En el complejo final de su escrito Pulsiones y destinos de pulsión, Freud introduce el tema del amor y el odio. “El caso del amor y del odio cobra un interés particular por la circunstancia de que es refractario a ordenarse dentro de nuestra exposición de las pulsiones. El vínculo más íntimo une estos dos sentimientos opuestos con la vida sexual; no podemos dudar de eso, pero naturalmente somos reacios a concebir el amar como si fuera una pulsión parcial de la sexualidad entre otras. Más bien querríamos discernir en el amar la expresión de la aspiración sexual como un todo, pero tampoco así aclaramos nada y no sabemos cómo habría de comprenderse un contrario material de esa aspiración.”

El embarazo es patente. Nada relaciona la pulsión con la pasión. Y sin embargo parece que la pasión, o mejor las pasiones del ser —en la medida en que son la fuerza que nos impulsa a ser, más que a existir, cuando éste no necesita para nada a aquél— trazan el camino que seguirá el objeto de la pulsión y que le lleva sin remedio a la pérdida. Freud se ve abocado a internarse en la realidad gramatical de las pasiones: amar, amarse, ser amado; odiar, odiarse, ser odiado; ignorar, ignorarse, ser ignorado. Luego, la pulsión, que es el rastro que deja el goce de los objetos, en nombre de cuatro, sigue sin remedio esa facilitación gramatical. Comer, comerse y ser comido es algo muy cercano al amor. Freud lo expresa así: “Etapas previas del amar se presentan como metas sexuales provisionales en el curso del complicado desarrollo de las pulsiones sexuales. Discernimos la primera de ellas en el incorporar o devorar, una modalidad del amor compatible con la supresión de la existencia del objeto como algo separado, y que por tanto puede denominarse ambivalente.” El deponer (para no decir cagar), deponerse y ser depuesto pueden parecer la pista del odio, pero ello nos obligaría a considerar el regalo como una muestra de la pasión de segregación. Los otros dos objetos, como indica Lacan, corresponden al deseo, y la represión del que surge está expresada en la dualidad con la que construyen su objeto respectivamente: ver y mirar, oír y escuchar. Entre mirar y ver se abre paso una sublimación artística: el espectador miró algo que el artista sólo vio. Entre escuchar y oír se sitúa el inconsciente como el daimon que nos atrapa, tal como Sócrates es objeto del suyo.

Y pues aquí entra Sócrates, veamos qué sucede con él en el banquete de Agatón. Cuando entra Alcibíades, conquistador y beodo, parece responder a la demanda de amor de Sócrates, si es cierto que, como dice Lacan, la voz interior que le daimonizaba era la del mayor granuja que conoció la Grecia antigua. ¿Cómo decir la verdad, Alcibíades, si no es renunciando al poder? Entre oír y escuchar debe haber algo, piensa Sócrates de pie, antes de tumbarse para el amor. No encuentra la solución y, por ello, histérico, se le revela el amor de cualquier otro: “¡Cuidado con Alcibíades, Agatón!” Alcibíades no oculta el odio que conlleva el amor. Este hombre, Sócrates, hizo que me avergonzase de mí mismo, con sus palabras que resuenan me cautivó el corazón, me sentí poseído, más que por un delirio coribántico. “Y muchas veces vería con agrado que ya no viviera entre los hombres.” Y ese hombre atraviesa la belleza de los muchachos y los penetra abriéndose él mismo en canal para que aparezcan los dioses de los que está relleno. Soporta la metáfora del amor sólo en las palabras, y no deja que se sublime en la penetración de los cuerpos. Ama la discordia más que la paz del orgasmo. Ama el saber más que la ignorancia. Ama el vacío más que el agujero.

-Muchas cosas para 3500 signos. ¿Son todos ellos de amor?

-No todos, pero casi.

-¿Pero el tema no era “La discordia entre los sexos"?

-¿No es lo mismo que la discordia del sexo?

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