El psicoanálisis desde su comienzo, primero bajo la lógica edípica y luego más allá de él, nos enseñó que la sexualidad está inscripta desde el inicio, en las relaciones entre un niño que viene al mundo y sus padres. De las idas y venidas que se producen en este encuentro, surgirán formas de satisfacción que marcarán para siempre la posición subjetiva de ese parlêtre.

En ese niño afectado por el traumatismo de lalangue, se verá después como articula en el mejor de los casos, lo que de ese real indecible comienza a funcionar una y otra vez, con lo que de su novela vendrán a configurar el fantasma.

Ser padre, ser madre, su función, no debería borrar el lugar que ha de concernir a la posición sexuada de cada uno de ellos; si hay algo que Lacan aisló es que la père-version es aquella que hace que un padre se oriente hacia la mujer, como objeto causa de su deseo, y es en gran medida, lo que permitirá al niño construir con sus recursos un lugar posible; un sitio más salvaguardado, del fantasma materno.

La “parentalidad”, término que Marie-Hélène Brousse, designa como un neologismo de la civilización hipermoderna ; esto es, la tendencia de hoy en día por producir una simetría entre el padre y la madre, una similitud de las funciones en cuanto al orden familiar, anulando cualquier diferencia, un borramiento de la disparidad, donde la equivalencia es preconizada a gritos, y donde irrumpe para destruir la singularidad de las funciones; es entonces de fundamental importancia, cuando cabe preguntarse por el destino de ese parlêtre.

La “parentalidad” exige la presencia del niño, para hacer del él, el eje de las necesidades, organizando sus vidas entorno a él, y corriendo el riesgo de borrar el deseo como argumento central de toda filiación, y rechazando el resto de un real que asegure las diferencias.

Anular la disparidad de la relación y convertirla en “todo equivalente” es justamente lo opuesto a decir “no hay relación sexual”; ya que esta última se sustentaría en que las cosas no encajan, y es justamente por ello, que sería posible entonces para el niño, producir una respuesta amparado en aquello que no va. De lo contrario en esa “parentalidad” el niño objeto, sería tomado como eje de la relación.

Un ejemplo claro es el “niño tirano” que expone claramente su fijación a ese lugar de objeto. Un plus de goce en detrimento de una pérdida posible.

En esta lógica de “Unos dispersos”1, donde la relación solo se conecta a partir del objeto niño, la diferencia que atañe a lo simbólico no se ve.

Si la modernidad propicia “el ascenso al cenit el objeto a”, este niño nacido de la “parentalidad” moderna, podría ser un claro exponente de ello, porque excluye el valor fálico que vendría a sustituir la no relación.

Cuando esto ocurre, podríamos decir que si entonces hay discordia, ésta tomaría una forma feroz, donde nada del amor dejaría entreverse y la ausencia de una posible dialéctica de la falta tendría su plaza central. Es ahí donde el destino del niño podría erigirse en el objeto de la disputa y donde todo desacuerdo retornaría en su forma más descarnada; un real que operaría sobre la propiedad objeto niño.

Por el contrario, si hay pie para alojar un resquicio de la diferencia, esa diferencia entre los sexos, la discordia bajo la medida fálica daría la posibilidad de situar ese real de otra manera.

Sin dejar de hacer hincapié en la particularidad de cada caso, podríamos plantear la mejor salida de un niño como sintomática, en tanto ubicado en esa discordia entre los sexos.

Que algo pueda enunciarse de la verdad de la pareja parental, ahí donde no encaja, y dando lugar a la diferencia no es una mala cosa; porque de esa forma, haciendo circular lo simbólico, el ser que habita ese niño sujeto puede emerger.

Notas:

  1. Brousse, M-H., “Un neologismo de actualidad: la parentalidad” en Carretel 12, Bilbao 2014.

Referencias bibliográficas:

  1. Lacan, Jacques, El Seminario, Libro XIX: …o peor, Paidós 2012.
  2. Brousse, M-H, "Un neologismo de actualidad: la parentalidad" Carretel 12. Bilbao 2014.
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