Amar demasiado no es signo de amor

“¿Qué se dirá de ti?,

Otelo: trazaréis el retrato de un hombre que no amó con cordura, sino demasiado... asesino honorable, si queréis, pues nada he hecho por odio, sino todo por amor”1.

Conviene advertir, para deshacer un malentendido fundamental de consecuencias funestas, que amar “demasiado” no es signo de amor. En todo caso, es signo de un amor que, al aproximarse al goce, vira inevitablemente hacia el odio. Otelo afirma ser un “asesino honorable” porque solo actuó por amor y en absoluto por odio, ignorando que amor y odio son indisociables. Como en una banda de Moebius, el sentimiento de fascinación ideal sostenido en las imágenes y en las palabras pasa a convertirse en una pasión dirigida al ser del otro en lo que este tiene de irrepresentable.

Antes o después el encantamiento ideal da paso al odio. No hay que preocuparse por esta condición estructural a la que Lacan le dio el nombre de hainamouration (odioamoramiento), siempre que Eros consiga dominar la potencia de Tanathos. Hemos de preocuparnos, sin embargo, cuando el amor se desvincula de Eros y en lugar de neutralizar a Tanathos lo exacerba. Es Otelo quien quiere saber “demasiado” sobre el goce de su amada esposa y, empujado por la necesidad de aprehender todo su ser (tarea imposible), no encuentra otro límite que la muerte.

Sin llevar las cosas a la tragedia del moro de Venecia podemos distinguir los saberes que se ponen en juego en el amor y en el odio. El amor se limita a ser el soporte de la relación entre dos saberes inconscientes, mientras que el odio dirige el saber hacia el modo de gozar del partenaire; por ese motivo Lacan concluye el Seminario XX afirmando que “Saber lo que la pareja va a hacer no es prueba de amor”.

En cuanto a la experiencia analítica, es importante diferenciar el deseo de saber del sujeto sobre la letra de su goce del deseo de saber sobre el goce del partenaire, como propone la sexología, creyendo que de esa forma puede hacer existir la relación sexual.

El resultado de un análisis no excluye completamente el odio, entre otras cosas porque el odio puede también cumplir una función de lucidez que permite escapar de la hipnosis alienante, tanto en la vida como en la transferencia. La cuestión estriba en que el odio no se convierta en una pasión que degrade constantemente el amor o, peor aún, lleve a la destrucción.

Para “inventar" un nuevo modo de amar que reduzca la vertiente mortífera del odio sin perder su lucidez, solo es necesario salir de la repetición. Nada fácil, por cierto.

Notas:

  1. William Shakespeare. Otelo: el moro de Venecia.
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