Citas: J. Lacan

Seminario 20

 

Pero el ser es el goce del cuerpo como tal, es decir como asexuado, ya que lo que se llama el goce sexual está marcado, dominado, por la imposibilidad de establecer como tal, en ninguna parte en lo enunciable, ese único Uno que nos interesa, el Uno de la relación proporción sexual.

Lo demuestra el discurso analítico, en aquello de que a uno de esos seres como sexuado, al hombre en cuanto provisto del órgano al que se le dice fálico –dije al que se le dice– el sexo corporal, el sexo de la mujer – dije de la mujer, cuando justamente no hay la mujer, la mujer no toda es – el sexo de la mujer no le dice nada, a no ser por intermedio del goce del cuerpo.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, pp. 14-15.

 

El discurso analítico demuestra –permítaseme decirlo en esta forma– que el falo es la objeción de conciencia que hace uno de los dos seres sexuados al servicio que tiene que rendir al otro. (…) Que todo gira en torno al goce fálico, de ello da fe la experiencia analítica, y precisamente porque la mujer se define con una posición que señalé como el no todo en lo que respecta al goce fálico.

Llegaría más lejos todavía: el goce fálico es el obstáculo por el cual el hombre no llega, diría yo, a gozar del cuerpo de la mujer, precisamente porque de lo que goza es del goce del órgano.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 15.

 

¿Acaso no se ve que lo esencial en el mito femenino de Don Juan es que las posee una por una?

Eso es el otro sexo, el sexo masculino, para las mujeres. En esto la imagen de Don Juan es muy importante.

Desde el momento en que hay nombres, se puede hacer una lista de las mujeres, y contarlas. Si hay mille e tre es porque puede poseérselas una por una, que es lo esencial. Y es algo muy distinto al Uno de la fusión universal. Si la mujer no fuese no-toda, ni en su cuerpo no fuese no-toda como ser sexuado, nada de esto se sostendría.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 18.

 

Lo que no es signo de amor es el goce del Otro, el del Otro sexo y, comentaba yo, el del cuerpo que lo simboliza.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 26.

 

Gozar tiene la propiedad fundamental de que sea, en suma, el cuerpo de uno el que goza de una parte del cuerpo del Otro. Pero esa parte goza también, lo que place al Otro más o menos, pero el hecho es que no lo deja indiferente.

Hasta puede producirse algo que sobrepasa lo que acabo de describir, y que está marcado por toda la ambigüedad significante, porque el gozar del cuerpo posee un genitivo que tiene esa nota sadiana sobre la que puse un toque o, por el contrario, una nota estática, subjetiva, que dice que, en suma, es el Otro quien goza.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, p. 33.

 

(…) el goce de la mujer se apoya en un suplir ese no-toda. Para este goce de ser no-toda, es decir, que la hace en alguna parte ausente de sí misma, ausente en tanto sujeto, la mujer encontrará el tapón de ese a que será su hijo.

Por el lado de la x, es decir, de lo que sería el hombre si pudiese escribirse la relación sexual de manera sustentable, sustentable en un discurso, el hombre no es más que un significante porque allí donde entra en juego como significante, no entra sino quo ad castrationem, es decir, en cuanto relacionado con el goce fálico.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 47.

 

La primera vez (…) enuncié que el goce del Otro, que dije estar simbolizado por el cuerpo, no es signo de amor.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 51.

 

El Otro, en mi lenguaje, no pude ser entonces sino el Otro sexo.

¿Qué pasa con ese Otro? ¿Qué hay de su posición respecto a ese retorno con que se realiza la relación sexual, o sea, un goce, que el discurso analítico ha precipitado como función del falo cuyo enigma se mantiene intacto puesto que solo se articula con hechos de ausencia?

Sin embargo, ¿quiere esto decir que se trata, como se creyó apresuradamente poder traducirlo, del significante lo que falta en el significante? Este año tendré que poner punto final a todo eso, y del falo decir cuál es, en el discurso analítico, su función. Diré por lo pronto que la función de la barra, que traje a colación la vez pasada, no deja de estar relacionada con el falo.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 52.

 

Todas las necesidades del ser que habla están contaminadas por el hecho de estar implicadas en otra satisfacción –subráyese estas palabras– a la cual pueden faltar.

(…) esta primera frase implica la oposición de otra satisfacción y de las necesidades –si es que este término, cuyo recurso es común, puede captarse así no más, ya que, después de todo, solo se capta al faltar en esa otra satisfacción.

La otra satisfacción, entiéndase, es lo que se satisface a nivel del inconsciente, y en tanto ahí algo se dice y no se dice, si es verdad que está estructurado como un lenguaje.

Retomo aquí aquello a lo que me he estado refiriendo desde hace rato, a saber, el goce del que depende esa otra satisfacción cuyo soporte es el lenguaje.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 65.

 

Es sabido que era algo que circulaba, que había volúmenes de Aristóteles. Eso es lo que nos desconcierta, y precisamente por lo siguiente: la pregunta ¿en qué los satisfacía eso? no puede traducirse sino de esta manera: ¿En qué habría habido falta respecto a cierto goce? (…)

Oyeron bien: falta, defecto, algo que no anda, algo que desbarra respecto a lo que está manifiestamente en la mira, y luego la cosa comienza así de inmediato: el bien, la felicidad. ¿Bi? ¿Bien? Bien bobo.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 69.

 

El universo –y ahora después de todo podrán darse cuenta debido al modo cómo acentué el uso de ciertas palabras, el todo y el no-todo, y su distinta aplicación en los dos sexos– el universo está allí donde, por el decir, todo se logra bien.

¿Acaso le sigo los pasos a William James? ¿Qué es lo que se logra? Puedo darles la respuesta, en el punto en que, con el tiempo, espero haberlos hecho alcanzar: se logra hacer fallar la relación sexual, a lo macho.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 71.

 

(...) Ajá, ya está atrapado, conque dos maneras de hacer fallar el asunto, la relación sexual. Así se modula la música del epitalamio. El epitalamio, el dúo –hay que distinguirlos– la alternancia, la carta de amor, no son la relación sexual. Le dan vueltas al hecho de que no hay relación sexual.

Hay la manera a lo macho de darle vueltas, y luego la otra, que no designo de otra manera porque la estoy elaborando este año: cómo se elabora eso a lo hembra. Se elabora con el no-todo.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 72.

 

(…) que había una manera de fallar la relación sexual macha, y luego, que había otra. Esta falla es la única forma de realización de esta relación, si, como lo postulo, no hay relación sexual. Entonces decir todo se logra no impide decir no-todo se logra, porque es de la misma manera: eso falla. No se trata de analizar cómo se logra, sino de repetir hasta la saciedad por qué falla. Falla. Es algo objetivo (...) El fallar es el objeto. (...) El objeto es una falla. La esencia del objeto es el fallar.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 73.

 

(…) las viejas palabras, las que ya sirven, hay que pensar para qué sirven. (...) Se sabe para qué sirven: para que haya el goce que falta. Solo que –y aquí juega el equívoco– el goce que falta debe traducirse el goce que hace falta que no haya. (…) Lo necesario –lo que les propongo acentuar con ese modo– es lo que no cesa, ¿de qué? –de escribirse. (…) Lo de no cesa de no escribirse es una categoría modal que no es lo que hubieran esperado oponer a lo necesario, que hubiera sido más bien lo contingente. Imaginen que lo necesario está conjugado con lo imposible, y que ese no cesa de no escribirse es su articulación. Se produce el goce que haría falta que no fuese. Es el correlato de que no haya relación sexual, y es lo sustancial de la función fálica. (…) Del goce, entonces, cómo expresar lo que haría falta que no respecto a él si no por lo siguiente: si hubiese otro goce que el fálico, haría falta que no fuese ese.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 74.

 

Si hubiese otro, haría falta que no fuese ese. ¿Qué designa el ese? ¿Designa lo que, en la frase, es el otro, o aquel del cual partimos para designar a ese otro como otro? Lo que aquí digo se sustenta a nivel de la implicación material porque la primera parte designa algo falso –Si hubiese otro, pero no hay sino el goce fálico– a no ser por el que la mujer calla, tal vez porque no lo conoce, el que la hace no-toda. Es falso que haya otro, lo cual no impide que sea verdad lo que sigue, a saber, que haría falta que no fuese ese.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 75.

 

En suma, ese goce, si le sobreviene al que habla, y no por nada, es porque es un pequeño prematuro. Tiene algo que ver con esa famosa relación sexual respecto a la cual le sobrarán ocasiones de percatarse de que no existe. (…) Dicho goce es reprimido porque no conviene que sea dicho, y ello justamente porque decirlo no puede ser más que esto: como goce, no conviene. (...) no es el que falta sino el que hace falta que no.

La represión solo se produce por atestar en todos los decires, en el menor decir, lo que implica el decir que el goce no conviene –non decet– a la relación sexual. Porque habla, dicho goce, la relación sexual no es. Por eso es mejor que calle, lo cual vuelve un poco más pesada la ausencia misma de relación sexual. Y por eso, a fin de cuentas, no calla y el primer efecto es que habla de otra cosa. Es el principio de la metáfora.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 76.

 

(...) el goce se refiere centralmente al que hace falta que no, al que haría falta que no para que haya relación sexual, y permanece todo entero apegado a él. (...) lo que la experiencia analítica nos permite discernir, al menos de un lado de la identificación sexual, del lado macho, como el objeto, objeto que se pone en el lugar de lo que del Otro, no es posible percibir. En la medida en que el objeto a desempeña en alguna parte –y desde una partida, de una sola, la del macho– el papel de lo que ocupa el lugar de la pareja que falta, se constituye lo que solemos ver surgir también en lugar de lo real, a saber, el fantasma. (…) del lado de la mujer –pero marquen ese la con la barra oblicua con que designo lo que debe tacharse– del lado de La mujer, está en juego otra cosa, y no el objeto a, en lo que viene a suplir esa relación sexual que no es.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 78.

 

Otra satisfacción es la que responde al goce que justo hacía falta, justo para que eso suceda entre lo que, abreviando, llamaré el hombre y la mujer. Es decir la satisfacción que responde al goce fálico.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 79.

 

(…) hay que partir de que ese Hay Uno ha de tomarse por el acento puesto sobre el Uno solito. Allí se capta el nervio de lo que nos vemos forzados a llamar por el nombre con que la cosa retumbó a lo largo de los siglos, a saber, al amor.

En el análisis no nos las vemos más que con eso, y no es por otra vía por donde opera. Vía singular por ser la única que permitió despejar (…) la transferencia, en cuanto no distinguible del amor, mediante la fórmula del supuesto sujeto saber.

No puedo dejar de marcar la nueva resonancia que puede cobrar para ustedes ese término de saber. A aquel a quien supongo el saber, lo amo.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 83.

 

Lo que se nos ofrece para que lo leamos de lo que por el lenguaje existe, o sea, lo que viene a tramarse como efecto de su erosión –es así como defino lo escrito– no puede desconocerse. Así, sería desdeñoso el no hacerse eco al menos de lo que, en el curso del tiempo, se ha elaborado sobre el amor, por parte de un pensamiento que se llamó a sí mismo –impropiamente, hay que decirlo– filosófico. (...) por el lado de la filosofía, el amor de Dios ocupó un lugar de cierta importancia. Es un hecho masivo que el discurso analítico no puede dejar de tener en cuenta, al menos lateralmente.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 84.

 

No rehusé (...) referirme al amor cortés. ¿Qué es? Es una manera muy refinada de suplir la ausencia de relación sexual fingiendo que somos nosotros los que la obstaculizamos. Es verdaderamente lo más formidable que se haya intentado. (…) El amor cortés es para el hombre, cuya dama era enteramente, en el sentido más servil, su súbdita, la única manera de salir airosos de la ausencia de relación sexual.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 85.

 

Lo que busca Aristóteles, y esto abrió camino a todo lo que luego acarreó tras sí, es qué es el goce del ser. Santo Tomás no tendrá luego ninguna dificultad para forjar la teoría física del amor como la llama el padre Rousselot, del cual les hablé la última vez, que es que, después de todo, el primer ser del que tenemos ciertamente la sensación es nuestro ser; y todo lo que es para bien de nuestro ser será, por ello, goce del Ser Supremo, es decir, de Dios. (…) El ser que opongo a esto es el ser de la significancia. Y no veo en qué desmerece de los ideales del materialismo (...) el reconocer la razón del ser de la significancia en el goce, el goce del cuerpo. (…) Ahora, el goce del cuerpo, si no hay relación sexual, habría que ver de qué puede servir.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 87.

 

Por ser su goce radicalmente Otro, la mujer tiene mucha más relación con Dios que todo cuanto pudo decirse en la especulación antigua siguiendo la vía de lo que manifiestamente solo se articula como el bien del hombre.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 100.

 

En efecto, lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar de amor. Y ¿cómo no percatarse de que, con todo lo que puede articularse desde el descubrimiento del discurso científico, ello es, pura y simplemente, perder el tiempo? El aporte del discurso analítico es que hablar de amor es en sí un goce, y quizá, después de todo, esa es tal vez la razón de que emergiese en un punto dado del discurso científico.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 101.

 

Se puede cuestionar la existencia del alma, y sería el término propio para preguntarse si no será un efecto de amor. En efecto, mientras el alma alme el alma, no hay sexo en el asunto. El sexo aquí no cuenta. La elaboración de la que resulta es homosexual como puede leerse claramente en la historia.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 102.

 

Pero sucede que también las mujeres están enalmoradas, es decir, alman el alma. Pero esa alma que aman en su pareja, homo hasta la empuñadura sin embargo, y de la que no se zafarán ¿qué será a la postre? En efecto, eso solo puede conducirlas a ese término último, (...) la histeria, que es hacer de hombre, y ser por tanto también ella homosexual o fuerasexo.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 103.

 

Lo que se vio, aunque solo por el lado del hombre, es que tiene que vérselas con el objeto a, y que toda su realización respecto a la relación sexual desemboca en el fantasma. Desde luego, esto se vio en los neuróticos. ¿Cómo hacen el amor los neuróticos? Se partió de ahí. Fue imposible dejar de percibir la correlación que había con las perversiones, y esto viene a apoyar mi a, porque la a está allí como causa, sean cuales fueren dichas perversiones. (…) Freud primero se las atribuyó a la mujer (…). Esto de veras confirma que, cuando uno es hombre, ve en su pareja lo que uno mismo usa como soporte, como soporte narcisista.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 105.

 

(…) el asunto es que el amor es imposible, que la relación sexual se abisma en el sin-sentido, cosas que en nada disminuyen el interés que debemos tener por el Otro.

En efecto, el asunto es saber, en lo que constituye el goce de la mujer en tanto el hombre no la ocupa por entero, y hasta diría que como tal no se ocupa de él en modo alguno, el asunto es saber qué hay de su saber.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 106.

 

La mujer, dije, solo puede amar en el hombre el modo que tiene de encararse al saber con que alma. Pero para el saber en cuestión aquí, la pregunta parte de que hay algo, el goce, y de que no es posible decir si la mujer puede decir algo de él: si puede decir lo que de él sabe. (…) si puede hacerse la pregunta de lo que sabe la mujer. No es otra cosa que preguntar si ese término del que ella goza más allá de todo ese jugar que conforma su relación con el hombre, y que llamo el Otro significándolo con una A, si él, ese término, sabe algo. Porque en esto, ella, la mujer, está sujeta al Otro tanto como el hombre. ¿Sabrá el Otro?

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 107.

 

Mientras más se preste el hombre a que la mujer lo confunda con Dios, o sea, con lo que ella goza, menos odia (hait), menos es (est) –las dos ortografías– y como no hay, después de todo, amor sin odio, menos ama.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 108.

 

(…) odioamoramiento es el relieve que el psicoanálisis supo introducir para situar la zona de su experiencia.

(...) Dios debe ser el más ignorante de todos los seres, porque no conoce el odio. La cuestión del amor se liga así a la del saber. Añadía yo que los cristianos transformaron este no odio de Dios en una señal de amor. Y aquí el análisis nos incita a recordar que no se conoce amor sin odio.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 110.

 

(…) el goce es un límite. (...) el goce solo se interpela, se evoca, acosa o elabora a partir de un semblante.

El amor mismo (…) se dirige al semblante. Y, si es cierto que el Otro solo se alcanza juntándose con el a, causa del deseo, igual se dirige al semblante de ser. Nada no es ese ser. Está supuesto a ese objeto que es el a.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 112.

 

(...) si la libido solo es masculina, nuestra querida mujer, solo desde donde es toda, es decir, desde donde la ve el hombre, solo desde ahí puede tener un inconsciente.

¿Y de qué le sirve? Le sirve, como es bien sabido, para hacer hablar al ser que habla, que se reduce aquí al hombre, o sea (…) para no existir más que como madre.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 119.

 

Que el ser como tal provoque el odio, no está excluido. (…) ¿No se hace así patente que es mucho mejor que l´être-hair, que ser-odiarlo, y que, dado el caso, es mucho mejor le trahir, traicionarlo (...)?

Estamos tan sofocados por esto del odio que nadie se percata de que un odio, un odio consistente, es algo que se dirige al ser, al ser mismo de alguien que no tiene por qué ser Dios.

No se pasa –y por eso mismo he dicho que el a es semblante de ser– de la noción (…) de odio celoso, el que salta del celosgoce (jalouissance), el que saltaimagina (s`imageaillisse) con la mirada de San Agustín que lo observa, criatura.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, pp. 120-121.

 

No sé cómo hacer, por qué no decirlo, con la verdad, ni con la mujer. Dije que una y otra, al menos para el hombre, son la misma cosa. Son el mismo aprieto.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 145.

 

(…) sino antes bien ese idealismo que es de la incumbencia de lo imposible de inscribir la relación sexual entre dos cuerpos de sexo diferente.

Ahí está la abertura por la cual el mundo es el que viene a hacer de nosotros su pareja. Es el cuerpo que habla en tanto que no logra reproducirse sino gracias a un malentendido de su goce. Lo cual es decir que no se reproduce sino errando lo que quiere decir, pues lo que quiere decir– a saber, como bien dice el castellano, su sentido –es goce efectivo. Y errándolo es como se reproduce, es decir, jodiendo. (…) Pero lo verdadero es que la pareja del otro sexo sigue siendo el Otro.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 146.

 

Por eso, en toda relación del hombre con una mujer –la mujer en cuestión–, esta ha de tomarse desde el ángulo de la Una-en-menos.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 155.

 

Lo que se escribe, en suma, ¿qué podría ser? Las condiciones del goce. Y lo que se cuenta, ¿qué podrá ser? Los residuos del goce. Pues este a-sexuado, ¿no es acaso enlazándolo con lo que ella tiene de plus-de-goce, por ser el Otro –por solo poder ser dicha Otra–, como la mujer lo ofrece al hombre bajo la especie del objeto a?

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 157.

 

No hay relación sexual porque el goce del Otro considerado como cuerpo es siempre inadecuado –perverso, por un lado, en tanto que el Otro se reduce al objeto a– y por el otro, diría, loco, enigmático. ¿No es acaso con el enfrentamiento a este impase a esta posibilidad con la que se define algo real, como se pone a prueba el amor? De la pareja, el amor solo puede realizar lo que llamé, usando de cierta poesía, para que me entendieran, valentía ante fatal destino.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 174.

 

Todo amor encuentra su soporte en cierta relación entre dos saberes inconscientes.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 174.

 

Todo amor, por no subsistir sino con el cesa de no escribirse, tiende a desplazar la negación al no cesa de escribirse, no cesa, no cesará.

Tal el sustituto que –por vía de la existencia del inconsciente, y no de la relación sexual, que son distintas– hace el destino y también el drama del amor.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 175.

 

El más grande amor acaba en el odio.

J. Lacan, El Seminario, libro 20: Aun, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 176.

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