“Aprovechó la pausa de la convalescencia para reprenderlo por la pasividad con que esperaba la contestación de la carta. Le recordó que los débiles no entrarían jamás en el reino del amor, que es un reino inclemente y mezquino, y que las mujeres solo se entregan a los hombres de ánimo resuelto, porque les infunden la seguridad que tanto ansían para enfrentarse a la vida”1

“El amor en los tiempos del cólera”, Gabriel García Márquez.

Leemos en el seminario XX “la única cosa más o menos seria que puede hacerse: una carta de amor”.2

El amor se anuda en los tres registros solo gracias a un cuarto elemento, un síntoma, un estrago, un sinthome en el mejor de los casos. No hay amor que no sea sintomático porque no hay dos goces, dos vidas, dos deseos, dos ausencias iguales. No nos ocuparemos ahora de la vertiente narcisista, imaginaria del amor; para eso está este mundo y lo que nos interesa hoy, lo traspasa.

La letra es la marca de lo simbólico y, por tanto, lo más cercano de éste a lo real porque es la inscripción, el borde del agujero que lo real horada en lo simbólico. Toda carta de amor, si está a la altura de tal hace comparecer esto.

El amor en el que lo real comparece, el nuevo amor que hace cambiar de discurso y modifica la armonía del mundo, ese que para Rimbaud “eleva no importa a donde la sustancia de nuestras fortunas y nuestros anhelos”3 es, efectivamente, “un golpe de tambor” que el sujeto nunca puede esperar porque es un encuentro con lo real que cambia el rumbo de una vida. Lo real de la absoluta alteridad, en el otro y en uno mismo. En amor, ese que hace condescender el goce al deseo, que hace condescender lo que hay a lo que no hay, es siempre el encuentro con un agujero, un vacío -que no una nada-, y, por tanto, acontece como un trauma. La carta de amor lograda evoca este real indecible y no lo agota sino que lo relanza.

“El amor en los tiempos del cólera” ya nos indica en su título el contenido temático: el amor, el tiempo y la muerte, pero no son los dos últimos los que atraviesan al primero sino que, desde dentro, el amor es trabajado por la imposibilidad lógica de la no relación, sintomatizándolo en esa serie de “amores contrariados” y cartas de almor que atraviesan el tiempo y la muerte. Y es que muchas veces la imposibilidad que el paso del tiempo y la muerte evocan son una alusión velada a ese real imposible que es la ausencia de relación sexual.

Sabemos por el propio autor que la historia está inspirada en la historia de amor de sus padres. La novela tiene una estructura de las llamadas cíclicas, pues en el último capítulo vuelve al principio, pero no para concluir en él, sino para continuarlo sin un final preciso. El capítulo 1 está narrado en presente igual que el capítulo 6, mientras que en el resto de capítulos utiliza el pasado. La propia estructura narrativa no cesa de no escribir lo que no cesa de escribirse.

La cita propuesta en nuestro comentario pertenece al capítulo 2 en el tiene lugar la narración del encuentro entre Florentino Ariza y Fermina Daza, de su amor contrariado de juventud y de las primeras cartas entre ambos. Es la madre de Florentino quien le reprende por su pasividad y la convalecencia a la que se refiere es una monumental resaca tras haberse bebido, buscando los sabores de la mujer amada, un litro de colonia encontrado por casualidad en el baúl de su madre.

Más de cincuenta años después, en el buque “Nueva Fidelidad” por el río Magdalena, la vía por donde el cólera y la muerte fueron vinieron tantas veces, hicieron el amor por primera vez, torpemente, como toda “primera vez” y “les bastaba con la dicha simple de estar juntos”. Concluido el viaje es ella quien no quiere desembarcar afirmando que “va a ser como morirse”. Florentino ordena entonces que el barco zarpe con ellos, sin cargas ni escalas, lo que sólo podían hacer con la bandera amarilla del cólera a bordo. Cuando el capitán le interpela diciendo“¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?”, Florentino responde– “Toda la vida”. Y es que “Tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches”.

Notas:

  1. Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, Bruguera, 1985.
  2. Jacques Lacan, El seminario, Libro 20: Aun. Paidós, Bs As, 1992, p. 102.
  3. Arthur Rimbaud, poema “A una razón”, en Iluminaciones, Visor de poesía, 2008.
Comparte / Imprime este artículo
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Print this page
Print
Email this to someone
email