Cada tanto los psicoanalistas recibimos el pedido de “hacer terapia de pareja”. El problema es el partenaire, pero también la pareja como otro, situada en un lugar tercero. La pareja es su síntoma y en tanto tal funcionó hasta el momento en que se decide a consultar. Frente a este pedido le decimos “venga” porque nos preguntamos ¿qué demanda lo sostiene? y si hay allí algo que apunte a un querer saber sobre lo vivo del goce presente en el amor.

Saber sobre el goce de su partenaire, suponer la existencia de un par especular en la pareja, querer restituir una supuesta armonía presente antes de la crisis, hacer consistir la idea de pareja como un ir a la par, volver a reencontrarse con un “no querer saber” radical conduce muchas veces al sujeto a la fantasía de que haciendo venir a su partenaire, y sosteniendo una conversación mediada por el analista, sería posible restituir un orden que los volvería a enlazar.

Pero ¿de qué orden se trata? o ¿existió ese orden alguna vez? El sujeto que consulta puede testimoniar de ese orden sostenido bajo una condición: “mirar permanentemente hacia otro lado”, asegurar la reproducción de sus objetos y estar a menudo fuera del circuito libidinal. Puede testimoniar de lo que anudó a esa pareja hasta ahora.

Es entonces, en el encuentro con un analista, donde en medio de ese amor superlativo e idealizado puede aparecer el odio como un despertar hacia el saber. Es un odio en relación a la pareja pero del que puede ser depositario el analista que invita y ofrece, esta vez, a hacer una experiencia en la cual ya no se pueda escapar de lo que nos dan a ver. Al menos no todo el tiempo. Esta es la vertiente donde quiero tomar el odioamoramiento en tanto Lacan1 lo sitúa como un relieve para ubicar la zona de la experiencia analítica. Es en tanto relieve que puede descartarse que podamos pensar en una configuración ambivalente donde se podría pasar del amor al odio como formando parte de una misma banda. No. Se trata más bien de algo que emerge, que plantea distintos niveles o partes que sobresalen de un modo u otro. De hecho Lacan2 más que pensar en una banda, piensa el odioamoramiento del lado del nudo borromeo. Si el odioamoramiento es la zona de nuestra experiencia es porque apuntamos, como señala Lacan a subvertir la pregunta por el saber: no se trata de quién sabe sino de qué sabe y además si el sujeto está dispuesto a “arriesgar su pellejo”3 dado que el saber vale lo que cuesta. Es decir que hay que ver si el sujeto está dispuesto a comprometerse en dicha experiencia.

En el Seminario 22 nos dice que la verdad primera del amor es el odioamoramiento: el amor se preocupa del bien-estar del otro pero hasta un cierto límite y dice que a partir de ese límite el amor se obstina, porque está lo Real en juego, en todo lo contrario del bien-estar del otro y afirma que es por eso que habla de odioamoramiento. Hay una oscilación: no se trata de algo que está en el límite sino que funciona por el límite que imprime el agujero.

Esa es nuestra oferta: al sujeto que pide una terapia de pareja le mostramos que podemos buscar en el psicoanálisis un amor que no sea simple destino, que no sea repetición. La repetición se refiere a la demanda del Otro a la que el sujeto apunta como objeto. Esa demanda del Otro, no está necesariamente en su pareja pero el sujeto todavía no lo sabe. ¿Querrá saberlo?

Notas:

  1. Lacan, Jacques, Seminario 20, Aún, (1989), Ed. Paidós, Bs. As., p.110.
  2. Lacan, Jacques, Seminario 22 R.S.I, (inédito). Clase del 15/4/1975.
  3. Op. cit. (1989), p. 117.
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