Asistimos desde hace tiempo a una cierta agitación, que muestra, progresivamente con menor pudor, un rechazo cargado de odio y un desprecio violento hacia los movimientos feministas e incluso hacia la generalidad de las mujeres.

Es cierto que el movimiento antifeminista no es reciente y podemos retrotraerlo, al menos, al siglo XIX, a la lucha contra el feminismo sufragista. También podemos encontrar una cierta continuidad, desde entonces, en muchos de los argumentos en contra de los movimientos feministas, basados numerosas veces en una suerte de “naturalismo”, apoyado en supuestos biológicos y antropológicos; pero el tono actual de esos ataques denota un odio inusitado hacia cualquier discurso feminista.

Podemos afirmar con Freud que en todo ser humano, independientemente de su sexo, se produce una “repudiación de la feminidad”1. Y esto es así porque, dice Lacan remitiendo el falo a la estructura del lenguaje, el falocentrismo está “enteramente condicionado por la intrusión del significante en el psiquismo del hombre”2. Dicho de otro modo, el ser hablante no quiere saber nada del goce femenino, que es otro nombre del rechazo a lo real sin ley. Este real, despojado del semblante fálico produce horror y repudio.

¿Podemos entender, por tanto, la agitación antifeminista actual como el correlato inevitable a la emergencia de la reivindicación de lo femenino? Si el ser hablante padece de un falocentrismo estructural es porque el falo no sólo posee ese valor de fascinación opuesto al horror ante el goce femenino como real sin ley. El falo cumple también una función importante frente a eso que Freud captó como “repudiación de la feminidad” y que termina presentándose actualmente en forma de violencia despreciativa hacia las feministas y las mujeres.

En un artículo de opinión la periodista y escritora Cathy Young3 afirmaba: “El motivo central del feminismo, aseguran sus defensoras, es la lucha por la igualdad. La etiqueta del odio a los hombres es producto o de la difamación o de un malentendido. Sin embargo, gran parte de la retórica feminista actual ha cruzado la línea que separa las críticas al sexismo de las críticas a los hombres”, y continúa: “Aún más, los ataques a los hombres no solo provocan la antipatía de muchos varones – y unas cuantas mujeres- sino que los empujan hacia subculturas en las que las reflexiones sobre el feminismo se mezclan con la hostilidad. […] Ridiculizar y criticar a los hombres no es la forma de mostrar que la revolución feminista es una lucha por la igualdad y que queremos contar con ellos”, y termina exhortando a los movimientos feministas: “el feminismo debe incluir a los hombres, no solo como aliados sino como socios, con una misma voz y una misma humanidad”.

Si prestamos crédito a C. Young, habría una cierta responsabilidad de los movimientos feministas en los efectos de hostilidad que producen, por haber “cruzado la línea”. Es decir, teniendo en cuenta la importancia del rechazo estructural hacia lo femenino de todo ser hablante que se organiza -cada vez menos, eso sí- en torno al orden fálico; no podemos dejar de reparar en el proceso de desprestigio actual de los semblantes tradicionales, que recubrían la no existencia de la relación sexual. ¿Qué efectos son esperables si derribamos esos semblantes?

El semblante se presenta como un velo, tejido de elementos simbólicos e imaginarios, cuya función sería envolver en su interior un real. En la relación entre los sexos recubriría el real insoportable de la no-relación sexual. Si estos semblantes caen, dejan esa no-relación sin un velo, y parece lógico pensar que muchos de los efectos descarnados a los que asistimos actualmente en la relación entre los sexos, participa, en buena medida, de esta caída.

Pero los semblantes cambian a lo largo del tiempo y las civilizaciones. El sujeto actual tendrá la tarea de inventar nuevos velos, más acordes a su tiempo, haciendo uso del tejido simbólico e imaginario que le preste su propia época.

Lacan Proponía en el Seminario “El Sinthome” prescindir del Nombre del Padre a condición de utilizarlo4. Esta propuesta de Lacan es también aplicable a cualquier semblante, no sólo al padre. Parafraseemos, en consecuencia, la propuesta de Lacan en lo relativo a la relación entre los sexos y vayamos más allá del semblante fálico a condición de servirnos de él.

Notas:

  1. Freud, S., “Análisis terminable e interminable”, Obras Completas, Tomo IX, Madrid, 1975, Biblioteca Nueva, p.3363.
  2. Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos II, Buenos Aires, 1987, Siglo XXI, p. 536.
  3. Young, C., Las feministas tratan mal a los hombres. El País, 2016, julio 15, p. 11.
  4. Lacan, J., El Seminario, Libro 23, El Sinthome, Buenos Aires, 2006, Paidós, p. 133.
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