sea un alivio porque en sus nuevas vidas no sabrían qué hacer con él. Pero el niño desaparece como si fuera aire, como si nunca hubiera existido y en su lugar queda la cinta enredada en el árbol.

En el final, vemos a la madre, siempre malhumorada y quejosa, vestida de deportista y afrontando el mismo frío del comienzo del film, pero desde un balcón grande y moderno, donde aborda su nueva vida, sin amor. Él, con su confusión, haciendo de su nueva mujer más que sinthome, un síntoma que va a repetir.

Creo que es una gran película porque A. Zvyagintsev habla de la soledad y del desamor actual sin hacer demasiado hincapié en escenas excesivamente tristes, (aunque son realmente desoladoras) sino mostrando una discordia estructural, las relaciones repetitivas del mundo moderno donde todo transcurre velozmente y algo tan importante como un hijo puede quedar perdido en el camino. Se trata de un canto trágico al desamor.

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