Citas: J. Lacan

Seminarios 10 y 11

 

(…) si hay un terreno, en el discurso, en que el engaño tiene probabilidades de triunfo, su modelo es el del amor. ¡Puede haber mejor manera de reafirmar el punto sobre el cual uno se engaña que la de convencer al otro de la verdad de lo que uno afirma! ¿No es ésta una estructura fundamental de la dimensión del amor que la transferencia nos da la posibilidad de ilustrar? Persuadiendo al otro de que tiene lo que puede completarnos nos aseguramos, precisamente, de que podremos seguir ignorando lo que nos falta. 

J. Lacan, El Seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 139.

 

Acerca de un tema siempre tan delicado como el de las relaciones entre el hombre la mujer, articular todo aquello que puede hacer lícita, justificada, la permanencia de un malentendido obligado (…) en la seguridad de que este malentendido es estructural. (…) Si ustedes saben escucharme, hablar de malentendido no equivale en absoluto a hablar de fracaso necesario. Si lo real siempre se da por supuesto, no se ve porqué motivo el goce más eficaz no podría alcanzarse por las propias vías del malentendido. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 194.

 

El amor es un hecho cultural. No se trata únicamente de ¿Cuánta gente no hubiera amado jamás si no hubieran oído hablar de amor? Como lo articuló muy bien La Rochefoucauld, es que no podría haber amor en absoluto si no hubiera cultura. Esto debe incitarnos a situar de otra manera los arcos de aquello que tenemos que decir acerca de la conjunción del hombre con la mujer, en el punto en que el propio Freud lo dice, al destacar que este rodeo hubiera podido producirse de un modo diferente. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 195.

 

Toda exigencia de a en la vía de esa empresa del encuentro con la mujer –ya que he adoptado la perspectiva androcéntrica– no puede sino desencadenar la angustia del Otro, precisamente porque no hago de él más que a, porque mi deseo lo aíza, por así decir. Es ciertamente por eso por lo que el amor-sublimación permite al goce condescender al deseo. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 195.

 

En la vía que condesciende a mi deseo, lo que el Otro quiere, lo que quiere aunque no sepa en absoluto que lo quiere es, sin embargo, necesariamente, mi angustia. No basta con decir que la mujer supera la suya por amor. Eso hay que verlo. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 196.

 

Sea como sea, si la mujer suscita mi angustia es, en la medida en que quiere mi goce, o sea, gozar de mí. Esto por la muy simple razón, inscrita desde hace tiempo en nuestra teoría, de que no hay deseo realizable que no implique la castración. En la medida en que se trata de goce, o sea, que ella va a por mi ser, la mujer solo puede alcanzarlo castrándome. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 196.

 

En verdad, lo que nos importa es captar el vínculo de la mujer con las posibilidades infinitas o, más bien, indeterminadas del deseo en el campo que se extiende a su alrededor. Ella se tienta tentando al Otro (…). Es el deseo del Otro lo que le interesa.

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 207.

 

En el hombre, el objeto es la condición de deseo (…). Ahora bien, el deseo, por su parte, no hace más que cubrir la angustia. Ven ustedes, pues, el margen que le queda por recorrer para estar al alcance del goce. Para la mujer, el deseo del Otro es el medio para que su goce tenga un objeto (…) conveniente. Su angustia no es sino ante el deseo del Otro, del que ella no sabe bien, a fin de cuentas, qué es lo que cubre. Para ir más lejos con mis fórmulas, diré que en el reino del hombre siempre está presente algo de impostura. En el de la mujer, si hay algo que corresponda a esto, es la mascarada. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 208.

 

En conjunto, la mujer es mucho más real y mucho más verdadera que el hombre, porque sabe lo que vale la vara para medir aquello con que se enfrenta en el deseo, porque pasa por allí con mayor tranquilidad, y porque siente, por así decir, cierto desprecio por su equivocación, lujo que el hombre no se puede permitir. No puede despreciar la equivocación del deseo porque su cualidad de hombre consiste en preciar. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 208.

 

En la mujer, es inicialmente lo que ella no tiene lo que constituye al principio el objeto de su deseo, mientras que, en el caso del hombre, es lo que él no es y en qué punto desfallece.

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 219.

 

Las pulsiones nos solicitan en el orden sexual, son algo que viene del corazón (…). El amor, en cambio, es algo que viene del estómago.

J. Lacan, El Seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 196.

 

Te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a minúscula, te mutilo.

J. Lacan, El Seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 276.

 

Como espejismo especular, el amor tiene esencia de engaño. Se sitúa en el campo instituido por la referencia al placer, por ese significante único requerido para introducir una perspectiva centrada en el punto ideal, I mayúscula, que está en el Otro, desde donde el Otro me ve tal como me gusta que me vean.

J. Lacan, El Seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 276.

 

El deseo de la mujer está igualmente gobernado por la cuestión, también para ella, de su goce. Que del goce ella esté no solo mucho más cerca que el hombre, sino doblemente gobernada, es lo que la teoría analítica nos dice desde siempre.

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 286.

 

Que el deseo, que no es en absoluto el goce, esté en ella naturalmente allí donde debe encontrarse de acuerdo con la naturaleza, o sea, tubario, es lo que designa perfectamente el deseo de aquellas a quienes se llama histéricas (…) el deseo así situado está en lo verdadero, en lo verdadero orgánico.

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 286.

 

Si se puede decir que el goce del hombre y el de la mujer no se conjugan orgánicamente, es porque el hombre no llevará nunca hasta ese punto el extremo de su deseo. En la medida en que el deseo del hombre fracasa, la mujer se ve llevada, por así decir normalmente, a la idea de tener el órgano del hombre, como si fuera un verdadero amboceptor, y esto es lo que se llama el falo. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 287.

 

Del hombre, en su deseo de omnipotencia fálica, la mujer puede ser con toda seguridad el símbolo, y ello precisamente en la medida en que ya no es la mujer.

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 290.

 

El campo cubierto por el hombre y por la mujer en lo que se podría llamar, en el sentido bíblico, su conocimiento el uno del otro, solo coincide en lo siguiente - que la zona a la que son conducidos por sus deseos para que se alcancen, allí donde podrían coincidir efectivamente, se caracteriza por la falta de lo que sería su intersección. El falo es lo que, para cada uno, cuando es alcanzado, precisamente lo aliena del otro.

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 290.

 

La mujer se ve exigida, diría que casi condenada, a no amar al Otro macho más que en un punto situado más allá de aquello que la detiene a ella también en cuanto deseo, que es el falo. A este más allá se apunta en el amor.

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 327.

 

El goce de la mujer está en ella misma. No se une con el Otro. 

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 328.

 

La singular observación de Kierkegaard, que la mujer está más angustiada que el hombre, es, creo yo, profundamente acertada.

J. Lacan, El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 359.

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