La discordia entre los sexos, consustancial a la inexistencia de la relación sexual, no es atribuible a la contemporaneidad pero tiene manifestaciones contemporáneas, y es interesante rastrear estas manifestaciones en la cultura.

El hip hop es una música ubicua para las nuevas generaciones. Está caracterizada por una base repetitiva que puntúa la escansión de largas cadenas significantes, y es un modo de hacer del parlêtre para los jóvenes sujetos. Conviene recordar aquí lo que Lacan decía respecto a los poetas: “la única ventaja que un psicoanalista tiene derecho a sacar de su posición (…), es la de recordar con Freud que en su materia, el artista siempre lo precede”1.

En ese “esfuerzo de poesía”, como diría J.-A. Miller, que es el hip hop, veremos algunos de los semblantes que recubren las posiciones masculinas y femeninas actuales. No es un tema menor, tiene sus efectos. Recientemente se canceló un concierto de uno de estos populares artistas, C. Tangana, acusado de que sus letras eran machistas. Se generó así un debate político entorno a lo acertado o errado que esta decisión, produciendo una cierta división generacional y, secundariamente, poniendo otra cuestión en juego: la diferencia entre enunciado y enunciación, al preguntarse quién sostiene la enunciación en una obra musical. No es nuestra función hacer un juicio moral, pero sí señalar cuando se ha tocado un real.

El hip hop, como discurso contemporáneo, es un semblante del discurso del Amo. Las letras pueden girar entorno a un plus de goce en cuestiones como el dinero, del que constantemente se presume. También las mujeres aparecen repetidamente en el lugar del falo: son lo que se dice tener o lo que se desea arrebatar al Otro. Lo que intenta velar esta identificación al Amo es una verdad sobre la posición masculina: el Amo está castrado. La castración se vela en su vertiente imaginaria: con joyas y oro, con su brillo agalmático; en sus posiciones infladas, mascarada de ferocidad; o en los duelos verbales llamados “peleas de de gallos”. Todo ello remite al mundo animal (el plumaje, el gesto, el pecho henchido, el ocelo amenazante), del que Lacan tomó el concepto de semblante: ese dado a ver, imaginario y simbólico, propio del cortejo y de la lucha de los machos.

Sí, tiene este semblante una consistencia imaginaria, pero también un entramado simbólico. Quiero pararme así en un significante habitual en estas letras que cristaliza la discordia entre los sexos. Un S1 que se repite una y otra vez. Esta palabra, muleta iterativa de este estilo musical, es “bitch/puta”. Lejos de ser un significante que remite a un solo significado, el más conocido y peyorativo, sirve para nombrar un goce. Tanto es así que produce inversiones simbólicas interesantes, como cuando el rapero masculino abandona ese semblante fálico para nombrarse a sí mismo como “bitch”, puta, si se siente esclavo de la industria. De este modo, revela su condición de castrado, se pasiviza, y, en una suerte de histerización dialéctica, reconoce a su auténtico Amo. Como Lacan advierte “la palabra nunca tiene un único sentido ni el vocablo un único empleo. Toda palabra tiene siempre un más allá”2.

Este fenómeno tiene su reverso: el de la rapera mujer que acoge dicho significante como propio y se identifica orgullosamente con él. Un hacer con el significante que tan característicamente ha hecho el colectivo LGBTI. De este modo, ese “puta” de connotaciones machistas y peyorativas se toma como un semblante femenino emancipador. Pierde así parte de su poder mortificante, al ser usado para nombrar el Otro goce. Es un significante tomado del Otro, sí, pero se anuda a nuevas significaciones. ¿Puede darse por válida esta operación? ¿Se convierte entonces “puta/bitch” en un significante que permite nombrar algo del goce femenino? ¿O se trata de una mascarada con un significante al servicio del Amo?

Más allá de cualquier juicio moral o estético que no nos corresponde, conviene localizar estos significantes contemporáneos entorno a los cuales orbita la discordia. Solo en un análisis, bajo transferencia, podría saberse que real toca para cada uno.

Para acabar, tomo una frase de una canción de dos jóvenes raperos, Yung Beef y La Zowi, que practican un subgénero llamado trap, que da cuenta de los goces contemporáneos:

“No hay na' imposible menos lo nuestro”

La suya, una relación marcada por la infidelidad, las drogas, un hijo en común y la imposibilidad de hacer del otro un partenaire, testimonia con una frase aquello que nos ocupa: la no-relación sexual.

Notas:

  1. Lacan, J. Homenaje a Marguerite Duras. 1965.
  2. Lacan, J. El Seminario. Libro 1, Los escritos técnicos de Freud. Buenos Aires, Ed. Paidós. 2012. Pg. 351.
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