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Vivian Gornik y su feroz apego

Por mucho que procurase diferenciarme de ella, parecía que siempre acababa como mamá, echada en el sofá con la mirada perdida. Y nunca con tanta intensidad como cuando descubrí que acostarme con Joe había sido como acostarme con mi padre, no porque fuese mayor que yo y que estuviera casado, sino porque era un hombre cuya visión del mundo hacía inevitable la ecuación hombre-marido-padre, mujer-esposa-niña.

Vivian Gornick, Apegos feroces, Sexto piso, p. 181

Con el título de Apegos feroces han visto la luz las memorias de esta “feminista radical”. Hija de una judía, la menor de dieciocho hermanos que abandonaron Rusia para trabajar en la industria textil.

El hogar familiar estaba situado en el Bronx, en un edificio habitado por proletarios que se decían comunistas. Su padre le había pedido a su esposa que cuidara del hogar y los hijos, aquí las mujeres no trabajan, le dijo. Ella consintió. Muy prendado de su mujer, el padre era una presencia alegre y agradable pero “escasamente efectiva en la relación familiar.” “Empezó a ser real cuando murió”: la joven viuda se sumergió en un amargo lamento; Vivian fue convocada a poner el cuerpo ocupando su lugar en el lecho y asistiendo a la desgraciada.

La atención de la pequeña se repartía entre dos mujeres: una, lloraba por la pérdida del matrimonio idealizado y aseveraba que una mujer sin un hombre a su lado no es nada y Nettie, la vecina seductora de hombres, despreocupada de su hijo, concentrado su interés en el semblante adecuado para conseguir un buen marido (aún pensando que “los hombres son un asco”).

En el curso del relato se verifica la oscilación entre la identificación, con una y con la otra, unidas por su secreto descubrimiento: testigo de una pelea entre ambas, dedujo que su padre había caído en las redes de la seductora. Nuestra “feminista feroz” (así la califican en una entrevista) admite que mientras yacía en la cama con quien fue su marido, pensaba en esta mujer, barruntando que Nettie le diría: ¡Vaya, con todo lo que te enseñé y mira dónde estás! La Otra mujer le significaba ese acto insuficiente. El desprecio por el hombre llegó a ser nítido, imprecándole con saña su impotencia para hacerla feliz.

Tiempo después encontraba ¡la pareja ideal! Hasta su madre disfrutaba con los avatares de ese pasional vínculo intelectual y sexual con un hombre casado que duró 6 años. Él le hizo pensar a Vivian que “el matrimonio no era una mala idea después de todo.”

Recuerda haberse despertado asqueada de un sueño y llegar a la siguiente conclusión: el amor es una función de la vida emocional y es pasiva. El trabajo es una función de la vida expresiva y, por lo tanto, activa. Según esta “composición” a través del trabajo se defendía de la irrupción del amor pudiendo mantenerse en esa relación cómodamente. Hasta el día en que él la engañó. Estaba escrito, le dijo; “siempre le toca a alguien” respondió él. Abatida, se tumbaba en el sofá con la mirada perdida igual que antaño hiciera su madre. Descubrió entonces que acostarse con Joe había sido como acostarse con su padre (¡!) Para alguien que niega el saber de Freud no es poca cosa semejante idea. Su denegación se precisa: la rebeldía a la asignación de roles intentar borrar el impacto en su existencia de las huellas inconscientes vinculadas a la trama erótica del trío que imaginó entre sus padres y la vecina.

Vivian también ha perdido el amor, entonces puede hablar con su madre. Una consulta a una psicóloga precede la lenta extinción de la absurda pugna a muerte por un trofeo imposible que las mantuvo ferozmente unidas a través de los años.

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