Citas: J. Lacan

Seminario 18

 

Para el muchacho, se trata en la adultez de hacer de hombre (…). Uno de los correlatos esenciales de este hacer de hombre es dar signos a la muchacha de que se lo es. Para decirlo todo, estamos ubicados de entrada en la dimensión del semblante.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 31.

 

Es verdad que el comportamiento sexual humano encuentra cómodamente referencias en el cortejo tal como este se define a nivel animal. Es verdad que el comportamiento sexual humano consiste en cierta conservación de este semblante animal. La única diferencia es que este semblante se vehicula en un discurso, y que en este nivel de discurso –y solo en este– es llevado hacia, permítanme, algún efecto que no fuera del semblante. De aquí que, en lugar de tener la exquisita cortesía animal, ocurre que los hombres violan a las mujeres o inversamente.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 31.

 

El plus-de-gozar solo se normaliza por una relación que se establece con el goce sexual, teniendo en cuenta que este goce no se formula, no se articula más que por el falo, en la medida en que es su significante (…). El falo es propiamente el goce sexual por cuanto está coordinado con un semblante, es solidario de un semblante.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 33.

 

La identificación sexual no consiste en creerse hombre o mujer, sino en tener en cuenta que hay mujeres, para el muchacho, que hay hombres, para la muchacha (…) Para los hombres, la muchacha es el falo, y es lo que los castra. Para las mujeres, el muchacho es la misma cosa, el falo, y esto es lo que las castra también porque ellas solo consiguen un pene, y que es fallido.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 33.

 

Para el hombre, en esta relación la mujer es precisamente la hora de la verdad. Con respecto al goce sexual, la mujer está en posición de señalar la equivalencia entre el goce y el semblante. En esto yace la distancia a la que el hombre se encuentra de ella. Si hablé de hora de la verdad es porque es esa a la que toda la formación del hombre está hecha para responder, manteniendo contra viento y marea el estatuto de su semblante. Ciertamente es más fácil para el hombre enfrentar cualquier enemigo en el plano de la rivalidad que enfrentar a la mujer, por cuanto ella es el soporte de esta verdad, el soporte del hecho de que hay semblante en la relación del hombre con la mujer.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, pp. 33-34.

 

Que para el hombre el semblante sea aquí el goce indica suficientemente que el goce es semblante. Por estar en la intersección de estos dos goces, el hombre padece al máximo el malestar de esa relación que designamos como sexual.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 34.

 

Pero que la mujer sea la verdad del hombre (...) el busquen a la mujer podría ser algo muy distinto, a saber, que para obtener la verdad de un hombre, se haría bien sabiendo cuál es su mujer (…). Para pesar a una persona, nada como pesar a su mujer.

Cuando se trata de una mujer, no es lo mismo, porque la mujer tiene una gran libertad con respecto al semblante. Ella llegará a dar peso incluso a un hombre que no tiene ninguno.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 34.

 

La función llamada del falo (…) vuelve en lo sucesivo insostenible la bipolaridad sexual, e insostenible de una manera que volatiliza literalmente lo que ocurre con lo que puede escribirse de esta relación.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 62.

 

El falo es el órgano en la medida en que es, e.s. –se trata del ser–, en la medida en que es el goce femenino.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 63.

 

Propongo (…) plantear que el lenguaje tiene reservado su campo en el hiato de la relación sexual tal como lo deja abierto el falo. Lo que este introduce allí no son dos términos que se definen como macho y hembra, sino esa elección entre (…) el ser y el tener.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 63.

 

Lo que muestra el mito del goce de todas las mujeres es que no hay todas las mujeres. No hay universal de la mujer.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 64.

 

La mujer no existe. Que ella exista es un sueño de mujer, y es el sueño de donde salió Don Juan. Si hubiera un hombre para quien La mujer existe, sería una maravilla, se estaría seguro de su deseo. Es una elucubración femenina. Para que un hombre encuentre su mujer, ¿qué otra cosa sino la fórmula romántica –era fatal, estaba escrito?

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 69.

 

El mito escrito, Tótem y tabú, está hecho exactamente para indicarnos que es impensable decir La mujer. ¿Por qué es impensable? Porque no puede decirse todas las mujeres (…) porque esto solo se introduce en este mito en nombre de que el padre posee a todas las mujeres, lo que es manifiestamente el signo de una imposibilidad.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, pp. 98-99.

 

Lo que Freud demuestra, lo que aportó de decisivo es que, por medio del inconsciente, vislumbramos que todo lo que atañe al lenguaje tiene que ver con el sexo, está en cierta relación con el sexo, pero especialmente en el hecho de que la relación sexual no puede (…) inscribirse de ninguna manera.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 121.

 

El hombre es función fálica en la medida en que es todo hombre. Pero, como saben, las más grandes dudas recaen sobre el hecho de que el todo hombre exista. Esa es la apuesta – solo puede serlo como todohombre, es decir, como significante, nada más.

Para la mujer, en cambio, la apuesta es exactamente lo contrario (…). La mujer no puede ocupar su lugar en la relación sexual, no puede serlo más que como una mujer. Como acentué fuertemente, no hay toda mujer.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 131.

 

 

Sin duda, la histérica articula que, en lo que respecta a hacer de todohombre, ella es tan capaz como el todohombre mismo, a saber, mediante la imaginación. Por eso no lo necesita. Y si, gracias al progreso del tratamiento analítico, por azar le interesa el falo –a saber, eso de lo que ella se considera castrada–, puede prescindir de aquel, porque no hay que creer que no tenga ese goce de su lado. Si por casualidad le interesa la relación sexual, es preciso que se interese en ese tercer elemento, el falo. Y como ella solo puede interesarse en él en relación con el hombre, en la medida en que no es seguro que haya uno siquiera, toda su política girará hacia lo que llamo tener al menos uno.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 132.

 

Entenderse como hombre, como mujer, lo que querría decir sexualmente, ¿el hombre y la mujer no se entenderían así más que callándose? No se trata siquiera de eso, porque el hombre, la mujer, no necesitan en absoluto hablar para estar atrapados en un discurso. En tanto tales (…) son hechos de discurso.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 135.

 

La histérica (…) conjuga la verdad de su goce con el saber implacable que ella posee de que el Otro apto para causarlo es el falo, es decir, un semblante.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 142.

 

La histérica no es una mujer. Se trata de saber si el psicoanálisis tal como lo defino da acceso a una mujer.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 144.

 

Se deduce de ello que la histérica se sitúa por introducir el nomásdeuno a partir del que se instituye cada una de las mujeres, por la vía del no de toda mujer puede decirse que ella sea función del falo. Que sea de toda mujer es lo que constituye su deseo, y explica que este deseo se sostenga por ser insatisfecho.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, pp. 145-146.

 

En suma, el edipo tiene la ventaja de mostrar cómo el hombre puede responder a la exigencia del nomásdeuno que está en el ser de una mujer. Él mismo amaría a nomásdeuna. Desgraciadamente, no a la misma. Siempre es el mismo encuentro, cuando las máscaras caen no eran ni él ni ella.

Sin embargo, esta fábula solo se sostiene en el hecho de que el hombre no sea nunca más que un niño.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 147.

 

En suma, osé articular, incitar a que se perciba que la revelación que nos aporta el saber del neurótico no es otra que la que se articula como no hay relación sexual.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 153.

 

Una relación sexual, tal como sucede en cualquier concretización, no se sostiene, no se asienta, más que por ese arreglo entre el goce y el semblante que se llama castración.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 154.

 

Freud indica, como hice yo, en términos completamente claros, que sin duda respecto de las relaciones sexuales se inscribe una fatalidad que torna necesario lo que entonces aparece como los medios, los puentes, las pasarelas, los edificios, las construcciones, en resumen, que responden al hecho de que no hay relación sexual.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 155.

 

Si definimos al neurótico por la evitación de la castración, hay varias maneras de evitarla. La histérica tiene este procedimiento simple que es unilateralizarla del otro lado, del lado del partenaire. Digamos que la histérica necesita al partenaire castrado.

Que esté castrado está en el principio de la posibilidad del goce de la histérica. (…) Si estuviera castrado, quizá tendría una pequeña oportunidad, puesto que la castración es lo que permite la relación sexual. Es preciso que el partenaire sea solamente quien responde en el lugar del falo.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 161.

 

¿Cuál es la esencia del superyó? (…) ¿Cuál es la prescripción del superyó? Ella se origina precisamente a partir de ese padre original, más que mítico, a partir de este llamado como tal al goce puro, es decir, también, a la no-castración. En efecto, ¿qué dice ese padre en el ocaso del edipo? Dice lo que dice el superyó. (…) Lo que dice el superyó es – ¡Goza!

Tal es la orden, la orden imposible de satisfacer (…). Para percibir bien el juego de la definición, es necesario que lean en el Eclesiastés las siguientes palabras –Goza de la vida, dice el autor, enigmático como saben, de este texto sorprendente, Goza de la vida con la mujer que amas.

Se trata del colmo de la paradoja, ya que justamente por amarla surge el obstáculo.

J. Lacan, El Seminario, libro 18: De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 164.

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