Mi encuentro con A se produce en el contexto de la Fundación de la que me ocupo, en cuyo centro he logrado abrir un espacio de entrevistas con peregrinos que llegan caminando a Santiago.

Al hablar de su experiencia en el Camino de Santiago, la mayoría subraya la importancia de la posibilidad del encuentro, del intercambio. Lo resumen con una frase: en el Camino nunca estás solo. Y así escucho muchas historias de amor, casi todas “flechazos”, encuentros o reconocimientos de algo que no saben explicar.

En esos casos la interacción con los otros es el elemento central y el Camino –que favorece la relajación temporal de identificaciones e identidades- parece poner en juego o devolverles algo del orden del goce propio, de la propia voz, del propio cuerpo, de lo Uno y particular que no saben nombrar. Pero no todos cuentan lo mismo, algunos relacionan su experiencia con un goce de Otro orden. Es el caso de A.

A, poeta y editora en Nueva York, da dos nombres a lo que busca en el Camino: la soledad y la escucha. Ambas exigencias pueden parecer antagónicas, pero debo decir que A no es la única entre mis entrevistados que coincide en esta confluencia.

Para satisfacer su deseo de soledad, de silencio incluso, elige rutas poco transitadas o, mejor, camina en invierno, casi siempre en diciembre; a veces incluso pasa la Navidad caminando sola, a pesar de que sus cuatro hijos, pareja y amigos la esperan en NY. Respecto a su deseo de escucha, algunos veranos trabaja como voluntaria en un albergue, ofreciendo su conocimiento práctico y las lenguas que habla a cambio del acceso a la diversidad de historias, lenguas y voces que allí encuentra.

Cuando A me contó su historia, subrayó que su deseo de soledad y escucha no era un hallazgo del Camino de Santiago, algo de eso había estado siempre en su vida y, particularmente, vinculado a la escritura de su poesía. En el Camino realiza una inmersión en esas experiencias, le permite una concentración o experiencia masiva, mientras que en Nueva York son momentos, fragmentos de su vida cotidiana.

A me cuenta que su necesidad de soledad la lleva a veces a interrumpir sus paseos por Nueva York para entrar en una iglesia. Aunque no es nada religiosa, reconoce que hay algo en esos espacios, su amplitud, soledad y silencio, que le gusta especialmente y facilita su escritura. A se sienta en un banco y escribe, ha escrito muchas de sus poesías en esos espacios.

En cuanto a la escucha, también está presente en su poesía y vida en NY, mucho más si cabe. Para ir a trabajar, durante años A se desplazó en transporte público a través de los 5 boroughs de su ciudad, descubriendo entonces su atracción por las voces e historias totalmente desconocidas y ajenas que allí encontraba. Me asegura que ha escrito íntegramente varios de sus libros en los metros, trenes y autobuses de NY. Acunada por la variedad sin fin de timbres, sonidos y fragmentos de historias fuera de sentido, A escribe.

Tanto en sus experiencias de escucha como de soledad, A no tiene interés alguno en intervenir o poner en juego lo propio, tampoco su voz como poeta, su voz no es propia en ese caso, busca otra cosa, eso Otro que incluso el inconsciente parece desconocer. ¿Y después? Sea de los metros de NY o de los albergues y senderos de España, A dice regresar de esas experiencias con una enorme fuerza que la empuja hacia los otros de su vida. Resume: regreso siempre llena de amor y de alegría.

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