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La pareja, inevitablemente sintomática…

La pareja siempre es sintomática, su elección es sintomática en tanto es el fantasma singular de cada ser hablante a partir del cual o a través del cual el deseo aprenderá a situarse, en tanto el fantasma, su función “es dar al sujeto su nivel de acomodación, de situación”. Por eso, dice Lacan, el deseo en el parlètre tiene la propiedad de estar fijado, adaptado, asociado al fantasma y no a un objeto determinado1. Más adelante en el mismo seminario señala que cuando alguien dice Yo te deseo, en realidad podría traducirse por: Yo te implico en mi fantasma fundamental.

De esta manera la pulsión al decir de Freud, nombrada como la energía psíquica, busca siempre satisfacerse, más allá de que esa satisfacción provoque tanto placer como displacer. Y es en ese displacer que muchas veces no entendemos, es en esa paradoja, donde podemos ver al síntoma, en tanto nos permite hacer algo con aquello que no anda, es allí donde se revela. El fantasma es el que articula el goce con el deseo a través de la ficción, ficción hecha de imaginario y simbólico que de alguna manera querría dar una respuesta ante la pregunta del deseo del Otro, es el marco de la realidad sin el cual no habría posible lazo con ella. Podríamos decir entonces que aquello que causa displacer es lo que de la construcción fantasmática hace síntoma.

Por último, es importante recalcar que los síntomas cambian sus manifestaciones en función de los discursos reinantes, pero como lo dice Piedad Ortega “siguen siendo trans-históricos en su estructura”2.

Entonces, cuando elegimos un partenaire, lo hacemos siempre de forma sintomática. Esto quiere decir que lo que despierta en nosotros el deseo por otra persona, aquello que puede ser un mínimo detalle, está en relación absoluta con nuestro fantasma y con nuestra forma de gozar. Es algo que nos toca en nuestro inconsciente, en aquellas marcas significantes inscriptas en el cuerpo. Y allí aparece el goce mezclado con el deseo y el fantasma que en una primera instancia vela lo real de la castración, imaginando al Otro completo, a aquel que tiene la respuesta sobre nuestro ser, a aquel que puede responder acerca de quién soy e incluso tener la fantasía de que tiene aquello que nos completa. Pero las discrepancias se presentan en tanto el goce de cada uno la forma de gozar es diferente, en tanto cada uno es portador de una historia singular, que ha dejado sus huellas y le ha hecho situarse en el mundo y en relación al otro a través de su fantasma de una forma única.

Así que el amor es el que, en el mejor de los casos, mediando entre el goce y el deseo permitirá a la pareja, a esas dos soledades, compartir una vida.

Dicho esto, mi reflexión es acerca de las relaciones de pareja actual. Bajo el discurso post-moderno reinante donde dos aspectos son importantes en cuanto al lazo: la fragilidad y/o fluidez de los lazos y el impulso a gozar sin límites hacen que las relaciones adquieran un carácter fugaz en tanto es posible que no lleguen a sintomatizar el malestar que inevitablemente llegará a esa relación. Es posible también que nada quieran saber y opten por la vía más corta, menos problemática en apariencia que es la de huir de la escena, actuar casi como por impulso, pasando al acto, podríamos decir, impulsados justamente por el derecho a gozar y al cambio o sustitución del objeto (en tanto mercancía) en cuanto no marcha, en cuanto deja de tener el brillo inicial.

Notas:

  1.  Lacan, J., El Seminario, Libro 6, El deseo y su interpretación, Paidós, Buenos Aires, 2014, pp. 11-33.
  2.  Ortega, P., “Adolescentes Depresión y modernidad” en Virtualia núm. 14, 2006. (Disponible online).

 

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