« Fuego, agua, tierra y la enorme altura del aire

y, a parte de ellos, Odio pernicioso, por doquier igualado,

 mas entre ellos el Amor, igual en extensión y en anchura que él ».

Empedocles, Fragmentos, XVII (versos 18-20).

Desde la perspectiva freudiana es legítimo preguntarse cómo un sujeto puede amar a otro que no sea a sí mismo, puesto que Freud introduce el amor desde un punto de vista esencialmente narcisista. Lacan abre este enfoque freudiano viendo en el amor aquello que “suple la relación sexual”1 fallida, aquello que suple la inherente ausencia de acomodación entre los sexos ya que “no hay relación sexual porque el goce del Otro considerado como cuerpo es siempre inadecuado”2. El amor es para Lacan lo que quiere hacer de dos Uno, lo que aspira a la fusión del uno al otro. “En el amor se apunta al sujeto”3, dice Lacan, al sujeto del inconsciente ordenado por la frase del fantasma, pantalla del real. En el amor se anudan deseo y goce, todos ellos alojándose en el cuerpo, estremeciendo el cuerpo.

¿Qué es entonces esta extraña pasión en el amor que por momentos se extravía en el odio, en la rabia, en los celos, en la querella injuriosa del reproche que empuja por la desesperación en algunos casos a devastar al amado e incluso a desmoronarse con él? Lacan lo denomina odioamoramiento. ¿De dónde surge?

Siguiendo a Freud cuando formula que “el objeto está siempre perdido” Lacan introduce en el seminario XX que “la esencia del objeto es el fallar”4, es decir que no existe un objeto que colme y se acomode perfectamente a la falta en ser del sujeto. Ahí surge estructuralmente el deseo y su metonimia. Podríamos también decir que en el amor hay algo siempre excesivo ligado estructuralmente a ese fallo, a esa falta intrínseca que empuja inevitablemente a la demanda de satisfacción, a la inagotable demanda de amor, de más aun, de aun más. Falta y demanda son por ello elementos esenciales del amor como un agujero sin fondo. ¿Pero el odio? ¿ Por qué la falta de satisfacción completa por el objeto tendría que generar odio?

El odio no es sólo una querella entre los sexos. Al principio de todo era el intenso lazo afectivo amoroso hacia la madre. Pero ese amor, de alguna manera, desde su origen, no es un amor puro ya que Freud encuentra sistemáticamente en él una ambivalencia que le hace asociar al amor el odio, aproximándolos. El origen de la actitud hostil de las niñas hacia sus madres, Freud no la encuentra tanto en la rivalidad fálica edipiana con respecto al padre, sino en relación a la inevitable decepción preedipiana que trae consigo la insoluble insatisfacción a la demanda de amor de la hija a su madre. Dicha demanda resulta necesariamente “incapaz de plena satisfacción”5, es decir, siempre inadaptada.

En la mitad del seminario XX, Aún, Lacan indica que el odio todavía, hasta ese momento, no había encontrado el lugar que le correspondía, y mucho menos cuando se lo asimilaba al desacertado término de ambivalencia, de medias tintas, propuesto por Freud. En el odio a lo que se apunta es al ser, “un odio consistente, es algo que se dirige al ser”6, dice Lacan y por ello propone la homofonía en la lengua francesa que aparece entre odiar y ser, il hait e il est. Lacan afirma en este seminario, haciendo referencia a Empédocles, que no conocer el odio supone no conocer tampoco el amor ya que “no se conoce amor sin odio”7. Parece que además de la insatisfacción por el objeto, lo que está en juego para Lacan es la relación al otro, la traición del otro -que él evoca a propósito de San Agustín- que genera lo que él denomina el odio celoso, también calificado celosgoce8 (jalouissance)9.

En el seminario XXII, RSI, Lacan enuncia de nuevo que “el amor es odioamoramiento10 que él denomina aquí como una verdad primera. El amor, dice Lacan, no es nunca ni constante ni uniforme sino que siempre se presenta con altibajos, es “sinusoidal” y sobre todo y fundamentalmente encuentra siempre un límite. Se trata del límite estructural que encuentra el amor desinteresado hacia el otro. Hay un límite en el amor que se preocupa exclusivamente del bienestar del otro. Ese límite- que Lacan representa mediante su nudo borromeo- es el límite que impone el Real como ex-sistencia: “A partir de este límite, el amor se obstina, porque el Real se implica en este asunto, el amor se obstina en hacer todo lo contrario del bienestar del otro. Es por ello que yo lo he llamado odioamoramiento11.

Notas:

  1. Lacan, J., Seminario 20, Aun, edicion Paidós, 1981, p.59.
  2. Ibid., p.174.
  3. Ibid.,p.64.
  4. Ibid., p.73.
  5. Freud.S., «sobre la sexualidad femenina» Obras Completas, volumen XXI, Buenos Aires Amorrortu Editores , 1979.
  6. Lacan, J., Seminario 20, Aun, edicion Paidós, 1981,p. 120.
  7. Ibid., p. 110.
  8. Ibid., p. 121.
  9. Jalouissance es la condensación de las palabras “celos-jalousie” y “goce jouissance” que en francés son homofónicas.
  10. Lacan, J., seminario XXII, RSI, lección del 15/04/1975.
  11. Ibid., lección del 15/04/1975.
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