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Albufera de Valencia

Valencia es una ciudad donde el agua tiene su protagonismo. De hecho, tenemos una calle que toma su nombre de hechos pasados. Se llama “Las Barcas”, no hace falta explicar por qué.

La zona alrededor de la ciudad está llena de acequias que sirven al riego, gracias a los ríos, Turia y Júcar y gracias a un lago, el de la Albufera. Allí, en su entorno, se cultiva el arroz.

Ésta solamente es una de las características de la Albufera, que es por cierto, Parque Natural. Como tal, tiene su fauna y su flora, en parte autóctona, donde lo más visible son las cañas, las garzas y los patos. Y algunos peces, que si paseas en barca, en ocasiones son capaces de saltar dentro.

También une o separa, según se mire, a varios municipios. Particularmente visitada es la población “El Palmar”. Se trata de una isla, de la que parten barquitas para ofrecer un paseo. Otras barcas son el medio de vida de los pescadores. No tan claro de las pescadoras. El derecho a pescar de las mujeres ha estado en litigio durante mucho tiempo, incluso bastante reciente.

Este entorno en general está sembrado de barracas. Aquellas construcciones típicas de la huerta valenciana, que tienen una silueta peculiar. Blasco Ibáñez dio ese nombre a una de sus novelas y sin salir de la inspiración del lago, a otra novela la tituló: Cañas y barro.

Cuando salimos de Valencia hacia el sur nos encontramos en esta especie de istmo, en el que nos queda a la izquierda el mar y a la derecha el lago. En algunos puntos se encuentran las dos aguas. Se mire a un lado o a otro se ve reflejado el sol.

Los que vivimos en este lado del Mediterráneo tenemos la fortuna de poderlo ver salir sobre el mar por las mañanas. Pero no podemos ver su ocaso en las mismas condiciones. Gracias al lago de la Albufera se produce la inversión. La puesta de sol se puede contemplar desde un mirador sobre el agua. Hay una especie de ritual. Si pasas a la hora adecuada, paras el coche y esperas ver como se hunde el sol en el lago. El comentario más indicativo puede ser el de algún poema árabe que nombra al lago como “espejo del sol”.

Cuenta una leyenda que en los arrozales vivía un enorme dragón, tipo cocodrilo, que tenía atemorizados a los agricultores. A un condenado a muerte se le ofreció conmutarle la pena si daba caza al monstruo. Como tenía poco que perder se atrevió a enfrentarse al animal y su determinación sirvió para que pudiera darle muerte. Por descontado que todo el hecho fue bendecido. Hoy ese cocodrilo cuelga disecado de una pared de la iglesia del Patriarca en la ciudad. Por si alguien pasó por allí y se preguntó cómo llegó la momia de ese animal a una iglesia…

 

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