Se trata de una película de Derek Clanfrance del 2010. En ella vemos a un matrimonio, Dean y Cindy padres de una niña de cinco años. De una forma muy realista vemos el encuentro inicial, pero no vemos el recorrido de cómo han llegado a la discordia final. El director nos muestra a Cindy eligiendo, como la madre que va a ser, a ese hombre que promete ser “un buen padre” para su hija, lo que la aleja de la mujer que es. Si bien la maternidad puede venir a cerrar la pregunta por su deseo de mujer, con el paso de los años Cindy entra en conflicto con la mujer deseante que es, al encontrarse con un antiguo novio. Finalmente la disimetría que supone la diferencia de los goces y la imposibilidad de escribir la relación sexual, que había quedado velada, se muestra como inapetencia sexual con Dean.

Al comienzo de la película vemos como su vida parece plácida y feliz en la cotidianidad. Pero detrás está la insatisfacción de ella que se percibe desde la primera escena. Cindy le pregunta: “¿no quieres hacer algo más con tu vida?¿No te sientes frustrado?” A lo que Dean responde: “Qué más que ser buen esposo y buen padre” Y aquí está la clave de la insatisfacción de ella. Porque ¿dónde está el hombre?, se pregunta. Ella intenta dejarlo en falta, exhibiendo su descontento le priva de satisfacerla, lo deja impotente. Lo que para ella es difícil de soportar les lleva a la imposibilidad de seguir juntos y al mismo tiempo la imposibilidad de separarse.

“Blue Valentine” trascurre en dos tiempos paralelos, en dos ejes que se cruzan: un tiempo en el que se conocen e inician su relación de enamoramiento y pasión, alternando con escenas actuales de dolor y agresividad en primeros planos asfixiantes. Casi las mismas circunstancias, un abrazo, un encuentro sexual, una mirada o una canción vividas de manera diferente. La primera vez que la ve en una residencia de ancianos algún divino detalle le resulta familiar y piensa: “siento como si la conociera” , es el flechazo.

Cindy es una enfermera que no llegó a graduarse en medicina al quedarse embarazada de un joven compañero de clase al que rechaza como padre de su hija. Y aparece Dean que tiene el signo que le trasmitió la abuela: “Enamórate del hombre que te valore como persona”. Cuando Dean la dice “Nadie está a tu altura, y mientras sea así el puesto es mío. Formemos una familia” Él será el padre responsable y formará la “buena familia” que él no tuvo, pues su madre lo abandonó siendo un niño.

Dean, músico frustrado, cree que los hombres son más románticos que las mujeres porque ellas eligen al hombre con trabajo y que no las va a dejar. Es un sujeto intuitivo, cariñoso, amoroso con la hija de otro, un obrero sin ambiciones, lo que mantiene a Cindy en el objeto de valor.

Cuando Dean, intentando agradarla y complacerla, lleva a Cindy a un hotel para pasar una noche romántica ella le rechaza, no consigue convocar su deseo. Él quiere sexo y ella le pega. “¿Cuanto rechazo tengo que aguantar? Me porto bien con vosotras”, le dice. Entonces ella se desnuda mostrándose y le pide que la degrade en el juego amoroso. Pero entonces es él quien la rechaza y se desespera: “así no, no puedo hacerlo como si solo fueras un cuerpo, te quiero”. No puede ocupar ese lugar para conectarse con el goce al que ella le convoca. Como en el sueño de “La bella carnicera”1Cindy desea mantener el deseo insatisfecho mientras él, sin entender nada, intenta colmarlo rápidamente, matando el deseo con tanto amor.

Dean le habla de amor, le promete mejorar, ser más atento y cariñoso pero ya es tarde. No es suficiente para Cindy con el buen padre y buen esposo, desea al hombre que Dean nunca ha sido. “Estoy harta de tanto amor”, dice Cindy.

Encerrada en el baño Cindy le dice: “soy más hombre que tu” a lo que él responde “¿Pero que significa ser un hombre?” y empieza a destrozarlo todo. Incluso al día siguiente pega al jefe de ella. Se desencadena la violencia, se maltratan. Sin embargo, la elección de Cindy fue la de un hombre totalmente opuesto a su padre que la respeta hasta que todo se desmorona llegando a la desesperación.

Finalmente ella le pide el divorcio. “No quiero ser como mis padres, no quiero que mi hija vea como yo vi a mi padre maltratando a mi madre”. Decisión que la saca de la identificación edípica que la hacía creer que “la relación sexual es posible” y de ese goce mortífero de la discordia. Silenciados por el dolor ya no tienen qué decirse.

“Siempre se hace daño a quien se quiere. Y si rompí tu corazón ayer noche, es porque te quiero más que a nada” le canta él.

Notas:

  1. Jacques Lacan, “La dirección de la cura”, Escritos 2, Siglo Veintiuno Editores, 1958.
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