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Breve comentario sobre “Oh!, soledad!» de C. Millot

“Que de todos modos no era indispensable amar a alguien. En mi caso estaba en un momento de mi vida en que el amor de los hombres me había abandonado. Y de esa soledad me había hecho, con el tiempo una felicidad, en la que el vasto mundo nos sirve de pareja, en la que uno se olvida de uno mismo sin necesidad de perderse, ya que era una vida a medida la que me había hecho, una vida confeccionada a mano, por decirlo de algún modo, a mi manera, a mi gusto”.1

Tomo la lectura del texto de Catherine Millot para ilustrar la idea que su lectura me sugirió, que la decisión de estar sola, ser una Single en su definición contemporánea, puede leerse, como lo que se hace insoportable de la dependencia del otro del amor. La novela ofrece un testimonio de la experiencia de la autora con la soledad a partir del estado de angustia que la invade, después de una experiencia amorosa temprana, descrita como traumática. La experiencia se describe como un desastre que la sumió en un estado de devastación absoluto. Una declaración de amor a destiempo, y una respuesta de ella, de si no era demasiado pronto para hablar de amor, provocan que el amado responda que simplemente había hablado por un impulso, y que no se preocupara porque ello no la comprometía a nada. Es así que paradójicamente se ve invadida por la angustia, perdiendo toda naturalidad en la relación. Con detalle y precisión relata cómo la vive a partir de ese momento, el sexo no apacigua la angustia, el mutismo la invade, cualquier mirada a otra mujer la destroza. “El círculo vicioso del fracaso, o cómo puedes ser el artesano de tu propia desgracia, me aparecía en todo su horror y su fatalidad”.2 La certeza de una catástrofe la acompañaba en cada momento del encuentro con él. Así ocurrió, un día la relación terminó. Hubo un último encuentro en el que no recuerda que se hablara de lo sucedido, si recuerda en cambio su estado de angustia y la confirmación de su certeza.

El amor se produce para ella como lo contrario de aquello que uno esperaría, una experiencia de angustia petrificante que la deja al borde de un abismo. Para la autora es la dependencia a otro, a la que el amor la somete, lo que la devasta. Relata con precisión que el chico no tenía mucho que ver con esa devastación, no es capaz de decir lo que él representaba para ella ni porque esa primera experiencia de amor había sido tan catastrófica. “El amor era sin esperanza desde su nacimiento, se resumía en padecer esta ley impecable y la persona involucrada en ese amor poco tenía que ver con ello.”3 La realidad del sujeto amado quedaba obliterada por el desamparo al que el amor la sometía.

La autora propone el libro como un proyecto para escribir sobre la soledad, como un tratamiento de la misma, en su implicación con el desamparo que supone la pérdida de amor. Relata así el efecto que supuso para ella la lectura de Proust, donde el amor aparece indisociable de este desamparo, cuando el sujeto se desmorona si el otro no está.

Tomar este testimonio sobre la experiencia de soledad, en su vínculo con la pérdida de amor, me ha servido para reflejar una posible forma de comprender que la decisión de estar solo puede ser un síntoma ante la imposibilidad de soportar la dependencia del amor. No es este el caso de la autora quien con el trabajo de escritura (y también del psicoanálisis) puede construir una solución a medida.

El relato es también un examen sobre el valor de la soledad en un sentido amplio, desvinculada de cualquier idea de pérdida, asociada al hecho de vivirla como dicha y como actitud contemplativa del mundo. La soledad buscada más allá del abismo descrito.

Notas:

  1.  Millot, Catherine ¡Oh, soledad! NED Editores, (Barcelona 2014), p. 14.
  2.  Ibid., p.36.
  3.  Ibid., p.39.
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