En lo que hace a la vida amorosa de los parlêtres, nos dice Lacan que en el caso de las mujeres es necesario encontrar otro nombre para decir qué es un hombre para una mujer. “Puede decirse que el hombre es para la mujer todo lo que les guste, a saber, una aflicción peor que un sinthome. Pueden articularlo como les convenga. Incluso un estrago”1.

Para dar cuenta de esta definición, tomaré como paradigma a Violette Leduc, escritora francesa de la mitad del siglo XX cuya extrema fragilidad le provocaba emociones incontrolables, se sentía desamarrada del Otro, lo que le retornaba desde un lugar de pura demanda a ser amada y valorada.

Una madre estragante la rechazó desde su nacimiento y sólo le transmitió “eres una hija bastarda”. Primer nombre de goce que da lugar a un libro bajo ese mismo título.

Ella misma termina definiéndose como “una babosa debajo del estiércol”, segundo nombre de goce. Se arrastraba para recibir afecto.

Recuerda que su madre nunca le dio la mano, la ayudaba a subir y a bajar las aceras pellizcando su vestido a la altura del hombro, allí donde las costuras de las mangas son fáciles de asir2.

Maurice Sachs, escritor y declarado homosexual la rechaza como partenaire amoroso y la empuja a escribir: “escupe sobre el papel todo lo que te resulte insoportable”. Ella obediente no cesaba de escribir.

Jacques Guerin, en cambio, la sostuvo económicamente por un tiempo, mientras Violette no cede en su intento de conocer a Simone de Beauvoir y se presenta en su casa. De entrada, Beauvoir pone un límite a su demanda y pactan encontrarse dos veces al mes.

Leduc como buena babosa se va pegando al grupo de escritores de la época, Jean Cocteau, Jean Genet que le dio a leer Las Criadas y luego se la dedicó; Albert Camus, que fue el editor de su primera novela “La asfixia en la prisión de su piel”.

Simone de Beauvoir la estimula a escribir abiertamente: “exprésate en tu escritura tal como eres”. Violette contesta con su tercer nombre de goce: “soy un desierto que monologa”.

Con La bastarda ganó el premio Goncourt en 1964. Ravage fue, en cambio, censurada en 1955 pero ella la convirtió en otra novela, Thérèse et Isabelle, en la que cuenta sus experiencias homosexuales con una compañera de colegio. Su escritura habla abiertamente del lesbianismo y del aborto.

En las charlas de café las quejas de Violette eran frenadas por Simone de Beauvoir, “¿cómo puedo hacer para que me ames?, no tengo ganas de vivir”. Beauvoir la orienta: “Piense en la escritura, continúe trabajando y deje de llorisquear, escriba todo”. Si bien la escritora feminista no la rechaza, no satisface sus demandas y la causa. “Hay que convertir esa queja en algo constructivo” señala un camino de saber y hacer.

Ante un viaje de Simone, Violette hace una escena rogándole que no la abandone y Beauvoir le contesta: “viaje usted también y conozca otros lugares, ya recorrió la mitad del camino, no afloje ahora”.

Violette pudo esculpir sobre papel, la escritura le permitió ser reconocida, ser mirada y a través de ella pudo salir del estado de Hilflogsikeit.

Finalmente viaja a Provence, se enamora y puede acabar un nuevo libro que se abre con estas palabras: “estoy sola como un desierto, las lágrimas y los libros me llevaron mucho tiempo”.

Violette además escribió el prólogo de El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Al recibir el premio Goncourt afirmó: “la escritura fue mi salvación, me permitió transitar en el desierto de la vida”, a lo que añadimos que si bien lo hizo por fuera de los otros, no lo logró sin ellos.

Ravage, que es el título de uno de sus libros, tiene la doble acepción de estrago y arrebato. En referencia al desamarre, ese abandono existencial que mencionábamos al principio, se pudo anudar con la escritura, hacerse trama con los escritores que la sostuvieron y con Simone de Beauvoir, a quien Violette colocó en el lugar de sujeto supuesto al saber.

Notas:

  1. Lacan, J., El seminario, Libro 23, El "sinthome". Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 99.
  2. Leduc, V., La asfixia, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1968.
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