Citas: J. Lacan

Seminario 17

 

El saber es el goce del Otro (…). Del Otro por supuesto – puesto que no hay ningún Otro – la intervención del significante lo hace surgir como campo.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 13.

 

Popularmente la idea de instinto es la idea de un saber (…) [cuyo] resultado es que la vida subsiste. Por el contrario, si damos un sentido a lo que Freud enuncia del principio del placer como esencial para el funcionamiento de la vida, si consiste en el mantenimiento de la tensión más baja, ¿no supone esto ya decir lo que la continuación de su discurso demuestra que se le impone? O sea la pulsión de muerte.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 14.

 

La pérdida del objeto es también la hiancia, el agujero que se abre a algo que no se sabe si es la representación de la falta de goce (…) aquí no se trata de sino más bien de irrupción, una caída en el campo de algo que es del orden del goce - un sobrante.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 18.

 

Lo que la histérica quiere (…) que se sepa es que el lenguaje no alcanza a dar amplitud de lo que ella, como mujer, puede desplegar con respecto al goce. Pero lo que importa a la histérica no es esto. Lo que le importa, es que el otro que se llama hombre sepa en qué objeto precioso se convierte ella en este contexto de discurso.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 35.

 

Cuando el significante se introduce como aparato de goce, no tenemos pues que sorprendernos al ver aparecer algo que tiene relación con la entropía.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 51.

 

El rodeo, el trayecto zigzagueante que es la base del malentendido que constituyen, en la experiencia humana, las relaciones sexuales (…) El significante no está hecho para las relaciones sexuales.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 34.

 

No es casualidad si las mujeres están menos encerradas que sus partenaires en el ciclo de los discursos. El hombre, el macho, lo viril tal como lo conocemos, es una creación de discurso (…) No puede decirse lo mismo de la mujer. Sin embargo el diálogo solo es posible situándose en el discurso.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 58.

 

El ‘Tú me pegas’ es esa mitad del sujeto, es la fórmula que constituye su vínculo con el goce. Sin duda, recibe su mensaje de forma invertida - aquí esto significa su propio goce bajo la forma del goce del Otro”.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 69.

 

Este es el mérito del discurso de Freud. Él sí está a la altura. Está a la altura de un discurso que se mantiene lo más cerca posible de lo que se relaciona con el goce (…). Evidentemente Freud, a veces, nos abandona, se escabulle. Abandona la cuestión cuando se aproxima al goce femenino.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 71.

 

Cuando veo que se dice que el mayor orgasmo, que sería el de la mujer, resulta de la personalidad total, me pregunto cómo puede captar la susodicha personalidad total un aparato cinematográfico que recoge imágenes en color situado en el interior de un apéndice que representa al pene y que capta desde dentro lo que pasa en la pared que, una vez introducido, lo envuelve.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p.

76.

Por eso, lo que interesa en la investigación analítica es saber de qué manera, para suplir el goce fálico prohibido, se aporta alguna cosa cuyo origen hemos definido con algo muy distinto que el goce fálico, con el goce situado y, si puede decirse así, cuadriculado, por la función del plus de goce.

Esta repartición de los seres vivos en dos clases, con todo lo que comporta, como es perceptible, a saber, muy probablemente la irrupción de la muerte, porque los otros, los que no están sexuados, no tienen tanto aspecto de morirse.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 79.

 

El papel de la madre es el deseo de la madre, esto es capital. El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, que pueda resultarles indiferente. Siempre produce estragos. Es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe que mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el deseo de a madre. (…) hay un palo, de piedra por supuesto, que está ahí, en potencia, en la boca, y eso la contiene, la traba.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 118.

 

La castración es la operación real introducida por la incidencia del significante, sea el que sea, en la relación del sexo. (...) se trata ahora de saber qué quiere decir esta castración, que no es un fantasma, y de la que resulta que solo hay causa de deseo como producto de tal operación y que el fantasma domina toda la realidad del deseo, es decir, la ley.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 136.

 

Freud partió de ahí (…) y lo que permanece en el centro (…) es la pregunta ¿qué quiere una mujer?

Una mujer. No cualquiera. Solo plantear la pregunta quiere decir que quiere alguna cosa. Freud no dijo ¿Qué quiere la mujer? Porque la mujer, después de todo, nada indica que quiera algo, sea lo que sea.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 137.

 

Por lo que se refiere a la insubstancia femenina, yo llegaría hasta la parousía. Y en cuanto a los pequeños objetos a minúscula que se encontrarán al salir, ahí sobre el asfalto en cada rincón de la calle, tras los cristales de cada escaparate, esa profusión de objetos hechos para causar su deseo, en la medida en que ahora es la ciencia quién lo gobierna, piénsenlos como letosas (...). Si el hombre hubiera practicado menos la mediación de Dios para creer que se une con la mujer, tal vez hace tiempo que habría encontrado esta palabra, letosa.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 174.

 

Lo real, si lo real se define por lo imposible, se sitúa en la etapa donde el registro de una articulación simbólica se encuentra definido como imposible de demostrar. Esto es lo que puede servirnos para medir nuestro amor de la verdad, y también hace palpable por qué gobernar, educar, analizar y, por qué no, hacer desear, para completar con una definición lo que sería el discurso de la histérica, son operaciones, propiamente hablando, imposibles.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, pp. 186-187.

 

Puede decirse que el goce está limitado por procesos naturales (…) natural o no, si se puede hablar de goce es como algo vinculado a la entrada en juego del significante (...) el goce es exactamente correlativo de la forma primera en que entra en juego lo que llamo la marca, el rasgo unario, que es marca para la muerte (…). En la medida en que el lenguaje, todo lo que instaura el orden del discurso, deja las cosas en una hiancia, podemos, en suma, estar seguros de que siguiendo su hilo nunca haremos otra cosa que trazar su contorno.

J. Lacan, El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 191.

 

 

 

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