El siglo XXI, la “era post-paterna”, es “la época del permiso para gozar”1.

Lacan lo adelantó en los años 70 al interpretar al padre y desvelar su castración mostrándolo en su impotencia y precariedad. El padre, y su prohibición del goce para implantar una ley del deseo posible, ya no tiene autoridad. Él no sabe qué es La mujer, no tiene la significación de ese goce.

En Aún Lacan dice: “El hombre, una mujer, dije la última vez, no son más que significantes. De allí, del decir en tanto encarnación distinta del sexo, toman su función. El Otro, en mi lenguaje, no puede ser entonces sino el Otro sexo. ¿Qué pasa con ese Otro?” ¿Qué hay de su posición respecto a ese retorno con que se realiza la relación sexual?”2.

El Otro no es la primacía de la relación S1-S2. Nombrarse hombre o mujer no da como resultado una identidad sexual. El sexo alienado al símbolo no sirve para nombrar ese goce que se presenta como “Otrificado” para uno mismo.

Pero como el Otro simbólico es el que nos permite ser seres hablantes, no podemos sino insistir en atrapar lo innombrable. La pluralización de los nombres y la multiplicación de semblantes son intentos de volverlo legible y que pueda tomar su función.

Así por ejemplo, los diferentes movimientos feministas, en su lucha por encontrar una salida al impase del patriarcado y pasar del padre a la mujer, buscan nuevos marcos discursivos y, por tanto, de lazo social.

Algunos, como el movimiento trans-feminista (transfem) aboga por desligar sexo y género ampliando el espectro de las nominaciones para alterar y transformar los códigos de la construcción simbólica hombre-mujer. En cuanto al sexo, están en contra de la biología determinista, es decir, de la anatomía como destino. Aunque la paradoja sea tratar de “dar forma anatómica” a ese sexo “otro” con el que no se ha nacido pero que sería el que nombrara el goce como identidad.

Otros, como el feminismo radical (radfem) propone, sin embargo, abolir el concepto de género, crear un espacio ni masculino ni femenino, es decir, cortar la relación entre el constructo de género y el goce sexual y así liberarse de la determinación sexual en lo social. Por tanto, se trata de abolir el género, ni hombres ni mujeres: personas.

Son movimientos, junto a otros, que tratan de dar significación a ese goce sin Otro que lo nombre y que el cuerpo no puede identificar. Que hay pero que no hace relación porque es asexuado.

Desde el psicoanálisis, sabemos que “el permiso para gozar no cambia nada la estructura del goce” porque “lo que entraña una grieta es el goce mismo (…) y no puede hallar redención alguna” “porque el goce mismo agujerea”3.

Pero “a causa de la forma, el individuo se presenta como fue parido, como un cuerpo. Un cuerpo se reproduce a través de una forma. El cuerpo hablante no puede llegar a reproducirse sino a través del error, es decir gracias a un malentendido de su goce”4.

Entonces, cuando Lacan habla del Otro sexo ¿sería el malentendido necesario para salir del régimen del goce Uno? ¿El sexo como índice del goce Uno que se dirige al Otro para intentar hacer relación y escapar de lo real?

Notas:

  1. Miller, J.-A., Un esfuerzo de poesía, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2016, p. 289.
  2. Lacan, J., Seminario XX, Aun, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1981, p. 52.
  3. Miller, J.-A., op. cit., p. 290.
  4. Lacan, J., Consideraciones sobre la histeria, Bruselas, 26 de febrero de 1977. Editorial Universidad de Granada, 2013.
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