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Accedí a lo real del goce

Al leer “a partir de la letra accedemos a lo real del goce”, en la pg. 106 de La tercera de Lacan1, recordé una experiencia que fue trascendentalmente esclarecedora para mí. Nos encontrábamos, en una habitual visita, en Londres y le informé a Marta que había comprado entradas para un concierto de bandas de música en el Prince Albert Hall. Intervenían la banda de la guardia real, la banda de la guardia escocesa, la banda de la guardia galesa y una réplica, de una universidad norteamericana, de la banda de la guardia real. Marta puso cara de sorpresa. “Sabes que me gusta la música de las bandas”, respondí ante su gesto. “Y tu sabes que a mí no”, respondió ella. Y agregó “Pero bueno, ante tu ilusión y ya que has sacado las entradas, iremos”, agregó. Esa noche la acomodadora nos acompañó hasta nuestros asientos: primera fila al centro. Habían quitado el escenario, de modo que cuando bajaron la intensidad de las luces, por cuatro diferentes sitios de la sala, hicieron su entrada simultánea, al compás de la música de Tipperary, las cuatro bandas, con sus coloridos uniformes de gala, haciendo sonar sus tambores, sus flautas y sus gaitas, y cruzándose en su desfile, en sus marchas y contramarchas, delante nuestro. Se retiraron las bandas a paso redoblado, se encendieron las luces para el intervalo y salimos al vestíbulo. Marta me advirtió: “No voy a soportar un segundo tiempo de estos ruidos. Me quedo fumando y tomando algo. Me buscas a la salida”. A la salida me informó que había estado todo ese tiempo pensando en mi afición por las bandas de música y también que, desde pequeño, me había dedicado a organizar bandas, con distintas denominaciones, de las cuales yo era el jefe. En sexto de primaria me habían puesto diez amonestaciones y me habían hecho firmar en el libro de amonestaciones del colegio con mi nombre y apellido y debajo la aclaración “jefe de la banda”. Que todo esto era una sublimación de mi historia de amor con mi madre que, como se había criado en Londres, en su armario, entre la ropa de cama, toallas y mantelería, distribuía saquitos de lavanda, de manera que su dormitorio olía siempre a lavanda. Que mi inconsciente había transformado “lavanda” por “la banda”. Que por eso yo era un adicto a viajar a Londres, a comprarme toda la ropa en Londres, y a llevarle a mi madre, de regreso y de regalo, saquitos de lavanda. Quedé atónito, admirado y anonadado. Nunca había hablado de nada de esto en mis sucesivos análisis. Pensé que sólo una psicoanalista que me conocía, más que yo a mí mismo, podía haber llegado a esa profundidad, desconocida para mí. Le reconocí la claridad de su elaboración y para corroborarla le confesé un acto fallido que había cometido esa misma mañana. Habíamos entrado a comprarnos ropa a Marks & Spencer. Cada uno cogió su carrito y se dirigió a la sección que le correspondía. Al pasar por la lavanda comencé a llevar mi carro de saquitos. De repente tome consciencia de que mi madre había fallecido hacía más de diez años y, previa verificación de que Marta no había visto mi acción, procedí avergonzadamente a volver a su sitio toda la mercancía. En el Seminario 7 Lacan señala que “en la sublimación se trata de la relación del sujeto con el goce, pero no en el sentido de una satisfacción sexual sustitutiva ni con el requerimiento de un éxito social”. Y agrega que “La sublimación sitúa el goce de manera particular para cada sujeto”. En la Conferencia 32, Angustia y vida pulsional, Freud subraya hablando de la sublimación, la “plasticidad, la capacidad de cambiar sus metas, la facilidad con la que admiten subrogaciones, dejándose sustituir una satisfacción pulsional por otra, y por su posible diferimiento, de las cuales las pulsiones de meta inhibida dan un buen ejemplo”.

Notas:

  1. Lacan Jacques, La tercera. Intervenciones y textos (pg. 106) Manantial. Buenos Aires 1988.
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