El marqués de Sade programó el exterminio de la humanidad por la vía de la universalización de la sodomía. El imperativo categórico kantiano produciría los mismos efectos: nada con la mujer, que arrebata todo lo universal en su mundo no-todo. En ambos casos la voz del Otro es única; no hay lugar para la conversación. El soltero espera la muerte; si es racional, la del universo. Quizá comparte con la soltera una parecida huida de la feminidad. Pero en el caso de las mujeres nunca se sabe si no están solas del todo.

Soltero y soltera, solterón y solterona remiten a patetismos diferentes. En el caso de ellas, remitimos al film de Bardem, Calle Mayor. En el caso de ellos, bordeamos el tema de la masturbación solitaria, o de una homosexualidad más o menos reprimida, amante de una madre más o menos lejana, pintada o vestida de negro, siempre muy limpia.

La tieta, la tía soltera que no quiso pareja tras algún brumoso desengaño en una juventud cada vez más lejana, desempeñó su papel haciendo suplencias de cualquier cosa para la familia tradicional. Para los Freud de Viena fue Tante Minna, que también tenía tiempo para leer. Si la familia decimonónica tenía, de cara afuera, la prostitución como válvula de escape, en el interior disponía a veces de ese auxilio que contribuía a un decoro estable.

Pero los desarrollos del capitalismo ofrecen otras formas de contarse como singleton (conjunto reducido a un solo elemento). Vivir solo se generaliza. La comunicación se halla en las redes; la sexualidad es la inervación de algunas partes del cuerpo; el amor es un cuento. Pero el alojamiento se hace un problema. ¿Qué superficie necesita un single para tener un espacio que aloje su angustia? ¿Dónde empieza ésta: ¿en un espacio demasiado angosto, o en un gran piso? ¿Cocina, o comida preparada? Los microespacios están cada vez más cerca, en una carrera loca hacia la estrechez. El límite parece darlo el hotel cápsula japonés, compañero del comestible dispensado en ración única. El camino hacia las comunas más o menos utópicas quedó desierto. Nuestros jóvenes comparten pisos, pero en un recurso de adaptación; si pudieran, partirían el piso.

Mientras, las variaciones del single han incorporado algunas nuevas regularidades. Por ejemplo, la sologamy. La sologamia es el arte de casarse consigo mismo. La ceremonia comprende el traje, los invitados, un celebrante, buenas promesas de fidelidad rubricadas con tarta y fiesta. Principalmente se trata de mujeres, pero también algún hombre. Las series de televisión han incorporado algunos sologamistas en su trama. Y no hay escándalo familiar: si esto es lo que te hace feliz…

Otra opción es la del abandono del sexo, un nuevo celibato con nuevo sentido. Puede ser un voto obligado para entrar en una orden; pero es cada vez más denostado como la puerta abierta a la hipocresía, a los abusos, incluida la pederastia. Pero ahora resulta atractiva para algunos usuarios del sexo. Sí: el sexo es una adicción y, por lo tanto, se lo puede practicar o abandonar. En Japón este nuevo celibato empieza a ser una preocupación, por tanto, como contribuye a la caída de la tasa de natalidad. Ya no es el hikikomori (encerrado en casa), tampoco es el otaku (geek), ni el parasaito shinguru (soltero parásito en casa de los papás pasados de largo los ’30). Se trata de una aversión al contacto físico y al matrimonio (que en Japón sigue pautas muy tradicionales). La familia es un lío, y mejor evitarlo, sostienen: mendokusai; I would prefer not to; preferiría no hacerlo.

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